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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Logró infiltrarse el espionaje soviético en la iglesia católica?

Al acabar la Segunda guerra mundial, el mundo presentaba una configuración impensable tan sólo unos años atrás. La URSS no sólo había visto reconocidas todas sus apetencias territoriales del período de entreguerras sino que además se había hecho con una parte considerable de Polonia. Por si fuera poco, estaba a punto de controlar toda Europa oriental y tenía ambiciones nada desdeñables encaminadas hacia el resto del continente, Asia y África. Su visión expansionista exigía imperiosamente la infiltración y debilitamiento de aquellos poderes que se pudieran oponer a ella. Entre sus adversarios ocupaba un papel especial la iglesia católica que no sólo era la confesión mayoritaria de Polonia y Checoslovaquia sino que además contaba con un enorme poder moral sobre centenares de millones de personas. Pero ¿logró realmente el espionaje soviético infiltrarse en la iglesia católica?

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La infiltración de agentes soviéticos en el seno de la iglesia católica comenzó prácticamente en octubre de 1917 cuando tuvo lugar el golpe de estado bolchevique pero tuvo su época de mayor esplendor al concluir la segunda guerra mundial, primero, y después del concilio Vaticano II. Los ejemplos que podrían aducirse de esa infiltración no sólo resultan extraordinarios. Aunque de no escaso éxito, sin embargo, muy pocos lograron resultados en el denominado movimiento Pax.

Éste fue fundado en 1945 por un polaco llamado Boleslaw Piasecki cuya historia era ciertamente novelesca. Durante el período entreguerras, Piasecki dirigió un movimiento juvenil de corte fascista y antisemita. Al caer Polonia ante los ejércitos del III Reich en 1939, Piasecki fue hecho prisionero pero la Gestapo no tardó en ponerle en libertad. Hasta la primavera de 1944, en que fue capturado por el ejército soviético, Piasecki organizó unidades que se dedicaban a combatir a los comunistas polacos.

Teóricamente, Piasecki debía haber sido fusilado pero el NKVD soviético elegía entonces a muchos de sus futuros agentes entre antiguos siervos de la Gestapo ya que conocían el oficio y podían ser extorsionados con facilidad. Fue así como el general soviético Iván Serov lo reclutó para emplearlo en tareas de inteligencia dirigidas contra la iglesia católica. Inicialmente, Piasecki tuvo un éxito notable entre la jerarquía polaca especialmente con monseñor Choromanski, secretario del episcopado. El agente grababa todas las conversaciones y las entregaba a sus superiores. Sin embargo, el mayor éxito fue la creación de Pax. Esta organización se presentaba como un movimiento confesional en el que no menos del noventa por ciento de los miembros eran católicos practicantes. Creado y sustentado por los servicios de inteligencia comunistas, Pax no sólo no desapareció al implantarse en Polonia la dictadura marxista sino que incluso adquirió una mayor importancia contando con centenares de círculos en todo el país.

Sin embargo, lo sorprendente en un país donde había establecida una férrea censura no era sólo la permisividad con que contaba Pax sino, muy especialmente, las dimensiones que llegó a cobrar. Bajo la férula de Pax, se editaron numerosos libros y publicaciones periódicas entre las que se encontraba el Slovo Povzechne, el único diario católico del país. Durante sus once primeros años de existencia, Pax publicó ocho millones de libros de los que 360 títulos eran de literatura polaca y extranjera y nada menos que 185 de contenido religioso. Además contaba con una imagen pública en occidente realmente excepcional. Para muchos, Pax combinaba la fe católica con un contenido progresista —entendiendo como tal una acentuada excoriación política hacia las izquierdas— que se traducía lo mismo en el ofrecimiento de servicios médicos que en exposiciones artísticas. No resulta por ello extraño que cuando la organización ofreció a Graham Greene un “premio literario” de 15.000 zlotys por el “conjunto” de su obra, el autor británico lo recibiera encantado. Como era fácil suponer, la verdad de Pax distaba mucho de identificarse con aquella imagen de catolicismo sumado al progresismo social. En realidad, el colectivo no sólo servía de excusa a la URSS y al gobierno polaco para negar la existencia de una persecución contra el cristianismo sino que además defendía la necesidad de no oponerse a las dictaduras comunistas sino más bien de colaborar con ellas. Por supuesto, también contribuía a las tareas de represión.

Así, algunas grabaciones realizadas por Piasecki sirvieron para preparar el espectacular proceso que se organizó contra monseñor Kaczmareck, el obispo de Kielce, detenido en enero de 1951 y juzgado en septiembre de 1953. A mediados de los años cincuenta, Pax había logrado transplantar su influencia a occidente, más concretamente a Francia, donde recibió amplio eco en un sector de la opinión pública que creía en consignas como el “socialismo con rostro humano” o “el diálogo cristiano-marxista”. Así, en 1954, Piasecki se entrevistaba en París con figuras relevantes del mundo católico procediendo a grabar las conversaciones y a entregar las cintas al KGB. Pax había llegado a la cúspide pero en junio de 1955, un decreto del Santo Oficio condenaba al semanario del movimiento Dzis i Jutro así como la obra Problemas esenciales debida a Piasecki. Asimismo se cursó una prohibición a los clérigos para que no publicaran sus escritos en Pax. La respuesta de Pax fue visitar Roma en la primavera de 1956. Sin embargo, esta vez no resultó tarea tan sencilla el grabar los encuentros. A pesar de todo, Pax contaba con los suficientes aliados entre la progresía
—católica y no-católica— como para que durante los años sesenta muchos la siguieran defendiendo contra una Curia a la que motejaban de retrógrada y antiprogresista.

Todavía el 6 de junio de 1963, cuando buena parte de la documentación sobre Pax había pasado al otro lado del Telón de acero, el cardenal Wyszynski, primado de Polonia, se vio obligado a emitir un comunicado en el que definía a Pax como “tan sólo un medio de propaganda disfrazado, para denigrar la actividad de la Iglesia en Polonia mediante la difusión de informaciones falsas” y donde afirmaba que “ese movimiento recibe órdenes y directrices del partido comunista, de la policía secreta y de la Oficina para asuntos del culto”. Al fin y a la postre, Pax quedaría desacreditada y su labor, que había tenido un enorme éxito durante casi dos décadas, se vería frenada. Sin embargo, la infiltración soviética en el seno de la iglesia católica no había quedado ni mucho menos descabezada. De hecho, una de sus creaciones más brillantes —la denominada Teología de la liberación— aún tendría que obtener algunos de sus mayores triunfos.
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