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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

George Orwell, cien años de libertad

Se va a conmemorar el centenario del nacimiento de Blair, no Tony, sino Eric, más conocido por su seudónimo, George Orwell. Pese a las mentiras que se han dicho, fue siempre tan anticomunista como antifascista, y no creo exagerar considerándole, hasta cierto punto, liberal.

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Nació en 1903 y murió en 1950. Con motivo de este centenario vamos a leer y escuchar muchas sandeces, como las oímos y escuchamos en 1984, fecha-título de su obra maestra, a mi entender. Dejando para otra ocasión un examen un poquitín más detallado de su obra, me limitaré ahora a denunciar algunas de las mentiras que rodean la figura de este escritor, que molestó y sigue molestando. Se le trató de trotsquista, no lo fue nunca; de ultraizquierdista, tampoco lo fue; incluso hace pocos años, en Inglaterra, se montó un infundio según el cual fue chivato del Intelligence Service, mentira absoluta, pero ya se sabe que cuando se es tan anticomunista como lo fue, sólo se puede ser “agente del imperialismo”.

George Orwell fue, eso sí, un hombre de izquierdas, pero un hombre de izquierdas que escribía en 1940: “El nacionalismo es una forma de socialismo, pretende ser revolucionario, aplasta al propietario tan eficazmente como al proletario. Los dos regímenes, a partir de puntos de vista diametralmente opuestos, convergen rápidamente hacia un mismo sistema, una forma de colectivismo oligárquico. Hasta ahora, como lo subraya el doctor Borkenau, es Alemania la que se ha acercado al máximo a Rusia, y no al revés. Resulta, por lo tanto, absurdo evocar el peligro de “bolchevización” de Alemania en el caso de que Hitler desapareciera: Alemania se “bolcheviza” a causa de Hitler, y no a su pesar”. Se podrán discutir matices y términos, por ejemplo, hoy emplearíamos más bien el de totalitarismo, pero ustedes me dirán ¿cuántos hombres de izquierda en 1940 (período del pacto nazi-soviéticos) rechazaban como semejantes ambos sistemas, el nazi y el comunista? (Reseña del libro de Frank Borkenau: The Totalitarian Enemy, para “Time and Tide” 4, de Mayo de 1940.) Apenas he escrito la fecha y no sólo recuerdo que Europa estaba en guerra, sino que poco antes, en 1938/39, Orwell arremetía contra los pacifista británicos, los Robin Cook de la época. Claro que entonces, como hoy, muchos “pacifistas” no lo eran, sino que defendían el pacto nazi-soviético, como hoy defienden todas las dictaduras, todos los terrorismos, que consideran “antiimperialistas”. Los actores cambian, pero es la misma obra. “El pacifismo es objetivamente profacista”, escribía Orwell en 1942.

Sabido es que la experiencia española de Orwell pesó mucho en sus opiniones y en su obra. No porque fuera española, claro, sino porque en pocos meses arriesgó su vida dos veces, primero en el frente de Aragón, fue herido, y luego en la retaguardia. En el frente, los enemigos eran los franquistas, en la retaguardia, los comunistas. Cualquiera podría sacar de esta experiencia aparentemente contradictoria un desencanto absoluto, Orwell, él, sacó un estupendo libro Homenaje a Cataluña, y una conclusión: son los mismos. Son los mismos enemigos de la libertad. Al haber sido, por poco tiempo, algo así como dos años, miembro del ILP (Independent Labour Party), un minoritario partido socialista de izquierdas y antiestalinista que tenía relaciones con el POUM (que no era trotsquista, ¿cuántas veces habrá que repetirlo?), Orwell, que había ido a España para hacer un reportaje, se alistó, por romanticismo revolucionario, en las milicias del POUM. Fue, pues, herido en el frente y evacuado a Barcelona, asistió a las “jornadas de Mayo de 1937”, en las que participó, y someramente, desde un tejado, sin disparar (lo cuenta con humor), pero en la barricada de la CNT/POUM, contra la coalición comunista-catalanista, y luego tuvo que huir, para que no le fusilaran los Carrillos, Comoreras, Grimaus, a las órdenes del KGB (cuyas siglas entonces eran: NKVD).

Ahora, los herederos de ese verdadero sindicato del crimen, o los supervivientes, como Carrillo, tienen dos puntos de vista sobre Orwell. Para algunos sigue siendo un trotsquista, un provocador, “aliado de Franco”, un hitlero-trotsquista, para otros, siendo de izquierdas, se le puede recuperar, y es así como Claves de la razón práctica, publica algunas de sus “notas sobre nuestra guerra civil”.

Claro que la unidad ideológica de Claves se limita a las acciones del grupo Prisa-Santillana que puedan tener ambos directores. A partir de esa sólida base capitalista pueden tolerarse los matices y resulta evidente que Savater es más inteligente que Pradera, el cual es tonto del culo. Da lo mismo, el caso es que algunos opinan que Orwell, pese a todo, es bueno porque era de izquierdas. Pues no, era de izquierdas, pero no “bueno”, como algunos lo entienden. Le cito: “Lo que vi en España, y lo que conocí después del funcionamiento interno de los partidos de izquierda, me ha provocado un asco infinito de la política. Fui durante un período miembro del ILP, pero dimití a comienzos del actual conflicto, considerando que ese partido decía cualquier cosa y seguía una línea política que sólo podía beneficiar a Hitler. Por convencimiento personal soy “de izquierdas” (el entrecomillado es suyo), pero creo que para preservar su integridad un escritor debe liberarse de todo compromiso partidista”. (Twentieth Century Autors.174.40). Pues eso, Orwell fue siempre tan anticomunista como antifascista, y no creo exagerar considerándole, hasta cierto punto, liberal.

Tuvo, desde luego, los prejuicios anticapitalistas propios de su época, propios de la izquierda como de la derecha. También es cierto que la progresión imparable del capitalismo se desarrolló a trancas y barrancas, y la miseria que acompañaba la revolución industrial del siglo XIX continuó buena parte del siglo XX, y si todo ha mejorado muchísimo últimamente, aún le queda al capitalismo un largo trecho por recorrer. O sea, una esperanza. Resumiendo: no es exactamente lo mismo haber sido anticapitalista por los años treinta que serlo hoy, aunque muchos escritores, intelectuales, artistas, sigan totalmente ciegos ante la contradictoria, tremenda y magnífica aventura del capitalismo mundial. Pero esta es otra historia.

Terminaré con una anécdota personal. En 1984 salieron por doquier comentarios a la novela epónima de Orwell, se dijo todo y de lo peor: que Orwell se había equivocado en sus “predicciones”, esa monstruosa sociedad futura que describía no existía cuando se trataba del existente totalitarismo comunista, tan parecido al nazi; la novela nada tenía que ver con la science fiction. También se dijo que Orwell no era un gran escritor, o incluso que Orwell, en realidad, tenía razón, ya que había descrito la mundialización y los poderes fácticos de los monopolios internacionales. Cualquier cosa.

Yo colaboraba entonces a una efímera revista: Passé/Présent, dirigida por Claude Lefort. Por ser español, me encargaron un comentario sobre Homenaje a Cataluña. Claude Lefort escribió un magnífico artículo sobre la novela 1984 en el que analizaba la impresionante denuncia del totalitarismo de la obra, pero, también y con suma inteligencia, todos los resortes novelescos, psicológicos, simbólicos, podría decirse freudianos del libro. Su artículo me entusiasmó, acabo de releerlo y me sigue entusiasmando. Pues bien, Lefort me citó personalmente para discutir sobre mi artículo: “Orwell en Cataluña: aprendizaje del totalitarismo”. Le parecía muy bien, salvo el último párrafo, que deseaba censurar. Este era: “Cada vez somos más numerosos los que nos negamos a colaborar, por poco que sea, con los enemigos de la democracia. Por lo tanto, nuestros peores enemigos”. Se trataba, claro, de los comunistas. Dos horas de discusión en las que Lefort intentó convencerme de que esa expresión podía sernos perjudicial, que si escribía que los comunistas eran “nuestros peores enemigos” podíamos ser tildados de derechistas. Que también éramos enemigos de los dictadores latinoamericanos (debían ser entonces Pinochet y Videla), que eso crearía confusión, etcétera. Recuerdo que cuando habló de las dictaduras latinoamericanas respondí: “Claro que también estoy en contra, pero no sería serio equipararlas al totalitarismo comunista”. Total, que tras dos horas de discusión llegamos a un compromiso: yo retiraba “peores”, pero mantenía a rajatabla “enemigos”.

Esta anécdota me sugiere una interrogación mucho más general: ¿Cómo es posible que gentes como Lefort y otros que han analizado y denunciado tan inteligentemente el totalitarismo se rindan sin discusión al chantaje de lo “políticamente correcto”, en cuya trastienda encontramos, sin necesidad de buscar demasiado, las máscaras antifascistas o antiimperialistas de ese mismo totalitarismo? Pues Orwell no fue así, y su centenario, del que sólo ocupó la mitad, puede definirse como cien años de lucha por la libertad.


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