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EDUCACIÓN

Las recetas de la derecha parlamentaria

Carlos Segade

El recién publicado documento de medidas educativas del Partido Popular pone de manifiesto la ausencia de alternativa al sistema educativo socialista: no muestra ni deja entrever una concepción de la persona que plante cara al materialismo socialista, y las propuestas de renovación son anticuadas y se hacen dentro del sistema.

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Como decía la filósofa Edith Stein, detrás de una pedagogía siempre hay una antropología. La concepción que se tiene de la persona condiciona el modo en que vamos a educar. En la exposición de motivos y preámbulo de la Logse se proponía una concepción del hombre concreta. Los españoles deberían educarse en un nuevo sentido de la autonomía (en el sentido kantiano), donde su estructura moral se fuera construyendo mediante las experiencias propias y los conocimientos que uno escogiera, en plena independencia de un orden moral objetivo (es la consagración del constructivismo educativo). Bajo estos presupuestos, así como con la errónea concepción de igualdad propia del socialismo, se ha ido forjando el sistema educativo en el que estamos.

El objetivo de la sociedad igualitaria socialista es lo que en el mundo norte-europeo se conoce como Ley de Jante (término tomado de un libro del novelista noruego-danés Aksel Sandemose). En los países escandinavos, la Janteloven se puede resumir en la creencia de que tú no debes creer que eres algo, de lo que se desprende que no creerás que tú eres más grande que los demás. En el mundo anglosajón esto se conoce como el Tall Poppy Syndrome (síndrome de la amapola alta), en virtud del cual nadie debe destacar por sobre el resto. No es de extrañar, a la vista de estos presupuestos, que la escuela comprensiva haya tenido tanto éxito en países de influencia socialdemócrata.

Según Marx, el trabajo en la colectividad es lo que da sentido a la vida del hombre; por tanto, un trabajo que no esté inspirado por ella no tiene sentido. De ahí que incluso el arte se entienda como una obra colectiva o con referencia explícita a lo colectivo, normalmente institucionalizado en el Estado. En la vida práctica, esto quiere decir que la colectividad, o sea el Estado, es el que decide el trabajo de la persona. Como consecuencia, es fácil deducir que la educación debe ser arrebatada a la familia y dejarla en manos del Estado.

Así, en brochazos rápidos, se entiende la antropología que subyace a nuestro sistema educativo: autonomía moral del hombre (subjetividad moral); disolución de la creatividad y de la valía personal (Ley de Jante); sometimiento al Estado (doctrina del trabajo marxista). Por su parte, la derecha propone que se eduque en el esfuerzo y que se hagan exámenes de reválida en algunas etapas. Eso sí, con mucho inglés. Ya está; desafortunadamente, nada más.

Los modelos anglosajones alternativos tampoco son muy válidos. Según muchos que se dicen conservadores, el alumno debe ser útil al mercado una vez que salga del sistema educativo, en ese eufemismo que se llama relación universidad-empresa. El profesor Ken Robinson, en un análisis crítico y lúcido del sistema, comenta con cierta ironía en su libro The Element que aquellos universitarios que gobernaron el Imperio Británico en la India con notable éxito no habían estudiado en Oxford más que latín, griego y literatura, materias que les hicieron pensar, sopesar y gobernar con prudencia. Ahora, sin unos cuantos másteres en función pública, eso sería impensable. No hay mucha diferencia entre la tesis materialista de Marx sobre el trabajo y la de una derecha utilitaria que dota al hombre de sentido según su utilidad en el mercado.

La derecha vive enganchada al mantra del mercado y la economía, ya que viene siendo su mejor baza, por no decir la única, a la hora de gobernar. Paradójicamente, todo puede estar sometido al mercado, salvo la educación, que es parte de lo que cualquier gobierno desea controlar, incluso los de derechas.

A pesar de la exposición de motivos del documento popular, en la que se aboga por un mayor esfuerzo de los estudiantes y por la libertad de los padres, lo cierto es que parecen brindis al sol.

Si el Partido Popular creyese en la libertad de los padres eliminaría el control estatal del sistema educativo por medio de los conciertos, fomentaría nuevos colegios de iniciativa privada con ayudas directas a las familias, eliminaría los baremos de los colegios concertados, no competiría con los privados a través del sistema público, etcétera. Si creyese en el esfuerzo pondría en marcha un plan (como por ejemplo el Plan 2020 del gobierno británico) en el que se implicaría directamente a los padres en la educación, los alumnos tendrían un seguimiento personal, se harían planes de intervención para los alumnos con necesidades especiales, bajo rendimiento y alto rendimiento, con el fin de obtener lo mejor de cada uno de ellos, etcétera.

Los exámenes de reválida que se proponen por curso, a imitación de iniciativas adoptadas en el extranjero, no son eficientes, y está sobradamente demostrado. Sin embargo, como si fuera otro de los mantras de la derecha, parece que todo se soluciona con exámenes. Las pruebas de nivel no demuestran la adquisición de conocimientos más que de manera parcial, ya que las pruebas objetivas dependen también del modo en que los conocimientos se han adquirido. No tienen en cuenta muchos factores cognitivos, como tampoco la edad real del alumno, pues no toma en consideración la madurez, el lado afectivo, las estrategias cognitivas que es capaz de poner en marcha un estudiante en una determinada etapa de su formación, etcétera.

Las medidas que sugiere la derecha nacen de una concepción antropológica de la persona encadenada sólo al carácter racional del ser humano, y hace oídos sordos a lo mucho que la antropología contemporánea tiene que decir al respecto. La potencialidad cognitiva es únicamente una parte de las varias que componen el ser humano. Otras, como la afectiva, la sensitiva, la relacional, no es posible medirlas en una prueba objetiva que parte de la base, como en el socialismo, de que todos los niños de doce años son iguales.

Tampoco se trata, como demagógicamente dicen algunos, de volver atrás, ya que los sistemas educativos anteriores a la Logse adolecían, precisamente, de esa estima exclusiva por un tipo de inteligencia. La alternativa pasa por establecer un sistema donde la moral individual crezca haciendo referencia a la verdad sobre el hombre, incluyendo la trascendencia; fomentar la intervención educativa de los profesionales de la educación para hacer seguimientos personales de los alumnos, de manera que se respeten sus tiempos de maduración y se exija lo máximo de cada uno; dar valor al trabajo por sí mismo, con independencia de su valor de mercado o en relación al Estado, de manera que sea la persona la que le dé sentido a sus actos. Esto significa que se deben potenciar las humanidades y las artes, al igual que la formación profesional. Se necesita, además, que los colegios vivan en libertad frente al Estado, que sean los alumnos y no los centros los que sean subvencionados, para que el sistema de ayudas se ajuste más a la realidad social. Por supuesto, el Estado debe ajustarse a su papel meramente subsidiario y no entrar a competir con la iniciativa privada.

La derecha española permanece abducida por el idealismo socialista en temas educativos, se ha quedado sin ideas y sin alternativa. Cuando gobierne, seguiremos contemplando cómo la sociedad se sigue inclinando hacia el socialismo, y no será precisamente por culpa de los socialistas.


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