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EDUCACIÓN

Qué aprender del caso californiano

Inger Enkvist

Durante mucho tiempo, los ideólogos han sostenido que la educación funciona como un privilegio de clase y que lo democrático es distribuirla a través del libre acceso a la misma, su gratuidad e incluso la concesión de becas al estudio.

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Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Así, no se suele mencionar que el aprendizaje requiere voluntad y esfuerzo. Parece una verdad de Perogrullo decir que lo importante es que el estudiante estudie, pero no viene mal recordarlo. Y si se quiere dar con pruebas que confirmen lo evidente, se puede, por ejemplo, estudiar el caso californiano.

California tiene una población parecida a la española y una economía que podría ser la séptima del mundo, con sus exitosas industrias relacionadas con el cine, la música, la informática, la viticultura y el turismo. Los californianos adultos son cultos, viven en una parte hermosísima del mundo y son pioneros del ecologismo. Y sin embargo, los resultados que cosechan sus escolares van a peor.

Como en otros estados dentro de la Unión, las autoridades californianas han intentado remediar la situación reduciendo el número de alumnos por aula, impulsando la educación bilingüe y promoviendo un proyecto de escritura que se basa en varias revisiones del texto escrito. Pero la calidad sigue bajando. Ahora bien, resulta que los distintos grupos étnicos adoptan diferentes actitudes ante la escuela obligatoria y gratuita, con lo que queda probada la importancia de la actitud en el rendimiento escolar. Los mejores alumnos del sistema californiano son los asiáticos, seguidos de los anglos, los afroamericanos y, en último lugar, los hispanohablantes, en su mayoría de origen mexicano.

Los hispanos y los afroamericanos son bastante similares en su manera de pensar y de actuar. Según Robert Ketner Ream y Laurence Steinberg, piensan que para tener éxito lo importante es ser inteligente de nacimiento, caer bien al profesor y tener suerte. Es decir, que el esfuerzo, para ellos, no importa. No suelen estudiar en casa. Tanto ellos como sus padres piensan que es importante lograr el diploma de la high school; pero lo conciben como un papel, no como un conjunto de conocimientos. Además, no temen demasiado el fracaso escolar: saben de muchas estrellas del deporte y la música que no terminaron la Secundaria y aun así han conseguido ser ricos y famosos. En otras palabras: están influidos por un estilo de vida antiintelectual muy presente en la televisión y por amistades que tampoco valoran la educación. Por cierto: el porcentaje de abandono escolar es superior entre los latinos que entre los afroamericanos.

Es llamativo que estos jóvenes cambien de escuela a menudo. En algunas zonas de Los Ángeles, informa Ream, hasta un 35% de los estudiantes cambia de colegio en pleno año escolar. Se van porque la familia se muda, porque no están a gusto en el colegio o porque, por su mala conducta, han sido invitados a buscarse otro centro. Unos van... y otros llegan. Es un eterno volver a empezar, y así es imposible obtener buenos resultados.

Por lo que hace a los alumnos de origen étnico europeo, a los que se podría llamar blancos o anglos, el problema fundamental es que se dedican a tantas actividades, que no les da tiempo a estudiar. Steinberg resume diez años de estudios sobre 20.000 estudiantes de high school diciendo que los anglos apenas estudian. Si duermen 7 horas diarias, les quedan 120 horas libres por semana. Pues bien, dedican unas 25 a comer, lavarse y desplazarse; entre 10 y 15, a actividades extracurriculares como el deporte o la música –en parte porque les viene muy bien de cara a solicitar posteriormente plaza en un college–, y entre 15 y 20 a trabajar (por ejemplo, en las hamburgueserías): en los EEUU hay una larga tradición de trabajo estudiantil, pero hoy en día los jóvenes no trabajan para costearse los estudios, sino para poder comprarse ropa de moda o un coche, por ejemplo.

Sigamos desglosando la semana del joven anglo: dedica entre 20 y 25 horas a actividades sociales como hablar por teléfono, conversar en el patio del colegio, ir a la cafetería y salir durante el fin de semana, y entre 10 y 15 a ver televisión. Así las cosas, apunta Steinberg, es un milagro que logren sacar 5 horas semanales para estudiar en casa. Por lo general, consideran importante obtener un diploma y quieren acudir a un college, pero no se sienten angustiados por ello. La presión social por ser popular entre los compañeros excede con mucho la que les exige tener éxito en los estudios.

Los estudiantes de origen asiático son, en su mayoría, chinos, japoneses, coreanos o vietnamitas. Algunos vienen de familias instaladas desde hace tiempo en California, pero el grueso lleva poco tiempo en los Estados Unidos. El éxito escolar en estos grupos es el factor social más importante, y los padres prefieren que sus hijos no trabajen para que puedan concentrarse en los estudios. Si la familia necesita más dinero, los padres trabajarán más. En cuanto a los resultados escolares, el objetivo es conseguir las mejores notas, y si para eso los estudiantes necesitan ayuda, sus padres están dispuestos a pagarles un tutor privado o una academia. Ante un resultado decepcionante, tanto el que lo cosecha como sus padres piensan que el problema ha radicado en la falta de esfuerzo.

Los estudiantes asiáticos también participan en actividades extracurriculares, pero sólo en una o dos. Por otro lado, dedican menos tiempo a la vida social, y además suelen relacionarse con buenos estudiantes, que frecuentemente son también asiáticos. Su meta es conseguir una plaza en una universidad reconocida, y muchos de ellos lo consiguen: de hecho, el porcentaje de asiáticos en tales centros es muy superior al porcentaje de asiáticos en el total de la población. Los estudiantes asiáticos no quieren ni pensar en el desastre que representaría para ellos fracasar en los estudios. El éxito de este grupo es tan grande, que los demás alumnos suelen considerar inteligentes a todos los asiáticos, cosa estadísticamente imposible.

Todo esto viene a contradecir algunas verdades generalmente aceptadas en el mundo de la política educativa:
– Supuestamente, el éxito o fracaso escolar del estudiante depende del nivel educativo del hogar en que crece. Pero resulta que la casa de unos inmigrantes chinos poco cultivados puede ser un buen ambiente de estudio si aquéllos sueñan con que sus hijos salgan adelante y aprovechen las oportunidades que les brinda el nuevo país.

– Supuestamente, el nivel económico de la familia es determinante. Sin embargo, en EEUU hay familias asiáticas que han llegado al país con los bolsillos vacíos y conseguido sacar a sus hijos adelante. ¿Por qué no logran lo mismo las familias pobres hispanas y afroamericanas? Por otro lado, las familias acomodadas pueden tener grandes dificultades para lograr que sus hijos se esfuercen, ya que éstos tienen a su alcance todo lo que desean y no ven por qué han de estudiar en vez de divertirse.

– Supuestamente, es una gran ventaja haber nacido en el país en que se vive. Sin embargo, resulta que en EEUU les va mejor a los asiáticos recién llegados que a los anglos y los afroamericanos nativos. Además, les va algo menos bien a los asiáticos de la segunda generación que a los de la primera; es decir: cuando los jóvenes se adaptan al país, ven que no hace falta trabajar tanto y se vuelven menos ambiciosos.

– Supuestamente, el hecho de que en el hogar se hable una lengua distinta a la del aula es una dificultad. Sin embargo, los alumnos asiáticos manejan otra lengua en casa y les va estupendamente, mejor que a los estudiantes anglos. Los asiáticos no suelen ni mencionar la posibilidad de que la escuela norteamericana les dé clases en la lengua de sus padres. A veces la estudian en clases particulares durante el fin de semana, pero lo cierto es que por lo general toman lecciones extra para alcanzar el máximo nivel en materias como las matemáticas.
La educación bilingüe está asociada, en primer lugar, a los estudiantes hispanohablantes, que constituyen precisamente el grupo que menos progresa. Además, si la dificultad de la nueva lengua fuera un factor esencial, les debería ir mejor a los hispanohablantes que a los asiáticos, ya que el español se asemeja más al inglés que las lenguas asiáticas.

– Supuestamente, los padres podrían dejar en manos de la escuela la educación de sus hijos. Pues resulta que no. Estos datos muestran que es esencial el interés y la preocupación de los padres por la educación de sus vástagos, algo que se refleja en los esfuerzos de éstos. ¿No importa la calidad de los colegios? Sí, importa, pero hay que ponerla en relación con lo anterior. Así, hay padres que se mudan de barrio con tal de procurar un buen centro a sus hijos, o que les pagan clases particulares si resulta que tienen un mal profesor. Es importante tener en cuenta que los buenos colegios ofrecen al buen estudiante buenos compañeros de estudio. En la adolescencia, los compañeros son muy importantes.
Todo esto tiene una enorme importancia a la hora de diseñar una buena política educativa. Hay que intentar que todos los padres sean asiáticos. Para lograrlo, el sistema educativo tiene que mandar el mensaje de que el estudiante debe dedicarse a estudiar, y ha de transmitirle lo que se espera de él mediante pruebas nacionales y exámenes, y elevando, no disminuyendo, el nivel de exigencia.

El caso californiano muestra que el aumento de la inversión en educación no lleva automáticamente a la calidad ni a la igualdad. Un país que no respeta su propio sistema educativo y no exige a las familias que lo respeten no logrará jamás buenos resultados en este terreno.

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