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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Por qué fracasó el Tupolev 144?

Corría el 3 de junio de 1973 y los soviéticos se encontraban exultantes. Su último aparato, el TU-144, debía alzarse orgullosamente sobre los cielos parisinos dejando de manifiesto que la tecnología socialista era muy superior a la de cualquier nación capitalista. Sin embargo, contra lo que se esperaba, el avión estalló en el aire y el esperado triunfo se convirtió en cruento desastre pero ¿por qué fracasó el Tupolev-144?

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Desde el mismo momento de su llegada al poder, los bolcheviques insistieron en dejar de manifiesto que sus avances en el terreno de la tecnología superarían muy pronto los obtenidos por los países capitalistas. Así debía ser —se razonaba— porque los obreros no trabajarían en la Unión soviética en régimen de explotación sino en beneficio propio. La realidad no tardó en dejar de manifiesto la falsedad de estas afirmaciones.

De hecho, las autoridades bolcheviques sometieron muy pronto a terribles purgas a científicos e ingenieros a los que consideraban no pocas veces enemigos de clase o personajes de fidelidad dudosa. Semejantes medidas asentaron el régimen ya que mostraban, como otras, su necesidad de recurrir al terror pero tuvieron un coste tecnológico incalculable. La distancia —creciente— entre oriente y occidente intentó entonces salvarse mediante el recurso al espionaje. A partir de los años veinte, los agentes de la Cheká, del NKVD, de la OGPU o del KGB copiaron todo. Así, por ejemplo, los proyectores que distraían con sus películas las aburridas noches de los pueblos siberianos eran una copia de un aparato alemán similar aunque mucho mejor y los automóviles y tractores intentaban reproducir modelos ingleses o norteamericanos.

Posiblemente, el mayor éxito obtenido por el espionaje soviético fue el del robo de los planos de la bomba atómica que antiguos miembros de las Brigadas internacionales combatientes en España arrebataron a Estados Unidos. Sin embargo, el triunfo no siempre quedó del lado más siniestro del Telón de acero. Uno de esos casos fue el del TU-144. El Tupolev debía su nombre a Andrei Tupolev, un ingeniero aeronáutico que desde 1922 había trabajado a las órdenes de los soviéticos. En 1968, él y su hijo Alexei decidieron crear un aparato que fuera la réplica del Concorde europeo. De hecho, el 31 de diciembre de 1968 ambos lograron que se elevara por los aires el mencionado aparato que recibió el nombre de TU-144 Konkordsky.

Ocho días después el aparato realizaba un segundo vuelo de cincuenta minutos de duración. Con una envergadura de ala de 24,7 metros y 150 toneladas de peso, el Konkordsky llegó en mayo de 1970 a conseguir una velocidad de 2.150 kilómetros por hora. Un verdadero récord. Lo que no sabía casi nadie era que el aparato no pasaba de ser una burda copia del Concorde cuyos planos habían sido robados al gobierno francés por agentes del KGB. El SDECE francés no tardó en reparar en el robo —el Konkordsky se parecía demasiado al Concorde para no darse cuenta— pero decidió que sería mejor guardar silencio. Los espías al servicio de la URSS no se habían apoderado de los planos definitivos del aparato —los séptimos— sino de los segundos en los que el avión padecía aún graves fallos de funcionamiento.

Con este dato en su poder, los servicios secretos franceses decidieron esperar a su venganza que, como todo el mundo sabe, es un plato que se consume mejor frío. Cuando el 3 de junio de 1973 el TU-144 realizaba un vuelo de exhibición en la región parisina de Gusainville, los franceses se aseguraron de que uno de sus funcionarios se encontrara cerca del embajador soviético en Francia. Fingiendo asombro por la capacidad del avión, el francés fue pidiendo del soviético que el aparato demostrara cabalmente sus logros realizando movimientos concretos. Pletórico de entusiasmo, el embajador soviético transmitió por radio al piloto del TU-144 las evoluciones que se esperaban de él. Durante unos minutos todo pareció ir en orden para la mayor gloria de la tecnología comunista. Entonces, de manera inesperada, el avión explotó en pleno vuelo ocasionando la muerte de doce personas.

El TU-144 había cometido un error ya conjurado en los séptimos planos pero aún presente en los segundos, los que había robado el KGB. Ahora el SDECE había logrado burlar a su peligroso enemigo en la lucha oscura de los servicios de inteligencia. Alexei Andreievich Tupolev, cuyo padre había fallecido el año anterior, tuvo que soportar la avalancha de críticas que cayeron sobre él por el estallido del avión. No respondió con su cabeza porque las autoridades soviéticas sabían de sobra el origen de aquel accidente y no podían achacárselo a él. Hasta el 26 de diciembre de 1975 el TU-144 no volvería a realizar un vuelo supersónico y esta vez sería en el interior de la URSS entre Moscú y Almá-Atá en Kazajistán. El KGB no estaba dispuesto a llevarse otro susto que minara la confianza de los obreros de todo el mundo en la eficacia tecnológica soviética, una eficacia que tuvo su mejor soporte en la labor de sus servicios de espionaje.
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