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MEDICINA Y SALUD

Insectos, un plato exquisito

Uno de los retos más apasionantes de la paleoantropología es conocer con exactitud qué comían nuestros antepasados. ¿Eran vegetarianos? ¿Les gustaba la carne o la carroña? ¿Cazaban insectos? ¿Seguían un régimen omnívoro? ¿Se devoraban unos a otros? Seguramente, a lo largo de la evolución humana habrá habido de todo un poco.

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Desvelar los hábitos alimenticios de unos parientes que vivieron hace millones de años no resulta ser una tarea fácil, y lo que se sabe procede de evidencias indirectas, como son el estudio de la forma y el tamaño de las piezas dentales y las mandíbulas, así como de las herramientas de uso culinario que se han conservado. En este sentido, una pareja de científicos acaba de hacer público que los Australopithecus robustos, homínidos no emparentados con el hombre que vivieron en África hace entre 1,8 y 1,3 millones de años, eran unos apasionados degustadores de termitas y que, para hacerse con ellas, utilizaban toscas herramientas de hueso.

En estudios anteriores, los expertos habían postulado que los huesos manipulados hallados en los yacimientos sudafricanos de Swartkrans y Sterkfontein, que datan del paleolítico inferior, constituían las herramientas óseas más antiguas halladas hasta el momento y que fueron usadas por los Australopithecus robustus para desenterrar tubérculos. Sin embargo, un análisis escrupuloso bajo la luz del microscopio de los huesos apunta que sirvieron para fines bien distintos: la pesca de termitas en los termiteros. Este hallazgo, que acaba de aparecer publicado en el último número de la Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), pone de manifiesto el papel que jugaban los insectos en la dieta de los albores de la humanidad.

"Nuestros resultados sugieren que los primeros homínidos utilizaban la tecnología ósea como parte de su adaptación dietética, y que mantuvieron una tradición cultural de extracción de termitas en el sur de África durante al menos un millón de años", escriben Lucina R. Backwell, del departamento de Paleontología de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo (Sudáfrica), y Francesco d´Ericco, del Instituto de Prehistoria y del Geología del Cuaternario, en el CNRS francés.

No resulta difícil imaginar cómo estos australopitecos de porte robusto se las ingeniaron para explotar los termiteros. En la actualidad, contamos con el ejemplo de los chimpancés. Zoólogos y etólogos han comprobado que estos primos evolutivos utilizan herramientas para pescar termitas y hormigas. Para ello, escogen una rama y la deshojan. Saben que los termiteros son duros como el hormigón y que sólo se puede acceder a ellos por unos túneles poco protegidos. Los chimpancés, con una maestría singular, hurgan en estas galerías introduciendo la rama pelada. Las termitas que transitan por ellas muerden su extremo; a continuación, los chimpancés sacan la varita y de un lametón recogen las termitas que penden de ella. Una vez agotado el suministro, sujetan la rama entre los dientes para buscar otro termitero aún sin explotar.

Alguna estrategia similar debieron seguir los Astralopithecus robustos, pero con la salvedad de que éstos se desplazaban de un nido de termitas a otro andando de pie. Y esto, desde el punto de vista evolutivo, es muy importante.

El empleo de herramientas y la posición erguida evolucionaron al unísono. "Cuanto más dependían los astrulapitecos, tanto el A. robustus como otras especies, mayor se fue haciendo la diferencia entre sus pies y manos, y cuanto más aumentaba ésta, más aumentaba su dependencia de las herramientas", asegura el prestigioso antropólogo Marvin Harris en su libro Nuestra especie. Es muy probable que las herramientas los capacitasen para consumir alimentos nutritivos del suelo que los vecinos simios arborícolas y cuadrumanos no podían explotar con tanta eficacia. De este modo, los primeros homínidos empezaron a olvidarse de trepar a los árboles, salvo en situaciones de peligro, para permanecer más tiempo con los pies en la tierra. Ésta les brindaba una despensa repleta de abundantes, ricos y variados alimentos. Y los australopitecos no se hicieron de rogar: los insectos tuvieron que saberles a gloria. Al igual que los modernos chimpancés, estos homínidos no estaban dispuestos a renunciar al nuevo manjar, aunque para ello tuvieran que invertir tiempo y esfuerzo en la fabricación y el transporte de los utensilios necesarios para dar caza a los insectos ocultos dentro de montículos y escondrijos.

Los antropólogos se imaginan situaciones en las que los australopitecos abandonaban el refugio que les brindaba la selva para adentrarse varios kilómetros en la peligrosa sabana. Pero el riesgo merecía la pena: resultaba más fácil avistar los termiteros en un entorno despejado de árboles. En la sabana también había otras ventajas. En palabras de Harris, "a medida que aumentasen la frecuencia y la duración de las expediciones en campo abierto, los antepasados de los australopitecos empezarían pronto a aprovechar recursos alimenticios adicionales, disponibles en el nuevo hábitat".

Efectivamente, durante la excavación en busca de insectos subterráneos, los homínidos tuvieron que toparse inevitablemente con tubérculos, bulbos y raíces comestibles, que les servían para recobrar fuerzas. No hay que olvidar que estos alimentos siguen siendo una fuente importante de nutrientes en las sociedades cazadoras-recolectoras del continente africano. Obviamente, los australopiecos fueron perfeccionando poco a poco sus herramientas de palo para escarbar y recoger los frutos de su esfuerzo.

Pero aún hay más. Las rutinarias salidas a las sabana les puso en contacto con otra fuente de alimentos: la carne animal. En la selva, los animales suelen ser pequeños y difíciles de avistar. En cambio, la sabana está manchada de manadas de herbívoros. Es probable que grupos de australopiecos, armados con palos, se encontraran de vez en cuando con una cría de antílope o gacela huérfanas, o alejadas de la protección materna: En estas situaciones, la rodearían, la matarían a golpes y se la comerían. Cabe también la posibilidad de que en sus correrías a campo abierto se tropezaran con animales muertos de forma natural o abandonados por un depredador saciado, o que arrebatasen la carne putrefacta a buitres, chacales y otros carroñeros. Hay evidencias fósiles que hacen pensar en situaciones de este tipo.

Pero dejando atrás la ración de carne, los insectos, y especialmente las termes, fueron durante mucho tiempo el plato fuerte de nuestros ancestros. No hay que olvidar que las termitas son una importante fuente de proteínas, grasas y aminoácidos en la dieta de los primates y los hombres actuales. Mientras que un filete de ternera de 100 gramos aporta 300 calorías, la misma ración de termitas suministra 560 calorías. En las sociedades modernas opulentas, la entomofagia es despreciada y, en el mejor de los casos, se considera algo exótico. Ahora bien, en muchos países, los saltamontes y las langostas son considerados como una delicatessen. De hecho, en el mundo existen tres zonas importantes donde hoy se cocinan los insectos: en el centro y sur de África, en muchos pueblos de Asia, y en el centro y norte de Latinoamérica. Por ejemplo, México es el mayor degustador de insectos, pues sus habitantes cocinan el 40 por 100 de las especies consumidas en el mundo.

De nuestros ancestros hemos conservado el apetito por los insectos, a pesar de que éste esté enmascarado en la cultura occidental. Los insectos han estado desde siempre en la dieta humana. Según el entomólogo israelí Franz Bodenheimer, el maná celestial del Antiguo Testamento del que comieron los hambrientos israelitas era una excreción cristalizada del azúcar excedente de una especie de insecto escamoso que habita en la península el Sinaí. Hoy, los insectos también podrían ser el maná salvador de muchos pueblos azotados por el hambre.
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