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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Por qué se sublevó Ufkir contra Hasán II?

Agosto de 1972. La calígine invade las calles y las casas. Un despacho oficial de la agencia oficial Maghreb Arab Press anuncia el suicidio del general Ufkir, el servidor más fiel de Hasán II, rey de Marruecos. Se rumorea oficiosamente que el militar no había podido sufrir la humillación de que el monarca sufriera un atentado que él no había sofocado con antelación. La verdad era, ciertamente, muy distinta.

El torturador acercó el cuchillo a la víctima y le realizó un corte en el lado izquierdo de la espalda. A continuación, extrajo de su bolsillo un pedazo de sal gema y lo colocó sobre la herida tapando todo con un esparadrapo. El método -quinto grado dentro del ritual de torturas de la cárcel de Dar-el-Mokri- obtuvo un éxito casi fulminante. Al cabo de unos instantes, Mumen Diuri, el torturado, destrozado por la sed y los tormentos previos, incapaz de segregar saliva, acabó confesando todo lo que le decía su verdugo. Ufkir, el torturador, se sintió satisfecho de los resultados. También su rey, Hasán II, que lo ascendió a general.

Parecía la consumación de una brillante carrera en las inmediaciones del monarca. Los antecedentes de Ufkir eran dignos de una novela de aventuras. Combatiente en Italia durante la segunda guerra mundial y, posteriormente, en Vietnam, a su regreso a Marruecos se había convertido en ayudante de campo del general Duval, comandante en jefe de las tropas de la colonia. De allí pasó al Alto Comisariado francés en Marruecos y a la colaboración con los servicios de inteligencia galos. Ufkir era inteligente y supo granjearse el afecto del nuevo amo, Mohamed V, cuando en 1956 Marruecos accedió a la independencia. El sultán era joven en esa fecha -47 años-, pero Ufkir captó de manera inmediata que el futuro bascularía en torno al príncipe Hasán que ansiaba controlar las fuerzas armadas.

Ufkir ayudó a Hasán a llevar a cabo la represión militar entre los nativos insumisos del Rif. Las historias que iban a relatarse acerca de esta colaboración resultarían escalofriantes. Por ejemplo, un día, un rifeño disparó contra Hasán. Falló y fue capturado por Ufkir. Éste lo decapitó con sus propias manos y entregó la cabeza como presente a Hasán. En otra ocasión, Ufkir hizo volar por los aires a un grupo de rifeños que se había rendido. Al final de una campaña en la que se utilizó el napalm para arrasar las aldeas rifeñas, Ufkir fue ascendido a coronel.

En 1961, con el fiel Ufkir ya al frente de la Seguridad del Estado, murió Mohamed V y subió al trono Hasán. El nuevo rey pretendía mantener el poder absoluto bajo una apariencia de monarquía constitucional. En las elecciones de 1963 -auténtico modelo de pucherazo electoral- el Istiqlal, el partido de Ben Barka, fue derrotado, pero el dirigente marroquí salió elegido en Rabat con casi el 90 por ciento de los votos. Ben Barka soñaba con escorar la nación hacia un socialismo sui generis pero respetaba la monarquía e incluso había influido para que el príncipe Hasán se convirtiera en heredero oficial. Sin embargo, su peso político llevó inmediatamente a Hasán y a Ufkir a preparar una conspiración contra él.

En ese mismo año de 1963 se multiplicaron las detenciones de seguidores de Ben Barka. Bajo horribles torturas se arrancaron testimonios de la supuesta traición de éste y se organizó un proceso que nada tuvo que envidiar a los montajes stalinistas de los años treinta. Testigo de cargo principal fue Mumen Diuri, el personaje al que había torturado personalmente Ufkir. Contra lo esperado, Diuri se levantó en la sala y negando las acusaciones alegó que había sufrido torturas durante treinta y cuatro días. En medio del escándalo internacional, el tribunal pronunció la pena de muerte para dos de los acusados presentes, incluido Diuri, y otros ocho en ausencia, entre los que se hallaba Ben Barka. Hasán conmutó la pena por cadena perpetua el 20 de agosto de 1964. Ese mismo día Ufkir se convirtió en ministro del interior.

La represión, sin embargo, no permitía ocultar la realidad: más del 90 por ciento de la población era analfabeta, el primer plan quinquenal había fracasado estrepitosamente, la corrupción era generalizada de la casa real al último funcionario. Finalmente, la revuelta estalló en Casablanca en 1965. Hasán recurrió una vez más a Ufkir. En el curso de tres días, el general acabó con la vida de más de un millar de personas, en su mayoría niños. Algunos autores, como Gilles Perrault, afirmarían que jamás en la historia moderna una represión había causado tantas muertes de jóvenes.

El 8 de junio, Hasán suspendió el Parlamento y asumió formalmente los poderes legislativo y ejecutivo. Ese mismo año, Ben Barka, el enemigo número uno de palacio, fue secuestrado en Francia y asesinado. La operación la había dirigido Ufkir pero en ella, presumiblemente, habían participado desde las mafias francesas con conexiones en Marruecos a la CIA y el Mossad israelí. El 20 de enero de 1966, las autoridades francesas solicitaron la extradición de Ufkir. Hasán II respondió apoyándolo pública y calurosamente.

El 5 de junio de 1967, Ufkir fue condenado en ausencia por la justicia francesa a cadena perpetua. Hasán concedió inmediatamente a Ufkir las estrellas de general de división. En octubre de 1969, Ufkir amañó las terceras elecciones municipales desde la independencia y los candidatos oficiales obtuvieron el 82,79 por ciento de los sufragios. A las pocas semanas, inició una nueva oleada de detenciones de disidentes reales o supuestos. En apariencia las relaciones entre el rey y su hachero mayor no podían ser mejores. El segundo reprimía con una crueldad ilimitada y el primero le recompensaba con una generosidad inagotable.

La situación iba a comenzar a cambiar, sin embargo, en julio de 1971. El general Medbuh a la cabeza de un grupo de oficiales en su mayor parte de origen pobre y rifeño dio un golpe contra el rey en Sjirat. La acción fracasó y el 13 de julio se procedió al fusilamiento de los implicados. Antes de morir, el general Bugrin, uno de los implicados gritó: “¡Ten cuidado, Ufkir! ¡La próxima vez te tocará a ti porque sé que piensas como nosotros!”. Bugrin no exageraba. Por aquella época, Ufkir estaba harto de su papel de represor máximo y además pensaba, por primera vez, que Hasán era una desgracia para Marruecos. Sin embargo, parece ser que pesaron más las razones personales para su desapego, unas razones en las que pesaba poderosamente el elemento sexual. Hasán mantenía una relación adulterina con Fátima, la esposa de Ufkir, y se comenzaba a murmurar que la última hija del general, Sukaina, podía ser del monarca.

La situación llegó a extremos insoportables cuando el rey aconsejó a Ufkir que repudiara a su esposa y además le animó a casarse con una de las jóvenes que habían pasado por el lecho regio. Ufkir obedeció pero estaba a la espera del desquite. El 16 de agosto de 1972, el avión de Hasán fue ametrallado por tres cazas cuando regresaba a Marruecos de su castillo de Betz, cerca de Senlis. Astutamente, el monarca dio órdenes de que se informara por radio de que había muerto lo que ocasionó la retirada de los aviones atacantes. La llegada del rey a tierra abortó la conjura tramada esta vez por Ufkir.

El general fue asesinado aunque se anunció su suicidio y se desencadenó una vez más una terrible represión. Concluido el luto oficial, varios furgones se encaminaron al chalet de Ufkir en Suissi y se llevaron a su esposa, a sus seis hijos y a una prima. Encerrados todos ellos en las cercanías de Marraquesh tardarían décadas en recuperar la libertad. Por orden del rey se demolió el chalet.

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