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PROSPECTIVA

¿Qué podemos esperar del tercer milenio?

El primer milenio de esta era comenzó con las tierras circundantes al mare nostrum sometidas a una Roma imperial y pagana que vivía su pleno apogeo. El mundo entero gozaba de la pax romana. Augusto y Tiberio no se podían imaginar siquiera que esa misma Roma terminaría invadida, barbarizada y cristianizada antes de que pasaran 500 años. Roma sufrió un catastrófico colapso. El primer milenio de la era cristiana terminó con un papado corrupto y decadente y una Europa en guerra perpetua. El poder imperial de Occidente había sido usurpado por los obispos de Roma. El clima mismo del planeta había empeorado. Una pequeña edad de hielo azotaba al hemisferio norte. La tierra se tornó avara y el caos y el desorden avanzaban por todas partes. Quizás entonces era lógico pensar que el fin del mundo estaba cerca.

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Mil años después, hoy podemos observar un continuo ascenso de la humanidad durante el segundo milenio. Sin duda tuvimos caídas y también recaídas en el período. Sin embargo, el número de seres humanos en la tierra creció, primero con lentitud y luego más y más rápidamente. Las nuevas tecnologías de producción pudieron sostenernos mejor a cada vez más hombres y mujeres. La salud general de las poblaciones mejoró y la mortalidad descendió espectacularmente. Hoy somos más sanos y somos más longevos. De ser unos 500 millones de individuos a fines del siglo X pasamos a ser poco más de 6.000 millones en tan solo 1.000 años. El reino de la libertad individual se amplió enormemente. La esclavitud y la servidumbre desaparecieron de la faz del planeta. Hoy los peores tiranos y quienes cometen crímenes contra la humanidad ya no pueden dormir tranquilos. La conciencia moral de la humanidad se ha refinado en forma casi increíble. El poder ya no es absoluto en ninguna parte. Hoy podemos ver el futuro con optimismo. El mundo no va de mal en peor. Sabemos que el mundo no se va a acabar, al menos en un futuro cercano.

Sin embargo, en este tranquilo inicio del tercer milenio podemos reconocer dos actitudes -dos visiones- contrarias que se enfrentan en las entrañas de nuestra propia civilización. Una es la actitud profundamente optimista, de raíces judeo-cristianas, que ve en la historia humana el proceso trascendente de la salvación del hombre por Dios o por el propio hombre. Una historia compleja, a veces escabrosa y terrible, pero que sin embargo avanza en dirección a la plenitud humana. El punto “omega” de Teilhard de Chardin. Pablo, Agustín, el Aquinatense, Voltaire, Hegel, Marx, Darwin y Freud compartían en alguna forma esta visión. Del otro lado están quienes quisieran detener la historia humana y escaparse hacía un romántico pasado que nunca existió. Esta visión panteista e inmanentista duda de todas nuestras fuerzas y todas nuestras capacidades humanas. Para estos, la “naturaleza” adquiere un valor cuasi religioso y la ecología verde es la medida de todas las cosas buenas. Salvar la “ecología” a cualquier precio. Reciclar sin importar el costo. Añoran el mítico tiempo del “matriarcado” y relativizan todos los valores hasta hacerlos desaparecer. La ciencia no es sino un constructo social y el progreso no es mas que un espejismo del modo de producción industrial. En boca suya, “liberación” es una palabra mágica -un conjuro- una palabra de guerra contra la razón y contra la civilización. Rousseau, Nietzche, el “Che” y muchos y muchas “feminazis” actuales marchan bajo esta auténtica bandera de la barbarie y el atraso.

Sin embargo, mil años no son tantos. Nuestros primeros antepasados verdaderamente humanos aparecieron hace unos 100.000 años y la edad del universo es de unos 15,000 millones de años. Si el tiempo de nuestras vidas es la medida básica del tiempo, mil años son sólo 13 vidas vividas y probablemente serán menos de 10 vidas de nuestros hijos. Los genes que nos constituyen hoy a nosotros, una milésima parte, constituirán también a esos individuos de comienzos del cuarto milenio. Ellos serán nuestros descendientes y nuestra garantía para el futuro. Sin duda también somos responsables ante ellos.

El futuro no lo podemos conocer, pero sí lo podemos construir. Nuestros actos y nuestras omisiones dan forma a ese futuro que hoy todavía no existe pero que vamos construyendo día a día. Los que hoy vivimos el inicio del tercer milenio tenemos la responsabilidad de poner las bases para que el tercer milenio siga siendo de progreso continuado para que al finalizar este tercer milenio nuestros descendientes no tan lejanos, dentro de mil años, puedan decir con satisfacción, “el tercero también fue un buen milenio.” Así iremos conquistando el futuro.

© AIPE

Roberto E. Blum es Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo AC de Ciudad de México.
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