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ECONOMÍA

Las famosas diferencias

Manuel F. Ayau Cordón

A pesar de las críticas que vertió sobre el capitalismo en el Manifiesto comunista, Carlos Marx no negó el gran auge de la Revolución Industrial, que, evidentemente, no habría tenido lugar si no se hubiera producido igualmente un acelerado crecimiento de la población y del número de trabajadores.

Inglaterra tenía un millón de habitantes en el año 1061. En los ocho siglos siguientes, tal cifra apenas se multiplicó por ocho. Pues bien, el número de ingleses se cuadruplicó sólo en el siglo XIX.
 
El aumento de la longevidad fue uno de los frutos beneficiosos de la producción capitalista. El capitalismo creó diferencias de riqueza por la sencilla razón de que, antes, sólo los nobles eran ricos y vivían mucho: todos los demás eran pobres y morían a temprana edad. Los que, gracias al incipiente capitalismo, sobrevivieron, se fueron enriqueciendo. Evidentemente, la transferencia de poder adquisitivo desde la nobleza hacia los industriales y comerciantes no se produjo de la noche a la mañana. Y, claro, las condiciones laborales que se estilaban nos parecen deplorables hoy, pero entonces representaban la salvación para mucha gente.
 
Los productores jamás pueden pagar unos salarios que no logren cubrir con los precios que cobran a sus clientes, ya que son intermediarios entre los dueños de los recursos –trabajo incluido– y los consumidores. Tienen que competir tanto por los recursos como por los clientes. Por lo que hace a las circunstancias sociales en que operan, no las crean ellos, y han de afrontar una serie de limitaciones: no pueden, por ejemplo, poner precios fuera del alcance de la clientela; han de competir permanentemente, porque todos los bienes y servicios privados tienen sustitutos; no pueden pagar salarios inferiores a los del mercado, porque entonces se quedan sin trabajadores; y si su clientela es pobre, habrá de pagar salarios bajos.
 
Esto, que parecía un círculo vicioso, cambió con el capitalismo. Cuando aparecieron las máquinas, la productividad de los trabajadores aumentó notablemente; es decir, se consiguió producir mucho más con igual o menos tiempo y esfuerzo. Fue entonces que pudieron crecer los salarios, ya que el coste de la mano de obra por unidad producida cayó. Fue la productividad lo que permitió subir los salarios sin por ello elevar los precios por encima de lo que los clientes podían pagar.
 
Recordemos que son los propios trabajadores quienes conforman el grueso de la clientela: la producción en masa es para las masas; y que en el capitalismo los productores compiten por satisfacer a los clientes: quien gana es quien más enriquece a los clientes. Si los medios de producción fuesen del Estado, no existiría la presión ni los incentivos de la competencia, que obliga a economizar recursos reduciendo los costos, y tendríamos que conformarnos con lo dispuesto por los burócratas.
 
La realidad es que el capitalismo, sea democrático o no –como en China–, es la única herramienta para reducir la pobreza. Pero, al mismo tiempo, en él, como ya se nota en la propia China, las diferencias de ingresos se disparan. Lo realmente importante no es reducir las diferencias, sino la pobreza. El filósofo e historiador francés Philippe Nemo mantiene que "el pauperismo será vencido por la fecundidad de la economía de mercado, y no por las vanas imprecaciones de milenaristas religiosos o secularizados".
 
 
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MANUEL F. AYAU CORDÓN, rector emérito de la Universidad Francisco Marroquín.