Ideas
Noticias y opinión en la red
EXPOSICIONES

Picasso Minotauro

Pablo Jimenez

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acaba de inaugurar una exposición que, con el título de “Picasso y el minotauro” presenta un recorrido por uno de los temas más queridos del pintor malagueño. La exposición presenta 70 obras, la mayoría de las cuales son grabados, aunque también hay alguna pintura e incluso una cerámica y un tapiz.

Publicidad
La exposición podrá verse hasta el 15 de enero del año próximo y coincide en el tiempo con la de Segovia de Picasso en las colecciones españolas al tiempo que anticipa otra importante exposición en el Reina Sofía el próximo verano.

El que justo cuando está a punto de acabarse el siglo sean tan numerosas las exposiciones, los cursos y las monografías que se publican sobre Picasso no parece que pueda ser casual. Bien es cierto que siendo tan rica y tan variada toda su trayectoria la crítica picassiana parece haberse pasado el tiempo encontrando nuevas perspectivas y nuevos períodos que ofrecían nuevas visiones del que sin duda es el artista más complejo y más enigmático del siglo, también el más genial.

El tema del minotauro es especialmente recurrente en unos años de la trayectoria picassiana, sobre todo en los años 30, aunque volverá a aparecer más esporádicamente en los años 50. La importancia del asunto queda clara con unas palabras del propio Picasso ya octogenario que de pronto dice: “Si se señalara en un mapa todos los itinerarios que he recorrido, y si se los uniera por una línea, quizás apareciera un minotauro”.

¿Qué Minotauro es pues éste que tan bien se identifica con el pintor? No parece casual que el minotauro, esa especie de bestia con cuerpo humano aparezca justo en los años 30 en la obra picassiana mezclándose en las escenas de orgías, como un animal poderoso y bello, seductor y amado. Esta irrupción aparece en la vida de Picasso en un momento de grandes sufrimientos y enormes angustias. Su matrimonio con Olga Koklova era ya un fracaso.

Y ello tiene una especial importancia. A ese matrimonio que se había convertido en algo tan doloroso debemos dos cosas fundamentales para nuestra historia del siglo XX: el que Picasso, pintor bohemio y marginal fuera aceptado por los círculos de la buena sociedad internacional y que, como consecuencia a una serie de concesiones estéticas a su joven esposa y sus amigos, Picasso terminara llevando la revolución de las vanguardias a los decorados teatrales, consiguiendo con ello que la burguesía aceptara los principios y los modos de los nuevos lenguajes artísticos. Es decir, dando carta de naturaleza al arte de vanguardia que siempre había conservado un aspecto bastante canalla, desesperado y gamberro.

En la sociedad moderna, los artistas se habían quedado sin público: la aristocracia y la iglesia habían sido despreciados por ellos mismos y la burguesía nunca les había entendido en sus propuestas tan revolucionarias. La gran crisis de los artistas del XIX es, precisamente, su desencuentro con el público. Ello les lleva a radicalizar sus posturas y a terminar en los arrabales más explosivos y desesperados de las modernas ciudades. Lo que hoy consideramos como la generación heroica del arte moderno, los van gogh, gauguin..., se compone fundamentalmente de individuos generalmente alcoholizados que terminaron sus días en clínicas de salud, manicomios, o suicidados.

Pues bien, Picasso es el artista que mejor marca, justamente en su matrimonio con la Koklova, la vuelta al redil de la respetabilidad y una nueva visión del artista no ya como demente peligroso y hambriento sino como prototipo de héroe del mundo nuevo.

Todo ello no podía hacerse sin dolor y quebrantos y para escapar de la Koklova y su mundo de marquesas, Picasso se enamora y se convierte en el amante secreto de una menor: Marie Thérèse Walter. No sólo es infiel sino que lo es con lo prohibido, dejándose llevar por una pasión bestial: la del Minotauro. Picasso que vive esta relación con angustia y culpabilidad, siente de alguna manera liberado su instinto más bestial, encontrando una manera de vengarse de ese mundo de convenciones y etiqueta en el que se había instalado.

Ello supone, estéticamente, también un extraño reencuentro con el clasicismo. Es la llamada vuelta al orden, el abandono de propuestas más radicales como el cubismo en pos de una vuelta a figuras sencillas inspiradas en el mundo clásico. Pero es que Picasso ha descubierto que precisamente en el mundo clásico es donde mejor se encuentra el lugar para las perversiones. Donde mejor se justifican las locas pasiones y los amores arbitrarios. Sobre todo si ello se hace frente a un lenguaje como el cubismo que por hacerse perdonar la eliminación de la perspectiva se limitó a pintar bodegones, asunto clásico e insulso donde los haya.

El minotauro es así la fuerza desenfrenada. Los instintos y los deseos liberados de toda convención. Pero es una página de la obra picassiana llena de ternura como se ve en la larga serie de dibujos y granados de “El Minotauro ciego conducido por una niña” (¿Marie Thérèse Walter?) o el grabado en el que el minotauro contempla a una mujer dormida del que el propio Picasso comenta: “La está estudiando, intentando leer sus pensamientos, tratando de averiguar si ella le ama “porque” es un monstruo(...). Es difícil afirmar si quiere despertarla o matarla”.

Lo más popular