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EDUCACIÓN

Las madrasas de la plastilina

Carlos López Díaz

La reciente propuesta de un Pacto por la Educación presentada por el ministro Ángel Gabilondo se suma a otras tomaduras de pelo del gobierno socialista. Es imposible calificar de manera más suave un documento en el cual no se realiza la menor autocrítica del desastre educativo provocado, en España y otros países, por la secta de los pedagogos progresistas.

No sólo la mayor parte es vana palabrería, sino que además se sigue insistiendo ahí en los objetivos de adoctrinación ideológica que, so capa de inculcar valores cívicos, deben "impregnar el currículo de todas las etapas". Se pretende promover la "cultura del esfuerzo", de la misma manera insustancial como se promoverá la "cultura de la paz", es decir, sin que se sugiera ni por asomo una reforma de los contenidos, cada vez más esquemáticos e infantilizados, y de unos métodos pedagógicos empeñados en construir la casa por el tejado, en omitir el ineludible aprendizaje memorístico, previo a cualquier otra habilidad intelectual que no quiera ejercerse en el vacío. Como mucho, se aplicarán meros parches, tardíos intentos de recuperar la disciplina y la excelencia, que apenas servirán para algo más que encubrir el engendro.

Y lo más desesperante es que estos errores no son nuevos. A principios del siglo XX un iluminado libertario llamado Francisco Ferrer Guardia fundó en Barcelona la Escuela Moderna, un centro que pretendía ser la avanzadilla de la educación racional del futuro. Ésta consistía en inculcar en las mentes infantiles, además de algunas nociones básicas de higiene, cuatro fórmulas brutalmente simplistas de carácter anticapitalista, anticristiano y pacifista. Para semejante profundidad de contenido, evidentemente no se necesitaban exámenes ni calificaciones, considerados reliquias autoritarias del orden burgués, ni apenas libros, pues la mayoría de los existentes estaban contaminados con los errores del pasado. Incluso los manuales de aritmética debían purgarse de toda referencia al dinero, el ahorro o la gananacia, "uno de los más poderosos medios –decía aquel botarate– de inculcar a los niños las falsas ideas del sistema capitalista".

Es decir, so pretexto de instaurar una educación sin prejuicios ni convencionalismos, que no coartara la espontaneidad del niño, lo que se pretendía realmente era formar a fanáticos ignorantes; estaban convencidos de que la Arcadia estaba al alcance de la mano con sólo erradicar a la burguesía y el clero.

Nuestras escuelas no han recaído, por ahora, en tales extremos. Pero su espíritu, en el fondo, es el mismo. La transmisión de conocimientos se supedita a la formación en valores, lo que se traduce, en la escuela primaria, en dibujar palomas de la paz, pintar murales con el "No a la guerra" y otras candorosas actividades más propias de una guardería que de un centro escolar. Significativamente, una de las preocupaciones que revela la propuesta del gobierno socialista es llegar a la escolarización plena de los niños de cero a tres años. En los cursos siguientes, ya convenientemente uniformizados, los alumnos recibirán las consabidas monsergas sobre la depravada globalización neoliberal, el apocalipsis climático y la arcaica familia patriarcal. Mientras estas ideas las tengan claras, ¿qué más da si en lugar del Quijote leen un resumen de dos páginas?

Lo que se quiere es formar buenos ciudadanos, no individuos problemáticos de esos que empiezan por Cervantes y luego vaya usted a saber a qué lecturas reaccionarias se entregan.


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CARLOS LÓPEZ-DÍAZ, autor del blog Archipiélago Duda.