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EL LIBRO DE LA SEMANA

La ametralladora del Islam

En 1997, las Naciones Unidas decidieron llevar a cabo un proyecto de ayuda en Afganistán ciertamente curioso. Con fondos dedicados al desarrollo, se procedió a reconstruir un campo de fútbol en Kandahar, la capital oficial-oficiosa de los talibanes. Vista de cerca, la medida quizá no resultaba tan absurda. La llegada al poder de los talibán había significado —y todavía significa— la puesta en funcionamiento de una serie de medidas políticas y sociales de enorme importancia como ha podido ser el cierre de colegios de niñas o la aplicación de penas de mutilación para los ladrones y de lapidación para las mujeres cuya conducta sexual se consideraba impropia.

Sin embargo, también se ha traducido en la prohibición de diversiones como el cine, el vuelo de cometas o el fútbol. La disposición del gobierno taliban a permitir la reapertura del estadio llevó a las Naciones Unidas a creer que se trataba de un principio de moderación que podría ser aprovechado y que, por eso mismo, tenía que ser costeado. Sin embargo, los talibán tenían sus propias intenciones. Una vez inaugurado el lugar, procedieron a utilizar las porterías del estadio para llevar a cabo fusilamientos ejecutados dentro de la más estricta observancia islámica. En realidad, desde su surgimiento en 1994, ése y no otro ha sido el comportamiento uniforme de los talibán. Compuestos en su mayor parte por miembros de la etnia mayoritaria, los pashtunes, el gobierno talibán encarna no sólo el deseo de volver a controlar un país donde los otros grupos raciales son minoritarios sino el sueño de expandir el Islam ya no con el filo de las cimitarras sino con la boca de los Kalashnikov.

Aparte del trastorno innegable y trágico que semejante conducta ha provocado en el respeto a los derechos humanos, lo cierto es que el gobierno de los talibán ha convertido Afganistán en un campo de enfrentamientos entre las potencias que, como Arabia Saudí y Pakistán, ven con buenos ojos el nuevo poder islámico y aquellas otras como Rusia o las repúblicas de Asia central que temen un conflicto en la zona que se extienda como una mancha de aceite. Sobre semejante avispero planean por añadidura los intereses económicos de compañías multinacionales que tienen su central lo mismo en Estados Unidos que en Argentina. Rashid insiste en apuntar al final de su obra en la posibilidad de solucionar el conflicto mediante el recurso a las Naciones Unidas y la apertura de un proceso de transición. Sin duda, éste es el aspecto menos convincente de un libro por otra parte magnífico.

Sinceramente, cualquiera que conozca la Historia sabe que el Islam nunca ha retrocedido salvo por presiones armadas. Lo demás es creer en cuentos de hadas. Ciertamente curioso.

Ahmed Rashid, Los Taliban, Barcelona, Península, 2001, 375 páginas. Traducción de J. Fibla.

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