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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Por qué fracasó la conspiracion para matar a Hitler?

El desembarco en Normandía a inicios de junio de 1944 y el avance incontenible de los ejércitos soviéticos convencieron a miles de alemanes de que el final de la guerra no podía estar lejos y de que, por añadidura, resultaría fatal para el III Reich. Si se llegaba a una paz con los Aliados occidentales, millones de personas salvarían la vida y Alemania se vería libre de la invasión soviética. Adolf Hitler constituía el principal obstáculo para llegar a esa paz. Desenterrando viejas teorías de la cristiandad medieval sobre el derecho de tiranicidio, un grupo de alemanes decidió acabar con su vida y abrir el camino hacia el final de la guerra. El atentado se produjo el 20 de julio pero fracasó… ¿porqué?

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Contra lo que se ha afirmado en numerosas ocasiones, la llegada de Hitler al poder no fue acogida con satisfacción por las fuerzas armadas. Prácticamente desde el principio se fraguaron conspiraciones en el seno del ejército que pretendían derrocar al Führer y acabar con la influencia del nazismo. El inicio de la Segunda guerra mundial y, muy especialmente, las fulgurantes victorias alemanas redujeron esa oposición pero no acabaron con ella completamente. De hecho, a partir de la derrota de Stalingrado en enero de 1943, fue ganando adeptos la postura que abogaba por el asesinato de Hitler y la conclusión de la guerra.

En marzo de 1943, un pequeño núcleo en el que figuraba el general Henning von Tresckow colocó una bomba en el avión de Hitler pero el artefacto no llegó a explotar. La corriente conspiratoria experimentó un auge inusitado a partir del verano del año siguiente. El desembarco anglo-americano en Normandía dejó de manifiesto que la denominada Fortaleza Europa no era invulnerable y que en un espacio de tiempo necesariamente breve el III Reich se colapsaría. Resultaba por ello indispensable derrocar a Hitler e iniciar conversaciones de paz con los Aliados occidentales que, entre otros aspectos, garantizaran que Alemania no sería invadida por la URSS. El nuevo intento de atentado —que recibió el nombre de Operación Walkyria— corrió a cargo de un aristócrata católico llamado Claus von Stauffenberg. Héroe y mutilado de guerra, Stauffenberg tenía acceso a las conferencias militares de Hitler. Además no estaba solo. En la conspiración participaban miembros de la Resistencia antinazi como Gisevius, militares como el general Friedrich Olbricht, jefe de Estado Mayor del general Friedrich Fromm, y el mariscal Rommel, e incluso personajes tan peculiares como Dietrich Bonhoeffer, uno de los teólogos más importantes de este siglo, que defendía que el régimen de Hitler era una manifestación del espíritu del Anticristo.

El plan preveía no sólo la muerte del Führer sino también la del jefe supremo de las SS, Heinrich Himmler, y la del mariscal Goering, que era el sucesor de Hitler en la cadena del poder. Pronto quedó de manifiesto que el proyecto de matar a los tres jerarcas a la vez era irrealizable y los conspiradores decidieron centrarse en acabar con la vida de Hitler que era, indudablemente, el enemigo principal. Como puede suponerse, la noticia del atentado debía ir seguida de una movilización de fuerzas que impidiera a los jerarcas nazis mantener el poder en sus manos. Finalmente, el 20 de julio de 1944 Stauffenberg logró introducir un artefacto explosivo en una de las salas de conferencias del cuartel general del Führer, la denominada Guarida del lobo, en Rastenburg, Prusia Oriental. La bomba, oculta en un maletín de mano colocado bajo una mesa con mapas, tenía la potencia suficiente como para haber acabado con la vida del Führer que se hallaba presente en la dependencia. Sin embargo, como en otras ocasiones anteriores de su vida, la suerte salvó del desastre al dictador.

De manera casual, uno de los presentes movió el maletín después de que Stauffenberg se ausentara de la habitación. La explosión se produjo y destrozó el uniforme de Hitler afectándole en el oído y ocasionándole algunos cortes pero a eso se redujo todo. De manera bastante generalizada —y errónea— se ha atribuido el fracaso de la conspiración al hecho de que Hitler salvara la vida. La realidad, sin embargo, fue más compleja. Lo cierto es que la pronta noticia de que Hitler seguía vivo radiada inmediatamente por Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Reich, paralizó cualquier posible adhesión en favor de los conjurados y, por el contrario, alentó en torno a Hitler no sólo a los partidarios sino también a los indecisos. Un ejemplo de esta actitud fue el de un oficial desconocido llamado Otto Remer. Inicialmente, Remer había pensado en sumarse al complot pero al tener noticias de que seguía vivo Hitler se unió a la represión de los conspiradores. Aquel acto marcó su vida posterior. Durante los últimos meses de la guerra experimentó ascenso tras ascenso y al terminar el conflicto pasó a convertirse en uno de los personajes clave de las redes neo-nazis de posguerra.

Perseguido por la justicia al estar relacionado con el delito de negación del genocidio, vino a refugiarse a España donde lo localizaría un equipo de Antena-3 TV. Finalmente, encontraría la muerte en un país que por aquella época era santuario habitual de neo-nazis negadores del Holocausto. El caso de Remer no fue —ni mucho menos— excepcional. De hecho, si el golpe fracasó no se debió a que Hitler no muriera sino a que los conspiradores no supieron aprovechar las primeras horas posteriores al atentado y, posteriormente, quedaron paralizados en sus reacciones al saber que el Führer todavía vivía. A esta circunstancia, se sumaron otros dos aspectos decisivos. El primero fue la rápida movilización de los nazis que, conscientes de que se jugaban la vida, procedieron a asegurar todos los centros de poder. El segundo, que, contra lo que sería políticamente correcto pensar, Hitler no se enfrentaba con una fuerza de oposición de arraigo popular. A diferencia de lo sucedido en la RDA o la URSS en 1991 o en Italia en 1943, la gente no se lanzó a la calle de manera significativa para saludar la caída de la dictadura. La represión ulterior desencadenada por Hitler fue escalofriante.

Stauffenberg, su ayudante Wener von Häften, Beck, Olbricht, su jefe de Estado Mayor, el coronel Albrecht, y Ritter Mertz von Quernheim, fueron ejecutados esa misma tarde. Von Beck se suicidó y lo mismo hizo Von Tresckow en el frente oriental. Durante los siguientes meses fueron ejecutadas unas doscientas personas relacionadas con aquellos hechos, incluido el almirante Wilhelm Canaris, antiguo jefe de la Abwehr, a cuya viuda acogió Franco otorgándole una pensión. En la práctica totalidad de los casos, los detenidos fueron sometidos a tortura y a un simulacro de juicio por un Tribunal popular. En algunas ocasiones además la muerte fue en la horca y con cuerdas de violín para prolongar la agonía. El Führer dio orden de que se filmaran las ejecuciones y se las hizo proyectar para disfrutar con los últimos estertores de sus enemigos. Sólo se libró de este horrible final el mariscal Rommel. Hitler conocía su grado de popularidad y prefirió ofrecerle la posibilidad —que Rommel aceptó— de suicidarse conservando su familia todos sus derechos.

La suma de indecisión de los conspiradores, de resolución de los nazis y de falta de oposición a Hitler había cuajado en apenas unas horas en el fracaso de la urdimbre golpista lo que tuvo fatales consecuencias. La guerra —y el aparato nazi de exterminio— se prolongó todavía un año y Alemania se vio sometida a los peores bombardeos de su historia, para sufrir la invasión soviética y su división en cuatro zonas de influencia que luego se redujeron a dos. Al salvar Hitler la vida, la perdieron millones de seres humanos.
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