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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Horrores de andar por casa

Un hombre violó a su hija, recién nacida, provocándole una hemorragia interna. La llevaron al hospital y el padre la siguió. Allí la violó por segunda vez. Reconozco que este suceso me provocó una náusea tal que no pude seguir leyendo los detalles en la prensa.

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Creo que la niñita murió y el padre fue detenido. Pero, ¿cómo fue posible que violara por segunda vez a su bebé en un hospital, sin que los lamentos imaginables de la niña alertaran a enfermeras o médicos? No sé, ni siquiera sé, debido a mi rechazo de asco absoluto, si aquello ocurrió en París, o en otra ciudad francesa. Ante un tal horror absoluto, imagino que las reacciones de rechazo fueron varias y, asimismo, es probable que puedan resumirse en dos tipos: la de los partidarios del “ojo por ojo”, que lamentan la abolición de la pena de muerte en Europa, y que, simbólicamente, condenan al padre asesino a una muerte fulminante; y la de quienes, basándose precisamente en la monstruosidad del crimen, consideran que supera la justicia “normal”, la cárcel “normal”, y que el caso se sitúa más bien en el terreno patológico de la psiquiatría. No sé.

Desde luego, no me hubiera parecido monstruoso si algún policía, de haber sorprendido in in la criminal violación, hubiera disparado contra el padre asesino. Por otra parte, teniendo indudable respeto por la teoría de Freud, quedo perplejo. Repito, no sé. En este sentido, lo que me preocupa no son dichas teorías, sino la práctica de tantos psicoanalistas, que no son médicos, sino licenciados en filosofía, o farmacéuticos, como Felix Guattari, quien tuvo su hora de gloria en la izquierda antipsiquiátrica, y cuando en un debate con sus amigos izquierdistas estos le preguntaron –¿Cómo es posible que tú, que tanto has escrito para denunciar los electrochoques como tortura, los practiques en tu clínica? –el inefable respondió: –Cuando los pacientes lo piden, lo hacemos. –En una ocasión, pregunté: –Y cuando los pacientes, que es de suponer, sufren de diversos delirios, o cualquiera que sea el término adecuado, le piden que les corte las manos, o los cojones, ¿también lo hace?–

Me doy cuenta de que estoy avanzando en terreno movedizo, y el hecho de que yo conozca personalmente casos en los que los electrochoques fueron eficaces, y otros no, no basta para elaborar una teoría, a lo sumo para denunciar la hipocresía demagógica de tantos antipsiquiátricos. En cambio, sin pretender teorizar, me siento más seguro de mí mismo hablando de crímenes políticos. Y aprovecho la ocasión para denunciar, de nuevo, la grotesca discriminación, ante los tribunales, las penas, la cárcel, entre “políticos” y “comunes”. Los políticos, que histórica y concretamente gozan ante los tribunales, la clase política y la opinión pública de prejuicios favorables, son quienes han cometido los crímenes de masas más atroces, las torturas más inhumanas y, sin embargo, pueden ser amnistiados y hasta convertirse en jefes de Estado, y de eso, nada para el humilde ratero, o el atrevido atracador, infinitamente menos peligrosos para la sociedad y, para mí, mucho más humanos que los terroristas, los policías políticos de los totalitarismos y toda esa mortífera ralea, cuyas víctimas se cuentan por docenas de millones en los tiempos modernos.

Bernard-Henri Levy acaba de publicar un libro, ¿Quién mató a Daniel Pearl?, del que sólo me interesa el caso, precisamente, de este periodista norteamericano, detenido en Pakistán por un grupo islamista, torturado, descuartizado (sí, han leído bien, descuartizado), y todo ello además filmado en video por sus verdugos que, antes de asesinarle, le obligaron a declarar ante la cámara: –Mi padre es judío, mi madre es judía, soy judío. –Y ese video sirve de propaganda islamista en los países árabes. Este es otro ejemplo de horror absoluto, pero, en este caso, me parece que apunta una respuesta evidente, sin dudas metafísicas o freudianas: bravo por la guerra contra el terrorismo islámico, organizaciones y estados terroristas, pero una guerra de caballeros sin esas miserables torturas, como lo ocurrido en Irak o como hacemos contra ETA. No es la primera vez, ni mucho menos, que las organizaciones terroristas árabes, como la OLP, asesinan a judíos sencillamente por serlo. Se ha recordado últimamente el caso de ese anciano inválido, judío, a quien los compañeros de Arafat asesinaron y echaron al mar durante el secuestro del “Achille Lauro”. Son miles más.

Evidentemente, no son los únicos crímenes ni las únicas torturas. La Historia de la Humanidad tiene una historia paralela de hogueras, suplicios, torturas, masacres, pero al mismo tiempo, desde casi siempre, una historia de lucha a favor de lo que hoy se califica de “derechos humanos”. No hace mucho, intentando explicar las contradicciones de nuestra guerra civil a quienes siguen con la leyenda de los buenos republicanos contra los malos francofascistas, conté lo ocurrido con Andrés Nin, despellejado vivo por los humanistas comunistas españoles e internacionales. –Sí, fue un crimen, pero un crimen históricamente justificado –declaró Santiago Carrillo en su libro-entrevista con Max Gallo y Regis Debray. Pues bien, durante aquella sobremesa, alguien sin inmutarse por el carácter atroz de esa tortura que sufrió Andrés Nin (pero que no le doblegó, ya que murió sin “confesar” que era “hitlerotrosquista”), alguien, pues, dijo: –Lo mismo le hicieron al padre de Han Suyn. –¿Quiénes? –pregunté. –Los comunistas chinos, claro. –No pude impedir soltar una carcajada sarcástica: –Ahora entiendo por qué es tan maoísta. –Han Suyn, que fue exitosa novelista, escribía en inglés, vivía en Suiza y adulaba a Mao, no porque se hubiera convertido al comunismo, sino porque consideraba que el Gran Timonel había hecho de China una gran potencia, y los millones de muertos y las torturas, incluida la de su padre, no contaban para nada, por lo visto.

Ahora que se vuelve a hablar de negociaciones de paz en la larga guerra israelo-árabe, no me parece inútil señalar que el reciente primer ministro palestino, Mamud Abas o Abu Mazen, antes de haber sido un jefe terrorista, estudió en Moscú y pasó su doctorado con una tesis que negaba la existencia de los campos nazis de exterminio de los judíos, considerándolo como una gigantesca estafa sionista, con el apoyo del imperialismo yanqui, para lograr ese crimen absoluto que constituye, para ellos, la existencia del estado de Israel. Bueno, todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión y de actitud, pero me parece difícil considerar, sin pruebas, que se haya convertido en un sincero partidario de la paz. Tal vez sólo pretenda substituirse a Arafat para hacer lo mismo.

Esta deshilvanada crónica me ha sido dictada por el reciente informe anual de Amnistía Internacional, cuyo eje central es que “el pretexto de la lucha contra el terrorismo pone en peligro las libertades ciudadanas, y los derechos humanos”. ¡Tendrán caradura! ¿Serán capaces de comparar, siquiera durante un segundo, la situación de las libertades ciudadanas y los derechos humanos en las democracias occidentales, pese a sus innumerables fallos, que se denuncian, con la realidad totalitaria de Irak, ayer, Siria, Cuba, Arabia Saudí, Libia, Corea del Norte, China y un larguísimo etcétera, hoy? Pues sí, lo hacen y tan tranquilos. Me pregunto quién paga hoy esa gigantesca estafa de AI, ya que no es la URSS por motivos obvios. ¿La Internacional Socialista y los petrodólares? Es muy probable. ¿Con la ayuda, en estas circunstancias, de Dominique de Villepin, y sus servicios?

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