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OBJETIVO: LA IGLESIA CATÓLICA

Libertad, igualdad, islamidad

Guillermo Elizalde Monroset

La Europa que sale en los periódicos acaba de patibulear de nuevo al Papa, esta vez por decir en Camerún que con el reparto de preservativos se corre el riesgo de extender el sida.

La ministra alemana de Salud le ha llamado "irresponsable"; el gobierno de Sarkozy le ha acusado de "poner en peligro la protección de la vida humana", igual que varios dirigentes de la Comisión Europea, la ONU y el Fondo Monetario Internacional; Bélgica ha presentado una protesta oficial ante el Vaticano; España ha obsequiado a África con un millón de condones, y tramita la reprobación del obispo de Roma en el Parlamento con la bendición del PP. En fin, parece que los líderes europeos de diestra y siniestra piensan lo mismo que el ex-primer ministro francés Alain Juppé: "Este Papa empieza a ser un verdadero problema para el mundo".

Pero el problema no es Benedicto XVI. El Papa repite la doctrina de la Iglesia, basada en lo que ve cuando atiende a un tercio de los enfermos de sida en África. Además, la posición de Benedicto XVI coincide con las conclusiones de la ciencia no ideologizada. Recordemos, por ejemplo, el artículo "El Papa puede tener razón", publicado en el Washington Post por el investigador de la Escuela de Salud Pública de Harvard Edward C. Green, donde este confeso progresista sostiene que la evidencia empírica respalda al Papa. Así pues, el problema de fondo no es Benedicto XVI, sino la Iglesia Católica: la única institución mundial que se atreve a hablar del hombre y con el hombre sin someterse a los dogmas progresistas internacionales.

La enemistad entre el orden progresista y la Iglesia no es nueva. Las ideologías que zarandean Europa desde la Ilustración siempre vieron en el cristianismo un enemigo, y en la Iglesia un rival que era preciso menoscabar. Así lo proclamabaMirabeauen los Estados Generales de la Francia revolucionaria: "Si queréis una revolución, es necesario comenzar por descatolizar Francia". Hegel legó el mismo consejo a su posteridad espiritual: "Sin que se altere la religión no puede tener éxito ninguna revolución política". En este contexto deben entenderse las religiones de la razón, las constituciones civiles del clero, las iglesias patrióticas, las expropiaciones de bienes eclesiásticos, las exclaustraciones y destierros de religiosos. Los horrores del s. XX culminaron este proceso, que De Lubac resumió con exactitud: "Cuando el hombre construye un mundo sin Dios, acaba construyéndolo contra el hombre".

Jean-Jacques Rousseau.La ideología secularista que hoy predomina en los foros de poder representa una vuelta a las fuentes del pensamiento revolucionario. Aparece con un nuevo atractivo, despojada de su estética guillotinesca y chequista, al modo como la espada torna a brillar tras limpiarla de sangre. Pero su objetivo sigue siendo el mismo que indicaron Spinoza y Rousseau: sacralizar el Estado y estorbar la influencia de la religión en la vida social. Así lo entendieron las logias masónicas desde el s. XVIII, y así lo recogió el PSOE en su manifiesto por el laicismo de 2006. El Estado debe ser el referente moral definitivo. Sólo a él corresponde definir lo justo y lo injusto mediante las mayorías parlamentarias. "Ninguna fe –como repite Zapatero– puede oponerse a las leyes". De este modo, el Estado se convierte en la última autoridad civil y religiosa, a la que el hombre debe someterse para su salvación.

Desde hace medio siglo, este relato laicista parasita también las instituciones internacionales. Algunas son creación de los Estados; otras emanan de opacos entes mundiales. Pero la mayoría se dice representante de una "voluntad global" que converge hacia un credo de paz y fraternidad, tal vez esbozado en los Objetivos del Milenio. En este sentido, la globalización no conlleva la desaparición del Estado moderno, sino la extensión planetaria de su servidumbre, en nombre –una vez más– del paraíso terreno. Ahí está la clave de la reprimenda internacional a Benedicto XVI: sólo el Estado y sus prótesis mundialistas pueden conformar el orden moral internacional. Si la Iglesia no se somete a este credo, se convierte en un estorbo para la felicidad del hombre, o incluso en criminal y genocida. El utopismo parece dispuesto de nuevo a sojuzgar a la humanidad, y esta vez a escala planetaria.

Hace cien años Vladimiro Solobiov, un filósofo ruso muy familiarizado con la cultura musulmana, recordó que cuando se exige al hombre reconocer al Estado como una fuerza suprema, que se someta a él por completo, se realiza un acto de islam, que quiere decir sumisión o resignación. Un acto de anonadamiento equivalente al que realizan cada día los musulmanes, sometidos a un orden social incapaz de distinguir a Dios del César. Desde esta perspectiva, es significativo que revolución e islam regresen a las fuentes, laicistas unas y yijadistas otras, precisamente en el mismo momento histórico. Y que justamente ahora mundialicen sus estructuras para imponer su particular islamidad. Y que ambos intenten domesticar a la Iglesia mediante restricciones a la libertad religiosa, políticas cesaropapistas y alianzas de civilizaciones.

Secularismo y yijadismo representan un retroceso histórico de veinte siglos, a los tiempos en que el César y Dios se confundían. El "Sí, podemos" del secularista Obama significa que el criterio último de razón es la voluntad del hombre. El "Sólo Alá legisla" del yijadista Sayyid Qutb significa que la voluntad de Dios puede estar más allá de la razón. Pero ninguna de estas consignas es capaz de sustentar un orden internacional que refleje el íntimo carácter racional de Dios y del hombre. Así lo dijo Benedicto XVI en Ratisbona hace tres años, avisando de que el laicismo sordo a lo divino menoscaba la razón, y de que el islam que no actúa según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Entonces se enfurecieron los musulmanes. Ahora se venga el laicismo, chillando con voz plastificada.


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