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2. ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Fue Nietzsche un precursor del nazismo?

Nietzsche pretende ver en el mensaje judío de Jesús una conjura judía que busca pudrir desde dentro la moral. Esta es una de las bases de la crítica de la moral del filósofo. Su argumentación maniqueísta distingue entre lo bueno y noble, los valores positivos de Roma, y el resentimiento, la bajeza, la corrupción de la moral, encarnado en los judíos.

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El argumento de Nietzsche mezcla obviamente la verdad histórica con un absurdo presupuesto conspirativo. Por un lado, es cierto que, en términos históricos y en lo que se refiere a su punto de partida, el mensaje de Jesús es judío y no es menos cierto que los valores judíos deben muchísimo de su entrada en Occidente a la figura de Jesús de Nazaret. Sin embargo, pretender ver en ello una conjura judía que —simulando rechazar a Jesús— busca pudrir desde dentro la moral de los señores resulta un absoluto dislate propio de una visión paranoica del pueblo judío. Tal es, empero, una de las bases de la crítica de la moral nitzscheiana y sobre la misma el filósofo atribuye al avance de la moral judía, propia del cristianismo, un resultado indiscutible: "que el pueblo —o "los esclavos", o "la plebe", o "el rebaño", o como usted quiera llamarlo— ha vencido... gracias a los judíos" (1, 9).
 
Precisamente gracias a la acción de los judíos, "los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido" (1, 9) y la moral que se ha impuesto es la del "resentimiento" (1, 10), tomada del cristianismo. Es este un fenómeno que implica un "retroceso de la humanidad" (1, 11), una "inteligencia de rango ínfimo" (1, 13) y que presenta el juicio final y la vida eterna como "compensaciones" (1, 14-15). Con estos mimbres, Nietzsche llega a una de las primeras conclusiones en su examen de la genealogía de la moral, y de los cambios o transmutaciones experimentados por la misma. Desde su punto de vista, la historia de la humanidad gira en torno a un enfrentamiento en el que aparecen un polo positivo y otro negativo. Este último es, sin lugar a dudas, el pueblo judío: "El símbolo de ese combate, escrito en caracteres que han perdurado hasta el día de hoy legibles a lo largo de toda la historia de la humanidad, dice: "Roma contra Judea, Judea contra Roma" —hasta ahora no se ha producido un acontecimiento mayor que esta lucha, que "este• planteamiento del problema", que este "enfrentamiento de enemigos a muerte". Roma veía en el judío algo así como la antinaturaleza misma, como su "monstrum" contrario, si se puede decir; en Roma se consideraba al judío "convicto de odio contra todo el género humano": con razón, puesto que se debe ligar la salvación y el futuro del género humano al dominio sin condiciones de los valores aristocráticos, de los valores romanos... Ciertamente, los romanos eran los fuertes y los nobles; lo eran hasta tal punto que hasta el momento no ha habido en la tierra hombres más fuertes ni más nobles, ni se ha podido soñar con algo así jamás... Los judíos eran, por el contrario, el pueblo sacerdotal del resentimiento par excellence..." (1, 16).
 
Llegado a este punto de su exposición, el filósofo ha conseguido articular una visión de la historia universal claramente maniqueísta. En términos de moral, pero no sólo de la misma, puede decirse que la historia gira en torno a dos concepciones diametralmente opuestas. Por un lado, se encuentra la que, a juicio de Nietzsche encarna lo bueno y noble, los valores positivos. Es la moral procedente de un pueblo de señores, de la fuerza, de la violencia, de la dominación, en resumen, de Roma.
 
Frente a esa visión, se alzaría, por el contrario, otra que debe ser calificada de baja y ruin, de plebeya y negativa. Es la visión del resentimiento, de la bajeza, de la corrupción de la moral.  La misma se encarna en los judíos y ha tenido como frutos repugnantes el cristianismo y, de manera especial, el protestantismo. El tratado segundo de esta obra titulado Culpa, mala conciencia y similares va a partir de esa dicotomía elaborada sobre el multisecular enfrentamiento entre Roma y Judea para trazar algunas líneas maestras que acoten y delimiten cuál es la moral buena, aristocrática, de los señores, esencialmente contrapuesta a la judeo-cristiana. En primer lugar, debe quedar claro que el hombre "bueno" (en el sentido que al término da Nietzsche) se ve liberado de frenos morales, de la culpa, de la mala conciencia (2, 1-5). En segundo lugar, el mismo resulta un ser que es cruel de manera natural. La suya es, por otra parte, una crueldad que constituye un fundamento de la historia forjada por los seres superiores y que se manifiesta, entre otras cosas, en contar con seres inferiores sobre los que descargar la misma: "su imperiosa necesidad de crueldad aparece como algo muy ingenuo, muy inocente... precisamente la "maldad desinteresada"... es una propiedad normal del hombre... yo he señalado, con prudente dedo, las siempre crecientes espiritualización y "edificación" de la crueldad que surcan toda la historia de la cultura superior (y la constituyen tomadas en un sentido importante). Además, no hace tanto tiempo en que no se sabía idear bodas de príncipes o fiestas populares de envergadura en que no tuviesen lugar ejecuciones, torturas, o, por ejemplo, un auto de fe, ni tampoco una casa nobiliaria en la que no hubiera seres sobre los que descargar sin escrúpulos la propia maldad y las burlas crueles" ( 2, 6).
 
De hecho, Nietzsche no se detiene ahí en su consideración positiva de la crueldad. Esta, aparte de sus aspectos utilitarios, tiene uno de especial relevancia y es que su ejercicio sobre otros produce placer: "Ver sufrir produce placer; el hacer sufrir, aún más placer —se trata de una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano— demasiado humano, que, por otra parte, quizá ya llegaron a suscribir los monos... Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre..." (2, 6). Como si tales afirmaciones —terribles sin ningún género de dudas— pudieran ser demasiado ásperas, Nietzsche parece desear endulzar siquiera en parte su elogio de la crueldad. Para ello se vale de un argumento disparatado pero, a la vez, preñado de consecuencias. Consiste en afirmar que no todos los seres humanos son igualmente sensibles al dolor. Así, por ejemplo, los negros —a los que caracteriza como "representantes del hombre prehistórico"— padecen menos cuando se les ocasionan sufrimientos: "Tal vez entonces (en el pasado) el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros (tomando a éstos como representantes del hombre prehistórico). Algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan" (2, 7).
 
Nietzsche es consciente de que semejante visión choca frontalmente con el cristianismo —fruto del judaísmo, no lo olvidemos—, que no sólo afirma que el ser humano tiene "una deuda con la divinidad" (2, 20), sino que además afirma que Dios la ha saldado "redimiendo al hombre de aquello que éste no puede redimir por si mismo" (2, 21). De ahí que exprese su repugnancia hacia el Nuevo Testamento (3, 22) y frente a la cercanía del creyente en relación con Dios que ya aparece en el judaísmo (3, 22). Para el gusto del filósofo, ambas visiones se encuentran demasiado distantes, diametralmente opuestas más bien, de lo que podría ser un colectivo moralmente modélico. Entre los ejemplos históricos de éste existe uno especialmente querido para Nietzsche. El mismo es la conocida secta islámica de los Asesinos: "Cuando los cruzados cristianos se toparon en Oriente con la invencible Orden de los asesinos, con aquella orden de espíritus libres par excellence, cuyos grados inferiores vivían en una obediencia que no ha sido alcanzada por ninguna orden monástica, recibieron también, por algún conducto, una indicación sobre aquel símbolo y aquella consigna, reservada únicamente a los grados superiores, como su secretum: "Nada es verdadero, todo está permitido..." (3, 24).
 
En resumen pues, La genealogía de la moral constituye no sólo un análisis de las bases contemporáneas de la moral, sino también un intento de explicar cómo la misma ha podido devaluarse, degenerarse tanto como para dejar de estar pergeñada por los señores y pasar a responder a los anhelos de la plebe. Tal búsqueda tiene una respuesta obvia a juicio del filósofo. Se ha producido un proceso de corrupción, de subversión. El mismo presenta un claro culpable. Éste es el pueblo judío, aunque haya tenido que valerse, para llevar a cabo sus propósitos, de la figura de Jesús. Frente a esa situación concebida por Nietzsche resulta imperativo regresar a unos fundamentos morales propios de lo auténticamente bueno, aristocrático, señorial. Serían unas bases morales que afirman que no hay culpa frente a la libertad de acción humana, que la crueldad y el descargar la misma sobre los inferiores es bueno y natural y que la consigna de "todo es permisible, nada es verdad..." es un correcto fundamento. Semejante loa de la crueldad, en realidad, no causa tanto dolor a los inferiores como se podría pensar. Estos no padecen de la misma manera que en el caso de los negros equiparables con el hombre primitivo. La Roma enemiga de Judea, los griegos que agradaban a sus dioses con la práctica de la crueldad (2, 7) o la secta de los asesinos son algunas de las manifestaciones más claras de esa moral que debe desplazar a la judeo-cristiana. Con todo, La genealogía de la moral no fue la única obra del filósofo donde quedaron sentados estos principios.
 
 
La próxima semana terminaremos de desvelar el ENIGMA sobre Nietzsche y su papel en el nazismo.
 
 
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