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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Intentó Hitler derrocar a Franco?

Las relaciones entre Hitler y Franco constituyen uno de los episodios más espinosos de la historia española reciente. Para los partidarios de Franco, éste supo siempre controlar las ambiciones de Hitler comprometiéndose únicamente en aquello que podía resultarle de interés; para sus adversarios, por el contrario, existió una identidad de cosmovisión desde el principio entre ambos invasores manifestando siempre Franco una postura de servilismo hacia el Führer. La realidad, sin embargo, fue mucho más compleja y en un momento determinado llevó a Hitler a considerar seriamente la liquidación de Franco.

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Corría el mes de junio de 1942 cuando llegó al Ministerio de Asuntos Exteriores del III Reich una carta muy especial. El remitente era el general Muñoz Grandes, comandante en jefe de la División 250 de la Wehrmacht. Más conocida como División Azul, este contingente estaba formado por españoles y combatía en el frente ruso. La misiva llegaba en un momento especialmente interesante ya que, teóricamente, los días de Muñoz Grandes como jefe de la unidad estaban contados y el día 14 debía encontrarse en Berlín su sustituto, el general Esteban Infantes. Aquel mensaje podía tener un significado de importancia trascendental e inmediatamente se dieron los pasos para evitar el regreso de Muñoz Grandes a España. Mientras se retenía a Esteban Infantes en Berlín, el almirante alemán Canaris volaba a España para sondear ante Franco la posibilidad de que Muñoz Grandes de momento continuara al mando de la División Azul. Franco no pareció percibir ninguna segunda intención y dio su aquiescencia. Inmediatamente, Muñoz Grandes fue convocado al Cuartel general de Hitler, la denominada Guarida del Lobo.

Hasta aquellos momentos, el servicio de inteligencia alemán era conocedor de que Muñoz Grandes —el más falangista de los generales de Franco— estaba disgustado por la marcha reciente de la política española. Se mostraba descontento con los sectores tradicionales del régimen, abominaba de don Juan de Borbón al que ni siquiera consideraba español, defendía una implicación mayor de España en la guerra y aborrecía abiertamente a Serrano Súñer, el cuñado de Franco que tenía a su cargo la cartera de Asuntos Exteriores. De hecho, cuando Miláns del Bosch regresó a España, Muñoz Grandes le encomendó un mensaje para Serrano: si regresaba lo mataría personalmente junto a los de su camarilla. Desde 1941, Ribbentrop, el ministro de Asuntos Exteriores del III Reich, y Walter Schellenberg, el jefe de la sección VI de la Seguridad del Reich, estaban barajando la posibilidad de derrocar a Franco y sustituirlo por un general más abiertamente germanófilo. ¿Podía encajar Muñoz Grandes en ese objetivo?

La entrevista entre Hitler y Muñoz Grandes se celebró el 11 de julio. En el curso de la misma, el general español fue todo menos discreto. Según el Informe Monteys de 31 de agosto de 1942, despotricó de los reemplazos de la División Azul alegando que ya no eran mayoritariamente falangistas como en un principio y tampoco escatimó críticas contra los mandos. Confiado en la comprensión del Führer, le manifestó que no tenía inconveniente en mantenerse en el frente si así lo estimaba conveniente pero que, en realidad, lo que deseaba era regresar a España con apoyo alemán y llevar a cabo una limpieza a fondo con ayuda de la Falange. En su opinión no resultaría necesario derribar a Franco sino que bastaría con convertirlo en Jefe de Estado de manera decorativa mientras él asumía la presidencia del Gobierno.

La respuesta de Hitler fue positiva ya que —sin saberlo Muñoz Grandes— coincidía con los planes que ya hemos mencionado del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la inteligencia del Reich. Así, acordó mantener una comunicación directa, secreta y extraoficial con el general y luego, por su cuenta, dio forma al plan de sustitución de Franco. De momento, no era conveniente que Muñoz Grandes regresara a España. Antes debía convertirlo en un héroe para facilitar su control de la situación española. Para facilitar este objetivo decidió que la División 250 sería trasladada a un frente más activo. En el contexto de la época, el plan parecía plenamente realizable. Rommel avanzaba imbatido en el Norte de África y Sebastopol acababa de caer ante von Manstein. El 23 de julio, Hitler firmó la Orden 45 del Führer que ordenaba la conquista de Leningrado bajo el nombre de Magia de Fuego (después cambiado a Luz del Norte). Muñoz Grandes al mando de la División Azul participaría en la toma de la ciudad, antigua capital de los zares y segunda de la URSS. Para asegurar su éxito, la División se convirtió en la numéricamente más fuerte de todo el XVIII Ejército. Mientras tanto Esteban Infantes, el sustituto enviado por Franco se veía obligado a permanecer en Berlín. Como mucho, tanto Hitler como Muñoz Grandes estaban dispuestos a que marchara al frente en calidad de segundo jefe de la División Azul.

Lo que ignoraba Muñoz Grandes es que no era él quien había convencido a Hitler sino éste el que venía pensando en utilizarle desde hacía ya algún tiempo. De hecho, las Charlas de sobremesa de Hitler correspondientes a aquella época dejan de manifiesto una creciente animadversión hacia Franco y su gobierno. El 7 de julio, se había entregado a amargas reflexiones sobre el clero y Serrano Súñer, y había llegado a confiar a Jodl que esperaba derribar al Caudillo recurriendo a “la vieja Falange”. Tras recibir el asentimiento del general Keitel, el Führer había señalado incluso cuáles eran sus proyectos concretos : “tenemos que impulsar todo lo que podamos la popularidad del general Muñoz Grande (sic)... porque la División Azul puede, en un momento dado, desempeñar un papel decisivo, cuando suene la hora de derribar este régimen controlado por los curas”. La entrevista, ya señalada, que mantuvo con el general español unos días después sólo sirvió para confirmar un plan ya fraguado.

Cuando durante el mes de agosto se produjo una crisis ministerial en España en el curso de la cual se produjo la caída, entre otros, de Serrano Súñer, el Ministerio de Asuntos exteriores alemán comenzó a considerar que el plan Muñoz Grandes no era ya necesario. Sin embargo, el comandante en jefe de la División Azul insistió en su realización en una entrevista con Likus, celebrada el 5 de septiembre, y —lo más importante— Hitler también se negó a descartarlo. La clave, sin embargo, seguía siendo una gran victoria asociada a Muñoz Grandes. Desde la noche del 1 al 2 de septiembre, los hombres de la División Azul comenzaron a desplazarse por carreteras secundarias para participar en la ofensiva sobre Leningrado. En la del 5 al 6 inició los combates en las cercanías de Pushkin, la antigua Tsarkoye Tseló, residencia de los zares. Sin embargo, los resultados iban a ser muy distintos a lo esperado. Enfrentados a unidades de dos cuerpos de ejército soviéticos —el 42 y el 45— los divisionarios combatieron con arrojo tal y como se esperaba. De hecho, las perspectivas eran tan buenas que el 25 de septiembre el Alto Mando de la Wehrmacht volvió a plantearse la invasión de España con el nombre clave de Gisela. El paso se daba en un momento desfavorable porque antes de una semana resultaba obvio que Leningrado no caería y Muñoz Grandes no cosecharía la gloria esperada. El 19 de octubre Hitler anuló la ofensiva contra Leningrado. Ese mismo día, y ante la perspectiva de desembarco aliado en el norte de África, el Führer se entrevistó con el almirante Raeder para examinar la posibilidad de una invasión de España. A su juicio, para esa coyuntura resultaba imperativo el regreso de Muñoz Grandes a su país.

El 2 de diciembre de 1942, Hitler comunicó a los enviados españoles en la Guarida del Lobo que, finalmente, Esteban Infantes podía sustituir a Muñoz Grandes en el mando de la División Azul. Unos días después el Führer condecoró al general con la Cruz de Caballero, una condecoración que se concedía raramente a los no-alemanes. Halagado, Muñoz Grandes se comprometió nuevamente a alinear más claramente a España con Alemania y a mantener la comunicación secreta con Hitler a través de canales extraoficiales. La acogida que se le dispensó en territorio español parecía indicar que estaba más cerca que nunca del triunfo. Se trataba, en realidad, de un espejismo. Franco lo colmó de honores (la Palma de plata de la Falange, el ascenso...) y aparentó escuchar sus argumentos en favor de una entrada completa en la guerra cuando cenó con él en Noche Vieja. Pero la suerte estaba echada. Controlado de cerca por el Caudillo, Muñoz Grandes había dejado de ser un peligro para él y una baza para Hitler. El antiguo jefe de la División Azul creía contar con posibilidades y así se lo comunicó en secreto a su enlace alemán. No era así. En el futuro Franco se permitiría incluso ser extremadamente generoso con Muñoz Grandes. Podía hacerlo con tranquilidad. El Führer había planeado un peligroso golpe en su contra pero el plan había naufragado en realidad en los gélidos arrabales de Leningrado.
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