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ENTREVISTA

Mark Steyn: "Si no se hace algo, España desaparecerá por falta de españoles"

Aunque en forma y fondo parezca británico, es canadiense. Bebe café expreso al uso italiano pero vive en y escribe desde los Estados Unidos. Mark Steyn es una suerte de gentleman que se luce como pocos cuando da en ponerse el traje de enfant terrible pero perfectamente capaz de disentir sin perder una micra de brillo con las solas fuerzas de la elegancia y el refinamiento. Se pasó la semana pasada por aquí, para dar una charla en el Campus FAES; y nosotros, que le teníamos ganas, no en vano es de la Casa, aprovechamos la ocasión para entrevistarlo.

– ¿Sabe, señor Steyn? He estado leyendo sobre usted. Y dígame, ¿cómo puede un disc-jockey canadiense convertirse en un formador de opinión de alcance mundial?
– Ésa es una larga historia. Efectivamente, yo era disc-jockey, me gustaba la música. No había yihad, no había guerra, no había amenazas para la civilización occidental. Yo era feliz sentándome en la radio y pinchando a Peggy Lee a las tres de la mañana. Entonces me despidieron. Si te despiden y no tienes habilidades especiales; en otras palabras, si no eres neurocirujano o abogado, la única cosa que puedes hacer que no requiere habilidades especiales es escribir. Por eso empecé a escribir, y eso es lo que hago ahora.
 
No creo que lo haga especialmente bien, pero hay algo a lo que sí que me dedico con cierta fortuna. Es muy fácil, en casi todos los periódicos, escribir sobre cualquier cosa, siempre que no sea del islam en Europa. Si empiezas a escribir sobre esto, te insultan por correo casi inmediatamente, y de ahí pasan a las amenazas de muerte; y de ahí pasas a vivir escondido. Hay gente que prefiere escribir sobre otros asuntos, como, por ejemplo, los programas sociales europeos o el nacionalismo escocés, o sobre la seguridad social en los Estados Unidos. Actualmente no hay muchos columnistas que escriban sobre la debilidad de Occidente ante el islam; si los hubiera, probablemente me dedicaría a otra cosa.
 
– Empezó su carrera como crítico de teatro. ¿Cómo se transformó en analista internacional?
– Siempre estuve interesado en asuntos internacionales, y me encanta el teatro. La realidad es que a la gente del teatro no le gusta la política, ni los temas de actualidad. Si vas a una fiesta con directores de teatro, guionistas y gente de ese negocio, te darás cuenta de que, aunque ellos piensan que están muy comprometidos con lo que pasa en el mundo, lo cierto es que no es así. Es gente bienintencionada, pero no tiene grandes ideas; o tiene las propias de un chaval de 15 años. Hay alguna excepción, como Martin Amis, el novelista británico, que realmente ha pensado en lo que el islam significa para la sociedad europea y ha entendido mucho mejor que el resto de la izquierda británica que supone una amenaza real. Amis es una excepción muy poco frecuente. Rushdie también lo es, pero por razones totalmente diferentes.
 
– Entre los Gobiernos típicamente europeos figura el de mi país, el de Zapatero…
– Efectivamente. Felicidades… (con toda la sorna).
 
Zapatero.– ¿Qué piensa de Zapatero y su Gobierno?
– Las circunstancias de su elección fueron trágicas para España. Una de las cosas que nos dijeron tras la guerra de Irak fue que todos los líderes que la habían apoyado iban a pasarlo muy mal. El hecho, sin embargo, es que todos fueron reelegidos, y no sólo Bush: Blair lo fue, y el australiano Howard también. Y curiosamente los que se opusieron a ella perdieron las elecciones: Gerhard Schröder, Jacques Chirac, Jean Chrétien en Canadá. Es decir, que los que apoyaron la guerra sobreviven y los que se opusieron se han ido. La única excepción fue la de Aznar en España. Y eso fue una tragedia para España.
 
Zapatero es lo que yo llamo el clásico político del 10 de Septiembre, un hombre que no se ha dado cuenta que el 11-S no fue algo aislado. En aquellos días que separaron las explosiones en los trenes de las elecciones mucha gente cambió, se inclinó por lo que pensaban iba a ser una vida más tranquila. Zapatero es el típico político europeo que dijo a la gente que podía disfrutar de esa vida tranquila, de un momento dorado, de una utopía social progresista sin final aparente. Y eso no es cierto. La visión particular que tienen los gobiernos de Europa continental es que lo que pasó el 11-S fue triste, pero no un asunto europeo.
 
– Uno de sus temas recurrentes es la decadencia de Europa. Dos preguntas en una. ¿Es esa decadencia real?; y, de serlo, ¿por qué?
– Hay historias de éxito en Europa. Después de la guerra y hasta los años 70, el Mercado Común fue una historia de éxito. España es un ejemplo de ese éxito europeo. Se ha desarrollado espectacularmente en un periodo de tiempo muy corto. Pero si miramos con detenimiento el modelo, veremos que la prosperidad europea ha sido protagonizada por el empuje de Francia y Alemania. Actualmente, Alemania no es un motor, está en plena decadencia económica, al igual que Francia.
 
Ninguno de los dos países aprovechó el boom de la era de Reagan y Thatcher, y siguen viviendo de los días gloriosos de los años 70. No hay más que ver sus tasas de desempleo o el éxodo de gente joven, que se da con especial crudeza en Francia. Londres, de hecho, se ha convertido en la octava ciudad francoparlante del mundo. Los Ángeles está llena de franceses jóvenes que huyen del reguladísimo y sobreprotegido sistema francés.
 
Le voy a poner un ejemplo. Yo resido en New Hampshire, que es un estado con un Gobierno muy pequeño, sin programas sociales. Así, si la economía entra en recesión, no es un gran problema, porque el Estado no tendrá que hacer frente a onerosas pensiones o a servicios sociales. Es justo lo contrario que en Europa, donde podría llegarse a un colapso social en el caso de una crisis económica severa.
 
¿Y qué han hecho los europeos para solucionarlo? Pues, básicamente, han dejado de tener hijos. España, de hecho, ronda una tasa de fertilidad de 1,2 hijos por mujer, y esto no es un buen final. Si no se hace algo, en el futuro España desaparecerá por falta de españoles. Y esto ya se ha visto en otras partes de Europa: Malmö ya no es Suecia, ciertas partes de Ámsterdam han dejado de ser Holanda…
 
– De vuelta a América, una pregunta espinosa: ¿podrá seguir acogiendo Estados Unidos tal cantidad de emigrantes, como ha hecho hasta ahora?
– La frontera entre los Estados Unidos y México es, esencialmente, la frontera entre el Primer y el Tercer Mundo, por lo que lo normal es que la gente vaya del Sur al Norte en busca de oportunidades. La única solución definitiva para frenar esto –a no ser, claro, que se quiera que toda la población de México se establezca en los Estado Unidos– es favorecer y promover el enriquecimiento de México. Actualmente, Latinoamérica exporta sus problemas a los Estados Unidos, por lo que lo mejor será resolver esos problemas sobre el terreno, es decir, en Latinoamérica.
 
– En Estados Unidos conviven muchas nacionalidades, pero sólo dos culturas. ¿Cree que en cincuenta, sesenta o cien años Estados Unidos será una sociedad bicultural, con dos lenguas y dos comunidades, una latina y otra anglosajona?
– Creo que sería una tragedia para los Estados Unidos. He vivido en sociedades bilingües, como la canadiense, y el bilingüismo es muy desestabilizador. El biculturalismo es también muy inestable. Quebec es un ejemplo.
 
Bush llegó al poder como el presidente más prolatino de la historia. Creció con mexicanos, le encanta todo lo mexicano; incluso llegó a tener una gran relación con Vicente Fox, el anterior presidente de México. Pero luego, a la hora de la verdad, Fox tiró por su lado y no quiso enviar tropas ni a Afganistán ni a Irak. Y pueden verse cosas peores, como en algún partido de fútbol en México DF, donde se han visto pancartas de "¡Viva Osama!" mientras jugaba la selección americana. Quieren acuerdos económicos, pero no cambiar su mentalidad.
 
En definitiva, la emigración sin integración es un desastre seguro.
 
– La última, a bocajarro, señor Steyn: el mundo del mañana, ¿será un lugar mejor o peor para mi hijo de dos años?
– Tengo tres hijos por debajo de los diez, y he pensado también sobre este asunto. Ellos no disfrutarán del mismo tipo de vida que nosotros hemos tenido. No obstante, soy optimista, y estoy seguro de que nuestros hijos podrán vivir en sociedades avanzadas, prósperas y libres que les permitan desarrollar su potencial. Pero para ello habremos de ser nosotros los que defendamos los valores de nuestra civilización occidental.

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