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EL MUNDO DEL CóMIC

Hulk: Los Perros de la Guerra

Ya no se hacen villanos como los de antes. Esa es la sensación que te dejan la mayoría de los cómics de superhéroes de ahora. Tomemos a Spiderman, por ejemplo: ¿cómo comparar la angustia, el MIEDO incluso, que sentíamos cada vez que aparecía el Duende Verde, con el aburrimiento que ahora nos invade cada vez que Norman Osborn se pone su traje de villano? ¿o el pánico que nos invadía cuando Veneno asomaba su temible y a la vez fascinante forma por la colección del Trepamuros, con el sopor causado por sus últimas apariciones? En cuanto a los “clásicos”, como son Magneto, el Dr. Muerte o Loki, el uso excesivo de las “resurrecciones” les han hecho perder todo su dramatismo.

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Sí, ya no se hacen villanos como los de antes. Y por eso es tan meritorio el trabajo de Paul Jenkins en el tomo (que ha sustituido a la serie regular) Hulk: Los Perros de la Guerra, donde debuta el que probablemente sea el mejor villano que hemos visto en mucho tiempo: el temible General Ryker.

A primera vista, Ryker parece sacado de una (mala) película de acción: el típico militar fascistoide con recursos ilimitados y a quien ni el propio presidente de los U.S.A. puede tocar. Un cliché, ¿verdad? Bien, pues basta con leer el primer número de la saga para darse cuenta de lo equivocado de esa afirmación: Ryker (maravillosamente plasmado por el descomunal Ron Garney) es de esos malos que impresionan y te meten el miedo en el cuerpo desde la primera página. Jenkins va un paso más allá del general enamorado de su país para presentarnos a alguien implacable, que no duda en violar los derechos humanos más básicos porque DESPRECIA al ser humano.



El resto del tomo es más que aceptable: el nuevo e impredecible Hulk, la resignación de Banner ante su inminente muerte, la revelación de que Doc Samson no hizo tan bien su trabajo a la hora de “arreglar” psicológicamente al Gigante Esmeralda, la aparición del débil y a la vez peligroso Benny... Todo muy compacto, demostrándonos una vez más que Jenkins es un maestro de la caracterización. Pero lo dicho: queda a la sombra de las maquinaciones de Ryker, el verdadero protagonista del tomo. Y no me importa repetirlo: espectacular el dibujo de Garney, impactante cuando toca pelea y tierno en las escenas cotidianas (aunque más lo primero que lo segundo).

En resumen, una de las mejores obras que se pueden ver en los stands, en la que tanto guionista como dibujante dan lo mejor de sí y demuestran que el Gigante Esmeralda aún no ha muerto. Al menos, hasta que Ryker encuentre una forma suficientemente dolorosa de cargárselo.
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