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ASUNTOS EXTERIORES

Los colaboracionistas y la liberación

Hasta lo más trágico tiene a veces su lado cómico. El martes, el “halcón en jefe” del Pentágono (Paul Wolfowitz, según Libération, 11.12.03) se descolgó, nunca mejor dicho, con un comunicado en una página web del Pentágono.

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Wolfowitz ha hecho lo que ya había anunciado la administración norteamericana. Publicar una lista de países a cuyas empresas se podrán adjudicar los contratos para la reconstrucción de Irak. Como es sabido, quedan descartados aquellos que no participaron en la liberación de Irak, entre otros China, Rusia, Canadá, Alemania y Francia.
 
Wolfowitz aduce razones de seguridad interna. Los medios de comunicación europeos no se han tomado en serio el argumento, tal vez un poco demasiado a la ligera. Los contratos que va a adjudicar la administración norteamericana afectan a obras públicas de gran envergadura. No hay por qué descarta que quienes mantuvieron estrechos lazos comerciales con Irak durante la dictadura de Sadam Hussein no vayan a utilizar la información derivada de estos proyectos para fines particulares, y distintos de los especificados en los contratos.
 
Los titulares de la prensa de los países agraviados, por así decirlo, siguen hablando de ellos mismos como del “campo de la paz”. Wolfowitz, en cambio, parece tenerlo claro. El campo de la paz era el campo de Sadam Hussein. No fiarse de quienes no estuvieron al lado de la coalición y apoyaron, proporcionaron información o simplemente dieron balones de oxígeno al dictador neonazi, no fiarse de los colaboracionistas, es un gesto comprensible.
 
Lo es más aún si se piensa que el dinero con el que la administración norteamericana y la Autoridad Provisional iraquí va a administrar la reconstrucción del país, y por tanto los contratos, procede del fondo que el Congreso norteamericano votó a petición de Bush. Dinero del contribuyente americano, en consecuencia, del que la administración norteamericana responde ante sus ciudadanos.
 
La ayuda norteamericana es la más generosa que los Estados Unidos haya destinado nunca al exterior con excepción del Plan Marshall. Que se sepa, Alemania no puso ningún reparo a recibir dinero americano en los años cincuenta, ni Francia lo hizo tampoco cuando la “Libération”, “libération” que también corrió a cargo del bolsillo de los contribuyentes norteamericanos.
 
Hace poco tiempo, Francia y Alemania se han negado a ayudar a reconstruir Irak, como se negaron a liberar a los iraquíes del dictador, aunque algunas de sus empresas siguen todavía beneficiándose del plan Petróleo por Alimentos gestionado por los burócratas millonarios de la ONU y religiosamente pagado por la actual administración iraquí.
 
En resumidas cuentas, todo el mundo sabía a qué atenerse, salvo quizás los canadienses, que debían de contar con que los 190 millones de dólares que donaron en la Conferencia de Madrid lavarían sus pecadillos anteriores.
 
Tal vez por eso muchas de las quejas han sido tan moderadas, en particular las de los franceses. Chirac ha decidido callarse, y los periódicos franceses utilizan argumentos un poco enrevesados para dar a entender su malhumor. Una comentarista de RTL ha dicho que los norteamericanos sólo hablan de libre mercado cuando les interesa y Le Figaro (11.12.03), que alega con poca diplomacia que la contribución de las empresas francesas no debería ser menospreciada porque conocen muy bien el terreno, finge escandalizarse de que esté incluida Rwanda, pero no Francia. (El inconsciente colonialista traiciona siempre a los franceses.) También se escudan en las posiciones de algunos políticos demócratas, que, en plena desesperación, han criticado la decisión del Pentágono argumentando que Estados Unidos necesita aliados, no contratistas.
 
Le Figaro da otra razón para esta relativa discreción. Como el comunicado de Wolfowitz no da ninguna indicación acerca de las subcontrataciones, lo que esperan las empresas francesas, según este periódico, es rebañar algo en la segunda ronda. The Wall Street Journal Europe (11.12.03) añade que algunas grandes empresas multinacionales de origen francés, como Schlumberger, tienen con su país de origen lazos muy tenues y por tanto no están excluidas a priori. Una toma de partido demasiado estruendosa por parte del gobierno francés les perjudicaría.
 
En resumidas cuentas, los franceses quieren ser libres, pero con derecho a recibir dinero norteamericano.
 
Alemania se ha atrevido a levantar un poco más la voz. Un funcionario alemán ha calificado de “infantil” la actitud norteamericana y Joschka Fisher, con ese cinismo hueco que le caracteriza, ha dejado constancia de su “estupefacción” (The Washington Post, 11.12.03).
 
Los rusos no han encontrado mejor forma de expresar su indignación que seguir castigando a los iraquíes. Ya han adelantado que no están dispuestos a perdonar la deuda que había contraído con ellos Sadam Hussein.
 
El inefable Kofi Annan, mientras tanto, ha llamado a “la reconciliación internacional” en Ginebra. También ha expresado su descontento con la medida el matrimonio de corresponsales que TVE tiene en Washington pasando un año sabático a costa de los contribuyentes españoles.
 
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