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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Por qué los aliados no pudieron apoderarse de la flota del kaiser?

Al concluir la Primera guerra mundial, las potencias vencedoras se dispusieron a asumir el control de los restos de la riqueza alemana incluido su material de guerra. Capítulo de especial importancia en el cumplimiento de estos objetivos lo representaba la marina del kaiser. Su control no sólo tenía resonancias económicas y militares sino también morales ya que la flota de guerra había estado a punto de ganar el conflicto para Alemania. Sin embargo, a pesar de su importancia, los aliados nunca llegarían a apoderarse de aquellos navíos…

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La primera guerra mundial provocó con su estallido enfervorizadas corrientes de patriotismo en toda Europa. Incluso los partidos socialistas que siempre habían abogado por visiones pacifistas olvidaron la solidaridad proletaria y decidieron apoyar a sus respectivos gobiernos. Se esperaba un conflicto breve y victorioso pero la realidad se reveló mucho más amarga. A finales de 1914, las tropas alemanas quedaron detenidas en el Marne y de Calais a la frontera suiza el frente se convirtió en una línea ininterrumpida de trincheras. Las alambradas, las ametralladoras y, posteriormente, el uso de gases venenosos impidieron a los dos contendientes romper el frente. A finales de 1915, ambos bandos habían llegado a la conclusión de que ganaría la guerra el adversario que consiguiera agotar antes al otro. Esta convicción convirtió los sucesivos combates en auténticas carnicerías durante las que decenas de miles de hombres podían encontrar la muerte sólo para que se ganaran unas decenas de metros inútiles desde un punto de vista estratégico. La primera nación en quedar agotada en aquellos combates de desgaste fue Francia.

En 1916, tras la batalla de Verdún, Gran Bretaña tuvo que soportar el peso militar de la contienda en el campo aliado. Precisamente por ello, a partir de ese momento, la flota alemana se convirtió en un arma esencial para ganar la guerra. Aunque sus buques de superficie habían quedado embotellados en Jutlandia tras una batalla de resultado indeciso y a pesar de que numéricamente era muy inferior a la británica, la marina del kaiser contaba con los submarinos, un medio nuevo para intentar vencer en el conflicto. De esta manera, los mandos de la marina concibieron un plan para estrangular económicamente a Gran Bretaña mediante la imposición de un férreo bloqueo naval. Así, se esperaba que la isla fuera incapaz de ayudar a Francia, que el frente occidental acabara desmoronándose y que Alemania obtuviera la victoria.

Sin embargo, tanto el kaiser como el Alto Estado mayor alemán se mostraron reticentes a la hora de permitir que sus submarinos actuaran sin restricciones. Temían que una acción de ese tipo inclinara a los países neutrales en su contra y hasta finales de 1916 no sólo ralentizaron el programa de construcción de submarinos sino que además utilizaron un buen número de estos únicamente para labores de patrulla. Se trató de una decisión gravemente errónea. Finalmente, a partir de febrero de 1917 el kaiser autorizó una guerra sin restricciones a sus submarinos. A partir de entonces, y sólo en el plazo de seis meses, los británicos perdieron un número de toneladas en mercantes igual al de submarinos alemanes hundidos por ellos durante todo el año 1915.

Para la primavera de 1917, fundamentalmente gracias a la acción naval alemana, la situación de los aliados se había convertido en punto menos que insostenible. Ni siquiera la creación de los barcos Q y de otras unidades antisubmarinas logró neutralizar la amenaza submarina. Además Alemania comenzó a producir los denominados submarinos gigantes con unos resultados extraordinarios. El U-151, por ejemplo, durante un crucero de noventa días por el Atlántico recorrió casi once mil millas y hundió veintitrés embarcaciones. Pese a todo, la tardanza del kaiser en consentir el empleo del arma submarina sin límites impidió que alteraran el curso de una guerra. De hecho, Estados Unidos logró desembarcar dos millones de soldados en Francia sin que Alemania pudiera impedirlo.

Al fin y a la postre, una aplastante superioridad material permitió a los aliados perforar el frente occidental y el gobierno alemán solicitó el armisticio. La guerra concluyó de manera inmediata -y en buena medida inesperada- con la derrota germana. Para cuando ésta se produjo, los aliados habían necesitado novecientos destructores aliados, además de buques escolta y centenares de embarcaciones de distinto tipo para destruir ciento ochenta submarinos e incluso muchos de éstos debieron su final más al empleo de las minas que a la acción de la flota. Por su parte, los alemanes habían obtenido unos éxitos nada despreciables. Solamente sus submarinos habían hundido dieciocho millones de toneladas, lo que venía a equivaler a unos cinco mil navíos. Del terrible total, catorce millones de toneladas habían sido hundidos además a partir de febrero de 1917.

En otras palabras, si Estados Unidos hubiera tardado algo más en intervenir en la guerra o el arma submarina hubiera adquirido desde 1916 las dimensiones que deseaba el Almirantazgo alemán, Gran Bretaña se habría colapsado y, muy posiblemente, la primera guerra mundial habría tenido un final distinto. Estas circunstancias, conocidas de manera absoluta por la marina británica, explica que los Aliados intentaran impedir la reconstitución de la marina de guerra alemana y a exigir su entrega absoluta en las condiciones de capitulación impuestas en Versalles.

Sin embargo, a pesar de lo acordado en el tratado de paz, la flota alemana no estaba dispuesta a capitular y más cuando no se consideraba vencida en el campo de batalla. Sus mandos y sus marinos consideraban que no habían sido derrotados en combate y, por lo tanto, tomaron la decisión de que los buques no pasaran ahora a formar parte del botín aliado. El 21 de junio de 1919 los tripulantes de la armada alemana, anclada en las islas Órcadas, hundieron sus propios buques antes de entregárselos a los aliados. La acción resultó tan rápida y tan inesperada que los británicos no tuvieron siquiera tiempo ni posibilidad de actuar. Finalmente, de los setenta barcos, sólo uno quedó a flote. La marina alemana -imbatida- se había negado a rendirse. Había privado además a los aliados de uno de sus más preciados botines de guerra.
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