Menú
TERRORISMO

Política y psicología

Para combatir eficazmente el terrorismo hay que comenzar por entenderlo. El asunto tiene aspectos políticos y psicológicos. Para empezar, el terrorismo es un método, un medio, no un fin en sí mismo; no es, propiamente hablando, un tipo de guerra sino una táctica en la guerra. En general, el terrorismo es empleado por los que son, en términos relativos, débiles militarmente, contra adversarios más poderosos en cuanto a capacidad bélica se refiere. No obstante, el terrorista siempre apuesta a que él, a la larga, será más poderoso psicológicamente.

0
Puede existir “terrorismo de Estado”, pero se trata de una práctica que, con frecuencia, favorece a los terroristas que actúan contra las estructuras formales del Estado. Ello es así porque existe una profunda asimetría entre un movimiento terrorista y un Estado que autorice prácticas “terroristas”: los primeros están usualmente dispuestos a todo; en cambio, el Estado, en particular si estamos hablando de un estado democrático y liberal, tiene que proteger unos principios, a riesgo de comprometer su “alma”. Por muchos años, ese ha sido un dilema para los británicos en Irlanda del Norte.

El terrorista busca perdurar, y su guerra es prolongada; su virtud es la perseverancia, y su fuerza la paciencia. Los Estados que se ven acosados por el terrorismo tienden, en cambio, a ser impacientes, a reaccionar con una fuerza tal que, en el fondo, nutre las fuentes de que se alimenta el terrorismo; es decir, el fanatismo, el compromiso irrevocable con una causa. Si ese fanatismo incluye la voluntad de perder la vida, las cosas se complican extraordinariamente para el Estado que sufre sus efectos.

Clausewitz, en su gran obra sobre la guerra, insiste sobre la importancia de definir claramente los objetivos de la guerra, y maneja dos conceptos de gran utilidad para el análisis de la psicología del terrorismo. Se trata de las nociones de “punto culminante de la victoria” y de “centro de gravedad del enemigo”. El terrorista no busca la derrota militar del adversario; su propósito es otro: desgastarlo psicológicamente, exasperarlo, llevarle a actuar de modo tal que perjudique sus propios intereses. El terrorista, en pocas palabras, quiere que su enemigo pierda la paciencia, se salga de sus cabales, y en el camino, de ser posible, destruya sus instituciones y enlode sus principios. Ese es el primer paso en su camino hacia la “victoria”.

Pero el terrorista debe tener cuidado y medir con acierto el “punto culminante de la victoria”. Este no es otro que aquel “punto” (en sentido metafórico) más allá del cual los triunfos empiezan a hacerse muy costosos, y ponen en riesgo todo lo hasta entonces logrado: Napoleón al invadir Rusia en 1812 y Hitler al imitarle en 1941, son ejemplos ilustrativos de esta idea clausewitziana. Los terroristas argelinos estuvieron cercanos a atravesar ese “punto”, antes del retorno de De Gaulle al poder. Para el Estado que combate el terrorismo se hace muy difícil definir la victoria y medir su “punto culminante”. A veces, la tarea es imposible.

Algo similar ocurre en cuanto se refiere al “centro de gravedad del enemigo”. Este concepto toca aquel “punto” cuya dislocación es capaz de producir la derrota del adversario. Puede tratarse de un “punto” geográfico (Moscú, según creyeron franceses y alemanes sobre Rusia), militar, político, económico o psicológico. No resulta para nada fácil determinar cuál es el “centro de gravedad” del enemigo; para hacerlo, hay que conocerle muy bien a él, “ponerse en sus zapatos”, “meterse en su alma”, estudiarle, y hasta hurgar en los confines de sus más recónditos resortes espirituales, a objeto de captar sus motivaciones y analizar sus reacciones. Suena fácil, pero realmente no lo es.

El terrorista exitoso conoce el centro de gravedad de su adversario, o al menos lo intuye. En tal sentido, me atrevo a pensar que el “centro de gravedad” de un Estado como Israel es su condición y su imagen democráticas. La campaña terrorista en su contra se dirige a convertir a sus ciudadanos en rehenes psicológicos, a radicalizarles y colocarles “contra la pared”. Un F-16 es capaz de causar enorme destrucción. ¡Mejor!, dirá el terrorista que contempla a los miles de jóvenes palestinos dispuestos a la venganza, a hacerse estallar en medio del martirio.

Es tremendamente difícil combatir con éxito el terrorismo, pero de ningún modo imposible. Lo esencial es tener paciencia. En términos concretos, la inteligencia (información) sobre el adversario, y las acciones preventivas son mucho más importantes que las reacciones posteriores a los actos ya consumados de terrorismo. No hay fórmulas mágicas en la materia. En verdad, el único camino con perspectivas frente a esta amenaza es el de imitar en una cosa al terrorista: en su perseverancia.

© AIPE

Aníbal Romero es profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar
0
comentarios

Servicios