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¿POR QUÉ HACE LO QUE HACE?

La dudosa neutralidad del rey

Según la Constitución, el rey "arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones". De ahí que su llamamiento a "amplios acuerdos para superar juntos" la profunda crisis económica en la que se halla sumida España bien puede parecer perfectamente acorde con la función de la más alta magistratura del país. Sin embargo, por el momento y la forma en que llega, es lícito preguntarse si el árbitro no cojea en exceso del pie izquierdo.

Carlos López Díaz
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La retórica de la unidad y el pacto de Estado no se escuchan por primera vez en boca del monarca. Pero conviene diferenciar entre un discurso de Nochevieja, o con ocasión de cualquier fecha señalada, y otro pronunciado inopinadamente por iniciativa de la Zarzuela. ¿Por qué no se sugirió este gran pacto mucho antes, cuando la necesidad de reformas profundas ya empezaba a percibirse como ineludible?

Juan Carlos ha optado por el ritornelo de "remar todos juntos en la misma dirección" justo cuando empiezan a oírse voces que piden elecciones anticipadas, incluso cuando dentro de sectores del PSOE no faltan quienes llegan a especular con recambios para el presidente, cuya ineptitud es ya imposible de disimular. Por si esto fuera poco, acto seguido el rey convocó a los dirigentes de UGT y CCOO, organizaciones sindicales que actúan como verdaderas correas de transmisión (convenientemente engrasadas) de la demagogia gubernamental, y –entre otros– al ex presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, cuyo desencuentro con Esperanza Aguirre (una de las voces favorables al adelanto electoral) es asunto reciente. ¿No sería más natural que hubiera llamado al actual presidente de la entidad, que casualmente ha sido ministro de Economía y director del FMI?

La sensación inevitable es que Juan Carlos ha actuado tendiendo un cable a un Rodríguez Zapatero que atraviesa horas muy bajas. En un momento en que se afianza la percepción de que el ejecutivo es el principal obstáculo para salir de la recesión, tras meses de engaños continuados sobre las perspectivas económicas y de sectarismo ideológico, el jefe del Estado hace suyo el repetitivo discurso del PSOE, en el sentido de que la oposición debe "arrimar el hombro" y dejar de lado su función esencial: la crítica y control del gobierno.

Don Juan Carlos y Zapatero.Viene a reforzar estas consideraciones el hecho, frecuentemente observado, de que el rey siempre ha prodigado más muestras de simpatía a los socialistas González y Zapatero que al conservador Aznar, por no remontarnos a las tortuosas relaciones que mantuvo con Suárez, quien, completamente solo, se vio forzado a dimitir poco antes del intento de golpe de estado de 1981. Lo que a la postre sirvió a los intereses del PSOE, vencedor en las elecciones del año siguiente.

Se ha hablado de una incompatibilidad personal entre un adusto castellano como Aznar y un Borbón más amigo del gracejo sevillano de González. Puede que la verdad sea algo menos superficial, que el populismo estructuralmente inmovilista de la izquierda case más con esa vetusta concepción de la monarquía como institución firmemente implantada en el corazón de la plebe. Por supuesto, también es probable que exista un cálculo elemental, según el cual el rey ha de ganarse el apoyo de la izquierda sociológica porque el de la derecha, supuestamente monárquica por naturaleza, lo tiene garantizado.

Demasiadas suposiciones, sin duda, porque los mismos que ven imprescindible un cambio de gobierno, también pueden cuestionarse el papel de la institución monárquica en el siglo XXI. Juan Carlos concitó simpatías generalizadas cuando espetó a Hugo Chávez el célebre "¿Por qué no te callas?" (defendiendo a Rodríguez Zapatero, no se olvide), pero meses después se avino a recibir con un abrazo al tirano, de visita en España, complaciendo así al gobierno socialista. Difícilmente se podría haber abochornado más a tantos ciudadanos.

La monarquía parlamentaria ha demostrado ser una fórmula de razonable pragmatismo en varios países europeos, y no porque todos los reyes se hayan caracterizado por su estricta neutralidad. Tenemos ejemplos de monarcas que se han negado a firmar decretos gubernamentales que contradecían sus principios morales. Pero esta franca actuación de contrapeso del poder ejecutivo es infinitamente preferible a una aparente neutralidad que, en la práctica, tanto con sus silencios como con sus intervenciones, se presta a avalar al gobierno en función de su signo ideológico, para así revestirse de modernidad. Para eso no necesitábamos conservar institución ancestral alguna.


© Semanario Atlántico

CARLOS LÓPEZ DÍAZ, autor del blog Archipiélago Duda.
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