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A PROPÓSITO DE 'LAS RAZONES...' DE CÉSAR VIDAL

Ninguna sociedad se explica con ceros y unos

Llevamos meses leyendo una serie de artículos de César Vidal, bajo el título Las razones de una diferencia, que constituye un notable empeño por explicar los males de España asignándoles una única causa: la preponderancia de la religión católica.  

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En esos artículos Vidal sostiene que España rinde peor que otros países occidentales en multitud de ámbitos, y lo explica en último término por las virtudes de la Reforma y las carencias de la Contrarreforma. Sigue así el camino abierto por Max Weber, pero se adentra en cuestiones que el alemán no incluyó en su famoso ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

El problema de la tesis de Weber, por más atractiva que intelectualmente pueda resultar, es que no se corresponde con la realidad. El capitalismo no nació en la protestante Gran Bretaña, sino en las muy católicas ciudades-estado italianas. Sus bases teóricas no se encuentran en los trabajos de Adam Smith y demás pensadores anglosajones, sino en los de los autores de la muy católica y española Escuela de Salamanca. Por otra parte, tras examinar el desempeño económico durante varios siglos de 276 ciudades protestantes y católicas alemanas, el economista Davide Cantoni no encontró diferencia apreciable alguna.

Con lo que llevamos dicho, resulta ya evidente que, a la hora de establecer comparaciones entre sociedades, existen otros factores de mayor influencia –al menos en el terreno económico– que el credo mayoritario en ellas. De hecho, España no mostró mal rendimiento hasta el siglo XIX, con su interminable sucesión de guerras civiles y turbulencias políticas, que nos lastraron mientras otros países, que vivieron tiempos más pacíficos, prosperaron.

Negar que las diferencias entre las distintas confesiones cristianas permitan explicarlo todo no significa creer que no tengan la menor importancia. La cultura es crucial para explicar el mejor o peor desempeño de una sociedad, siempre que con cultura no aludamos tanto a las obras de Mozart y Cervantes como a eso que los economistas llaman a veces "capital humano", y en lo que tienen cabida las habilidades técnicas, la capacidad de ahorro o, efectivamente, las actitudes frente al trabajo, la violencia, el riesgo, la educación y la empresarialidad. Hay quien reduce las diferencias a la religión, sí, o, como el célebre Jared Diamond, a la geografía. Ambas circunstancias tienen su peso, sin duda, y de tontos sería creer lo contrario, pero están lejos de constituir una explicación omnicomprensiva.

Casi cualquier hipótesis que queramos mantener puede presentar en su favor anécdotas o datos sesgados. El problema es que también habrá siempre anécdotas o datos sesgados que jueguen en su contra. Un ejemplo. No cabe duda de que, por regla general, los políticos estadounidenses dimiten más y se toman más en serio sus responsabilidades que los españoles; pero si nos pusiéramos a enumerar no sólo casos aislados sino ambientes políticos norteamericanos completamente corruptos –como el de Illinois, en el que se formó el actual presidente Obama–, los ejemplos que podríamos aducir serían muy numerosos. Si posteriormente los comparáramos con sólo dos o tres casos españoles escogidos al azar, sacaríamos fácilmente la conclusión de que los yanquis son infinitamente más corruptos que los españoles. Por eso los científicos sociales llevan tanto tiempo desarrollando, con éxito discutible, metodologías que permitan separar las opiniones personales de los hechos.

Para dar por demostrada una tesis no sólo deben aportarse datos que la apoyen, también otros que, al menos en apariencia, la contradigan, con vistas a refutarlos o interpretarlos de algún modo que permita sobrevivir a aquélla. No hace falta ser un experto en religión comparada para comprender que, a la hora de tratar de demostrar que el protestantismo, a diferencia del catolicismo, considera el trabajo agradable a Dios, habría que aludir a lo que tienen que decir al respecto personajes tan caros al catolicismo como Santo Tomás de Aquino o Santa Teresa de Jesús. O José María Escrivá de Balaguer.

Tampoco parece justo condenar a las naciones católicas por no respetar la división de poderes, cuando fue precisamente en ellas donde primero se registró una separación –todo lo imperfecta que se quiera– entre las esferas civil y religiosa, separación que fue destruida en buena parte por la Reforma protestante allí donde triunfó. Cuando Vidal afirma que la Reforma supuso un gran avance financiero no sólo no aporta datos que respalden tal posición, sino que deja de lado el hecho de que la banca moderna nació, como tantas otras cosas, en las bien católicas repúblicas italianas; y que si examináramos el tamaño de nuestro sector financiero y su proyección internacional en la actualidad no saldríamos precisamente mal parados en una hipotética comparación con naciones de mayoría protestante.

Del mismo modo, siendo muy admirables los trabajos del protestante John Locke, al que se podría considerar con justicia uno de los padres del liberalismo, ha de consignarse que en su tratado en favor de la tolerancia religiosa hacía una notable excepción: la religión "papista". Tampoco la teocracia ginebrina de Calvino –cuyas prohibiciones en muchos casos recuerdan a las de los talibanes– puede considerarse un ejemplo de tolerancia ni de Estado de Derecho: vivimos en una país en cuyas escuelas se solía mencionar, al menos en mis tiempos, la triste historia de Miguel Servet, ejecutado en Ginebra, y no en España, por interpretar la Biblia de forma distinta a la del tolerante reformador francés.

Así se podría seguir casi tan prolijamente como don César; bueno, igual no, porque en capacidad de escritura sólo Asimov podría igualársele. Pero tampoco creo que haga falta para concluir que ninguno de los males que denuncia es exclusivo de España ni de los países católicos en su conjunto. Por cierto: conviene no olvidar que las virtudes y los defectos que señala Vidal no están uniformemente repartidos en el seno de las sociedades: en Estados Unidos, los asiáticos muestran un desempeño económico mejor que los blancos anglosajones y protestantes, y difícilmente pueda explicarse este hecho aludiendo a la Reforma y a la Contrarreforma.

Cuando se aborda la formidable tarea de intentar explicar (y comparar) las sociedades, conviene huir tanto del multiculturalismo, esa fe irracional en que las culturas tienen todas el mismo valor, como de la tentación de encontrar en algún aspecto cultural la piedra filosofal que todo lo explique, error en el que han caído muchos pensadores y numerosas ideologías. Por más aprecio que, por obvios motivos profesionales, tenga a los sistemas binarios, es un error asignar un valor de 1 a la religión protestante y de 0 a la católica; o al revés, ya que estamos. Las disputas teológicas no explican todos los procesos sociales.

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