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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Por qué y cómo se intentó humanizar la guerra?

Fue el general Sherman el que afirmó que la guerra tenía que ser un infierno para evitar que los hombres reincidieran en ella con demasiada frecuencia. Pese a todo, desde que el cristianismo creó en la Edad Media instituciones como la Paz de Dios o la Tregua de Dios ha existido un anhelo creciente de humanizar la conducta menos humana de todas. A finales del s. XIX, semejante visión quedó consagrada en la primera conferencia contemporánea destinada a paliar los efectos de ese flagelo terrible llamado guerra. Pero ¿porqué y cómo se intentó humanizar la guerra?

Desde sus inicios, la guerra ha sido una conducta revestida de una extraordinaria brutalidad. Lejos de concebirse como una actividad quizá necesaria pero sujeta a límites éticos, hasta el s. I de nuestra Era resultaba indiscutible que el vencido sólo podía esperar del vencedor la muerte o la esclavitud salvo que lograra aplacarlo mediante la entrega de rehenes o tributos. Semejante cosmovisión fue modificada en la Torah de Israel, por ejemplo, prohibiendo la violación de las prisioneras o la táctica de destrucción medioambiental y buscando la posibilidad de arreglos pacíficos. Sin embargo, en el Antiguo Testamento —al igual que en otras fuentes antiguas— encontramos, siquiera de manera ocasional, relatos de conflictos bélicos dotados de una notable brutalidad. La aparición del cristianismo en el s. I significó un cambio radical sobre esa posición universal.

El cristianismo repudiaba contundentemente no sólo la guerra sino también cualquier otra forma de violencia y hasta inicios del s. IV sus seguidores preconizaron una objeción de conciencia generalizada. Sólo la conversión del imperio a la nueva fe provocó un cambio en esta cosmovisión ya que resultaba obvio que, al igual que cualquier otro sistema político, necesitaría de una violencia institucional para mantenerse. El cristianismo, sin embargo, no aceptó la visión clásica de la guerra sino que intentó dulcificarla. Así, condenó toda guerra de agresión, se pronunció en contra de la esclavitud —que fue desapareciendo paulatinamente en Europa— propugnó la solución pacífica de conflictos, intentó limitar los efectos sobre la población civil y, finalmente, redujo el número de días y las épocas del año en que se podía ir a la guerra. Semejantes pasos se vieron en parte relativizados a consecuencia de las invasiones bárbaras —especialmente del islam del que se tomaría el concepto desconocido hasta entonces de guerra santa— pero, de todas maneras, la guerra se vio considerablemente limitada en su dureza. Semejante orden de cosas se vio profundamente alterado por la ofensiva anticristiana que significaron la revolución francesa y las guerras napoleónicas y, de manera muy especial, por los avances técnicos en el terreno de la guerra.

En la segunda mitad del s. XIX resultaba obvio que la combinación de una visión despiadadamente imperialista y de una mayor capacidad para destruir al enemigo en el campo de batalla podía tener terribles consecuencias. El primer paso para enfrentarse con ese estado de cosas fue dado por un personaje que, en buena medida, simbolizaba el deseo de enfrentarse a los cambios modernos y, a la vez, de mantener una supuesta influencia cristiana en la vida pública. Se trataba del zar Nicolás II. Los primeros años del reinado del zar Nicolás II discurrieron por el camino de progreso económico y social iniciado por su abuelo Alejandro II, el emancipador de los siervos. Sin embargo, ese desarrollo que estaba arrancando a Rusia de la Edad Media para introducirla en la modernidad exigía un entorno político pacífico. Movido por el deseo de evitar enfrentamientos bélicos entre las grandes potencias, Nicolás II convocó un congreso cuyos objetivos eran tratar el mantenimiento de la paz mundial, la reducción de armamento y la mejora de las condiciones de la guerra. El lugar elegido para la celebración de tan magno evento —no se producía uno de características similares desde el Congreso de Viena de 1815— fueron los Países Bajos. La razón fue, en parte, geográfica —su carácter casi equidistante de las diversas potencias— y, en parte, política ya que los Países Bajos mantenían una posición de práctica neutralidad.

La invitación formulada por el ministro de Asuntos Exteriores de esta nación fue aceptada por veintiséis países. El 18 de mayo de 1899, ciento un delegados celebraron su primera reunión en la Huis ten Bosch —la Casa del bosque— una villa del siglo XVII emplazada en la ciudad de La Haya. De manera lógica, los delegados eran en su mayoría juristas especialistas en derecho internacional, miembros de la carrera diplomática y experimentados oficiales de alta graduación pertenecientes al ejército y a la marina. Aunque no faltaron los roces entre los asistentes a la conferencia, cuando ésta concluyó el 29 de julio de 1899 se había logrado la firma de tres convenciones oficiales o tratados. El primero de estos instrumentos jurídicos —el más importante— establecía la creación de un mecanismo permanente cuya finalidad era la resolución pacífica de los conflictos internacionales. Este organismo debía bloquear el estallido de guerras y, de hecho, acabó cristalizando en el Tribunal permanente de arbitraje, más conocido como el Tribunal de La Haya.

Las otras dos convenciones se centraron ya en asuntos relacionados con los conflictos bélicos y con la manera de paliar los sufrimientos de los países implicados en ellos o de los neutrales tanto en relación con la población militar como con la civil. Además, a estas dos convenciones se sumaron tres declaraciones, que permanecieron en vigor durante cinco años, mediante las que se intentaba impedir la utilización de avances en el terreno de la tecnología militar que se intuían pavorosos. En concreto las prohibiciones se referían al empleo de gases tóxicos, a la utilización de balas explosivas y a los bombardeos aéreos. Tanto el uso del gas como el bombardeo desde el aire eran presentidos como ingenios terribles que podían añadir una especial crudeza a la guerra al convertirse en armas mortíferas de empleo masivo. Por lo que se refiere a las balas explosivas se consideraba que añadían una dimensión especialmente horrible —e innecesaria— en los combates. La firma incluía logros importantes pero a nadie podía pasarle por alto que la conferencia no había conseguido que se acordara una reducción de armamento ni tampoco la obligatoriedad de recurrir al arbitraje en las disputas entre naciones.

La primera de las propuestas resultaba inaceptable para las grandes potencias que, quizá con la excepción de Rusia, se estaban preparando para un enfrentamiento en el que se decidiera la supremacía colonial y económica. Por lo que se refiere a la segunda, fue rechazada por el mismo grupo de países alegando que atentaba contra la soberanía nacional aunque, muy posiblemente, lo que se deseaba era evitar un foro de justicia internacional que sancionara las tropelías cometidas en las guerras. Nicolás II, alma de la conferencia, no quedó satisfecho y no descansó hasta lograr la convocatoria de una nueva conferencia también en La Haya.

El estallido de la Primera guerra mundial y, tres años después, el de la Revolución rusa malograron de manera casi total los acuerdos de la primera conferencia de La Haya. Los gases tóxicos se convirtieron en parte indispensable del esfuerzo bélico desde que los alemanes los utilizaron por primera vez en el frente occidental a partir del mes de marzo de 1915. Los bombardeos aéreos resultaron más limitados en un primer momento pero especialmente a partir de la Segunda guerra mundial se convirtieron en un ejemplo elocuente del grado de destrucción aparejado con la guerra moderna. Finalmente, la aniquilación de los imperios ocasionada por la primera guerra mundial —Nicolás II fue incluso fusilado por los bolcheviques— se tradujo en una inestabilidad política que aprovecharon las dictaduras fascistas y soviética para seguir un comportamiento despectivo hacia el derecho humanitario de guerra.

Con todo, los frutos de la Primera Conferencia no fueron totalmente infecundos. Dieron como resultado algunas garantías para los prisioneros de guerra incluidas la atención dispensada a los mismos y el canje; en los procesos contra criminales de guerra celebrados en Nüremberg y Tokyo; en la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, y en algunos arbitrajes de notable fortuna. Aunque la guerra continua siendo actualmente una amenaza no conjurada en la que se producen conductas que exceden con mucho de lo comprensible en un enfrentamiento entre ejércitos, lo cierto es que acontecimientos como la Primera conferencia de la Haya han contribuido a la formación de una conciencia internacional favorable al derecho humanitario de guerra, a la búsqueda de soluciones pacíficas para los conflictos, al castigo de los criminales de guerra y a la creación de organismos internacionales de arbitraje y justicia. A más de un siglo de distancia del final de la conferencia poco puede dudarse de que el mundo habría sido aún más inhumano sin ella.

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