Menú
AL MICROSCOPIO

¿Qué es, de verdad, una catástrofe ecológica?

Andamos con el alma en vilo esperando que los vientos el Oeste, esos que proceden del interior de océano, dejen de soplar para que sus hermanos del suroeste arrastren los lodos del “Prestige” lejos de la costa gallega.

Lo malo es que, a medida que el tiempo pasa, las probabilidades de que Eolo, dios terco donde los haya, rectifique disminuyen. Hasta que no llegue el fuel a la playa no sabremos a ciencia cierta el calibre de la desgracia. Las predicciones científicas tampoco se ha demostrado muy fiables en las últimas semanas. Pareciera que sufrimos de supina ignorancia sobre asuntos del mar. Sólo una cosa está clara: soplen hacia donde soplen los vientos, sea cual sea el volumen final de contaminante vertido, los ecologistas se hartarán de asolarnos con sus predicciones más catastrofistas sobre el futuro de la fauna y la flora gallegas. De hecho, ya nos han venido preparando para ello, ya tiene su arsenal de portadas con ave petroleada moribunda y títulos a gran tipografía, ya tienen sus eslóganes armados contra la inoperancia de los científicos, ya cuentan con sus huestes de rostros embetunados dispuestas a manifestarse ante éste y aquel Ministerio, portando calaveras y tibias, escenas de animales muertos, ataúdes y toda la parafernalia fúnebre y de dudoso gusto que suele acompañar a sus protestas.

Ya han incrustado en nuestro cerebelo la frase “catástrofe ecológica” hasta tal extremo grabada que la hemos asumido sin el menor espíritu crítico. “Estamos ante una catástrofe ecológica sin precedentes, sí. Lo ha dicho Greenpeace”. Y nos quedamos tan anchos. ¿Pero a alguien se le ha ocurrido preguntarse qué cosa es eso de “catástrofe ecológica”? Es igual de catastrófico un vertido de 1.000 toneladas que otro de 80.000. ¿A partir de qué tipo de efectos se puede usar la palabra catástrofe? ¿Qué ha ocurrido con la flora y la fauna de otras “catástrofes” previas? ¿Alguien se ha hecho estas preguntas?

Por supuesto, no. Estamos acostumbrados a poner en duda las palabras de ministros, científicos, ingenieros navales, militares y pescadores. Pero la palabra de un ecologista no se toca. Como tampoco se menciona su incoherencia al permitir que sean nuestros esforzados soldados españoles quienes se dediquen a quitar a golpe de pala el fuel de las playas. ¿Pero estos de Greenpeace no eran antimilitaristas?

Difícil es desenmarañar el embrollo mental de algunos amigos de lo verde. Pero menos difícil es evaluar el alcance real de una catástrofe ecológica. ¿Por qué no lo hacemos?

Suelen citarse, cuando se habla de contaminación marina, las memorias del aventurero Thor Heyerdal quien es su segunda expedición Kon Tiki en 1970 quedó impactado por haber visto sobre los océanos “más cantidad de balsas de aceite y basura que peces”. No tuvo duda de que la estupidez humana estaba llevando a nuestros mares hacia una “catástrofe”. La realidad es que las aguas del mar son mucho más extensas y vivaces de lo que creemos. El océano contiene trillones de litros de agua. Hasta el punto de que la evaluación periódica que realiza la ONU sobre la calidad de los mares concluye admitiendo que “en mar abierto las aguas globales están relativamente limpias. Se detectan bajos niveles de plomo, compuestos orgánicos sintéticos y radionúclidos artificiales. Aunque son fácilmente detectables, su impacto biológico es nimio”.

La mayor parte de la contaminación por hidrocarburos del mar procede de dos fuentes que no tienen nada que ver con las mareas negras. La primera es sorprendente: la propia liberación natural que se produce cuando se fractura el lecho marino en zonas donde hay reservas de petróleo. Este proceso natural es inevitable pero, paradójicamente, el trabajo de las plantas extractoras en altamar (tan denostadas por los ecologistas) atenúa sus efectos al liberar de presión a las reservas. La segunda causa es artificial: la contaminación rutinaria que los buques produce día tras día cuando navegan con los tanques vacíos y liberar al mar los restos de crudo que se pegan a las paredes. Existen algunos acuerdos internacionales que regulan y limitan este tipo de contaminación pero son claramente insuficientes.

Aún así, periódicamente se producen vertidos accidentales de grandes cantidades de fuel o petróleo en zonas cercanas a la costa. La cantidad total de estos vertidos es menor que la que generan los barcos cuando limpian sus tanques, pero sólo en el caso de los accidentes los ecologistas y los medios que siguen ciegamente sus consignas hablan de “catástrofe”. El vertido del Exxon Valdez en 1989 depositó sobre las costas de Alaska sólo un 2 por 100 del petróleo que arrojan cada año rutinariamente los barcos de carga de Estados Unidos. ¡Eso sí que es una catástrofe! Lo malo es que, en este caso, los ecologistas no tienen a mano un pajarito muerto que vender a los periódicos.

Basta tener un poco de curiosidad intelectual y preguntarse un poquito por el pasado para descubrir que la totalidad de las mareas negras accidentales sufridas en las últimas tres décadas han tenido consecuencias más leves que las que predijeron los ecologistas. El
informe “Oil in the oceans, the short and long term impact of a spill” (Petróleo en el océano: el efecto a corto y largo plazo de un vertido) publicado por el Congreso de Estados Unidos en 1990 demuestra que “la mayoría de los vertidos recientes han tenido repercusiones modestas y de relativamente corta duración sobre el medio ambiente local”. El informe nos recuerda que el petróleo es una sustancia natural y que, dándole un poco de tiempo se evapora, se degrada biológica y químicamente y forma inocuas manchas de alquitrán.

Es cierto que este tipo de datos no consolará a las cientos de familias afectadas en su actividad económica por un vertido. Ellos son, realmente, las víctimas de la auténtica catástrofe: la económica. Pero claro, a los ecologistas tampoco parece importarles mucho este tipo de víctimas. Ahí están las docenas de mapas con los iconos que muestran la cantidad de gaviotas, cormoranes y alcotanes afectados repicados en toda la prensa.
¿Alguien se atreve a publicar un mapa similar con la cantidad de euros que va a perder cada una de las familias de marisqueros este años en cada localidad costera? No, eso tiene menos glamour.

Pero aunque tales informes no consuelen a quienes injustamente son olvidados por el ideario ecologista y tampoco vayan a convencer a los amigos de la catástrofe, vale la pena recordarlos. Por ejemplo, los análisis que siguieron al vertido del buque Braer en Gran Bretaña en 1993 y que aseguraban que “en 1994 los niveles de contaminación eran similares a los hallados en zonas alejadas al vertido”. O los datos científicos que demuestran la sorprendente recuperación de dos de los lugares más duramente afectados por la contaminación petrolífera: La costa de Prince William Sound tras el vertido del Exxon Valdez y el Golfo Pérsico tras la Guerra del Golfo. En su informe preliminar sobre este último caso, Greenpeace advertía que “se había producido un desastre sin precedentes, con daños irreparables para las costas de Arabia Saudí y Kuwait”. Se habló de “extinción marina a gran escala” y de “final definitivo para la vida en esa área”. Un informe independiente realizado sólo en 1994 descubrió, sin embargo, que “la vida animal de la zona se había recuperado por encima de las previsiones más optimistas”. En 1995, los científicos habían detectado recuperaciones de entre el 70 y 100 por ciento de la biota de la región. En cuanto al Exxon Valdez, baste decir un dato: el número de aves marinas que murieron tras el vertido es inferior al de pájaros domésticos que mueren cada dos años en el Reino Unido en las garras de gatos. ¡Qué catástrofe! Todo esto, por supuesto, no aparecerá nunca en las primeras páginas de los periódicos.

En el caso del Prestige, por desgracia, es evidente que nos enfrentamos a otra agresión grave contra el equilibrio económico (primero) y ecológico (después) de una queridísima región de España. Los errores, la falta de previsión, la propia estulticia del sistema internacional de transporte de mercancías peligrosas nos enfrentan a una realidad que empieza a ser cotidiana para los gallegos. Nadie (menos aún los ecologistas) les va a quitar el sufrimiento que se les avecina. Pero no parece de rigor añadir al vertido de fuel otro vertido de manipulación y medias verdades. Si fuéramos más rigurosos con la palabra “catástrofe” quizás evitaríamos que ciertos recursos que deberían ir destinados a la recuperación comercial de la industria marisquera, terminen en manos de organizaciones encargadas de limpiar las alas a pájaros moribundos. La naturaleza es más resistente de lo que creemos. Incluso más que la idiocia humana. Recuerden que a la sombra de la Torre de Hércules, en el mismísimo entrante de mar donde encalló el Mar Egeo en 1992 produciendo una contaminación sin precedentes en la zona, se alza hoy uno de los monumentos más bellos a la biodiversidad, un espacio todavía vivo donde se recuperan las especies animales más emblemáticas de la costa gallega. Mientras el Prestige no lo impida, sobre los lodos del Mar Egeo vive hoy el Aquarium Finisterrae, la casa de los peces gallegos. En menos de 10 años, la muerte anunciada por los ecologistas se tornó vida salvaguardada por amantes de la ciencia.

0
comentarios