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La macroeconomía es demasiado difícil... para Krugman

En uno de sus últimos escritos, el mendaz Paul Krugman decía, ufano, que la macroeconomía sí que es un arte complicado, y no el de dirigir una empresa. Respondía así a los reproches y críticas que le hacen quienes no cuentan con una formación económica académica pero sí con una gran experiencia en gestión empresarial.

No es de extrañar que Krugman trate de salir al paso de estas críticas: al fin y al cabo, cualquiera que sepa un poco de economía aplicada –de cómo nacen, medran, sobreviven y mueren las empresas– puede darse cuenta de que las recetas de des-estímulo propugnadas por los keynesianos sólo sirven para huir hacia delante... hasta el colapso final.

Con tal de marear la perdiz y esconder su ignorancia, el Nobel nos alecciona con que una empresa no puede equipararse con el conjunto de una economía: la primera es un sistema abierto donde parte de las decisiones que tomen los directivos afectarán al resto de agentes; el segundo es un sistema cerrado al que terminarán afectando las medidas que adopten los políticos, con sus correspondientes refuerzos positivos o negativos.

A diferencia del macroeconomista, el empresario, dice Krugman, nunca ha de preocuparse de que la renta total (los ingresos de todas las personas) sea igual al gasto total (los gastos que efectúan todos los individuos); él será feliz siempre que la demanda de su producto crezca, aun cuando la demanda del resto de productos de la economía se desplome. En cambio, el macroeconomista no podrá dormir tranquilo si el descenso en la demanda de un producto no se compensa con el aumento en la demanda de otro, pues en ese caso la producción agregada disminuirá y todo el mundo será más pobre.

La pieza del Nobel es un perfecto ejemplo de mala economía ingenieril. Ilustra como pocas el bajísimo nivel de la macroeconomía moderna, que se ha convertido en un cúmulo de chascarrillos y falsedades al servicio del intervencionismo. Y es que en lo único en que no debería equipararse a los macroeconomistas con los empresarios es, precisamente, en aquello que Krugman los equipara: la función del macroeconomista no es tomar decisiones concretas sobre cómo asignar los recursos –pesadilla que debería haber quedado desterrada de nuestra ciencia tras el teorema de la imposibilidad del socialismo–, sino estudiar en términos generales cómo las decisiones individuales logran de manera descentralizada una asignación de recursos que tiende a satisfacer a todas las partes.

Pero Krugman sí se asigna ese papel ingenieril: el macroeconomista es como un niño jugando con un rompecabezas. Su misión es lograr que todas las piezas encajen en el puzzle, asegurándose de que nunca aparezca un diferencial entre la renta que perciben los agentes y el gasto en que incurren.

Claro que, bravuconadas socialistas al margen, el mensaje que pretende transmitir el Nobel sigue siendo del todo incorrecto. Sus dos premisas –por un lado, que los empresarios no se preocupan de que el gasto total coincida con las rentas totales y, por otro, que los macroeconomistas sí lo hacen al recalibrar las demandas– son absolutamente falsas.

La actividad de los empresarios consiste en intermediar dos precios: el precio (o coste) al que pueden comprar los factores productivos y el precio al que pueden vender la mercancía fabricada con esos factores productivos. En otras palabras, su función es asegurarse de que las rentas que perciben por la comercialización de sus productos (sus ingresos) no superen los pagos que realizan para fabricarlos (sus gastos). Ahora bien, fijémonos en que los gastos del empresario son los ingresos de sus factores productivos (los salarios, por ejemplo), y que esos ingresos, a su vez, serán el gasto con el que se comprará el género de otros empresarios (y por tanto sus ingresos).

Emerge así una apariencia de circularidad tan del gusto de los keynesianos: el gasto de fulanito es la renta de menganito y la renta de menganito es el gasto de zutanito, que, vaya, es también la renta de fulanito. Si por cualquier motivo menganito deja de gastar su renta en zutanito, fulanito se queda a su vez sin ingresos y, dado que no podrá gastar, oh sorpresa, menganito también se verá desprovisto de ingresos. Al final, pues, el ahorro de menganito tiende a... ¡destruir su propio ahorro!

La realidad, sin embargo, es un poco más compleja. Los empresarios no pagan a sus factores productivos a partir de los ingresos de sus ventas, sino mediante sus propios ahorros (o mediante los ahorros ajenos que consiguen prestados). Piénselo: usted quiere montar una empresa para convertirse en multimillonario. Debe empezar a fabricar mercancías, y para ello tiene que contratar antes a varios trabajadores, alquilar un inmueble, comprar varias máquinas... ¿Cómo hará frente a todos esos desembolsos si todavía no ha obtenido ingreso alguno por la venta de la aún inexistente producción? Pues obviamente con ahorro (no otra cosa es el pasivo de las empresas: el detalle de las fuentes de financiación de la compañía). De ahí que si los empresarios no satisfacen las necesidades de los consumidores, no recuperarán con la venta del género el dinero que han adelantado a sus factores: sufrirán pérdidas irrecuperables que les obligarán a modificar sus planes de acuerdo con las necesidades de los consumidores.

Por consiguiente, el no gasto –el ahorro–, a pesar de lo que opinen las versiones más pueriles del subconsumismo, no provoca una reducción de nuestra riqueza, sino al contrario: hay más capital disponible para que los empresarios puedan desarrollar planes empresariales que incrementen las rentas (y la capacidad de gasto) futuras de la sociedad. La única interrupción entre la creación de rentas y el gasto se produce no cuando los agentes ahorran el dinero y lo invierten, sino cuando lo ahorran y no lo gastan en nada (cuando lo atesoran o, más llanamente, lo meten debajo del colchón).

Pero ¿por qué motivo la gente atesora su dinero? Es decir, ¿por qué decide no consumir o no invertir? Al fin y al cabo, si ha estado trabajando o se ha desprendido de otros bienes para conseguir dinero será porque querrá darle algún uso en algún momento; y si ese momento no es el actual, tendría más sentido que lo invirtiera para lograr una rentabilidad extra.

El motivo de ese extraño comportamiento por el que los individuos se abstienen de consumir o de invertir es sólo uno: que los empresarios no están ofertando aquello que los agentes demandan. Si los empresarios sacan a la venta bienes de consumo distintos de los que éstos quieren o más caros de lo que están dispuestos a pagar, lo lógico es que no consuman. Si, además, creen que el resto de consumidores tampoco va a demandar esos bienes de consumo, lo lógico será que tampoco inviertan, pues difícilmente van a poder ganar dinero metiéndolo en una empresa incapaz de dar salida a sus mercancías.

Así, los individuos, cuando atesoran, están mandando un mensaje bien claro a los empresarios: "La estáis pifiando; rectificad, ofertad aquello que los consumidores soberanos os exigimos". Y los empresarios, ante tan omnímodo poder, se ven forzados a rectificar, readaptando sus planes empresariales. O eso o quiebran, en cuyo caso serán otros quienes los readapten.

Por tanto, al contrario de lo que opinan Krugman y los keynesianos, cada empresario individual sí se ocupa de que las rentas totales de una economía coincidan con el gasto total, sólo que se trata de una ocupación no deliberada, resultado no intencionado de su actividad. Cada empresario, al producir, genera unas rentas (los gastos en sus factores de producción) que sólo se convertirán en ingresos de otro empresario (sólo gastarán en él esas rentas) si ese otro empresario ha producido la mercancía que se demandaba (generando con ello otras rentas que sólo se transformarán en gasto si otros empresarios hacen lo propio).

Cuando un empresario ajusta su producción a la demanda está contribuyendo a que las rentas totales de la economía se igualen al gasto total; cuando se equivoca, y hasta que no rectifique, ambas divergirán. Pero el proceso de mercado asegura que aquellas compañías que no rectifiquen desaparecerán para que otras ocupen su puesto y hagan coincidir ambas variables.

Y así llegamos a la segunda falacia de Krugman: el macroeconomista se asegura de que el gasto agregado sea igual a la renta agregada para evitar que nos empobrezcamos. Pues no; en realidad el macroeconomista (keynesiano) se dedica a obligar directa o indirectamente a que los agentes consuman o inviertan en aquellos empresarios que no satisfacen sus necesidades. Por tanto, expolia a los consumidores para lucrar a los productores ineficientes; socava la división del trabajo, el proceso de mercado y la coordinación empresarial.

Pero, para más inri, en la medida en que, como sucede ahora, la forma de lograr que renta y gasto coincidan pasa por fomentar que los agentes privados o el Gobierno se endeuden todavía más (por ejemplo, que todos los españoles pidan más hipotecas para dar salida a los 1,5 millones de carísimos pisos invendidos), el macroeconomista sólo está desajustando la renta y el gasto total. Y es que quien se endeuda está comprando producción presente a cambio de producción futura, pero si la estructura productiva está tan repleta de malas inversiones como para ser incapaz de fabricar toda esa producción futura, el gasto de hoy será mucho mayor que la renta de mañana. ¿Consecuencia? El prestamista no recuperará todo su dinero, de modo que habrá sido estafado por el deudor y por el empresario ineficiente que le colocó su mala mercancía a este último.

Esa es la enriquecedora coordinación entre gasto y renta que promueven Krugman y los macroeconmistas keynesianos. Tal vez si tuvieran que ganarse el pan satisfaciendo al consumidor y no maltratándolo, su perspectiva sería otra. Normal, pues, que se les recrimine que no entiendan cómo funciona el mercado; la buena macroeconomía –la que explica qué sucede en el mundo real– es demasiado difícil (o inconveniente) para ellos.

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