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EN DEFENSA DE LOS LIBERTICIDAS

Ramsey Clark expone la agenda de la izquierda

Nuevamente se ha expuesto la Gran Mentira: mientras la izquierda se precia de ser la defensora de los oprimidos y del débil y la abogada de la libertad, uno de sus exponentes contemporáneos más venerables, Ramsey Clark, se ha convertido en el principal apologista de un dictador salpicado de sangre.

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¿Ha traicionado Clark a la izquierda? De ninguna manera. Acaba de desvelar una vez más que tras la retórica de paz y amor se esconde un gusto, apenas encubierto, por la bota en la cara y los grilletes en la mente, herramientas tan predilectas por los regímenes más apreciados de la izquierda internacional, desde la Rusia de Stalin hasta la China de Mao, pasando por el Irak de Sadam.
 
Clark afirma estar haciendo lo que cualquier buen abogado: aceptar hasta el caso más nocivo, no por amor a su defendido sino porque todo hombre merece un juicio justo. Ha declarado: "La idea de no representar a Sadam porque es horrible, si es que lo es, es contraria a la idea del derecho a recibir asesoramiento".
 
¿Pero piensa actualmente Clark que Sadam es horrible? En 2004 dijo lo siguiente: "Sadam Husein fue demonizado (…) Debe tenerse en cuenta que, en todos los rogue states, las víctimas de tantas intervenciones norteamericanas, así como los presos mutilados o humillados por Estados Unidos, como Sadam Husein, forman parte de la gran mayoría de la población mundial que tiene una hermosa piel más oscura".
 
¿Ama Clark a Sadam únicamente por su "hermosa piel oscura"? No, hay mucho más: Ramsey Clark ha visto al enemigo, y somos nosotros. La única constante de su carrera, desde los tiempos de la Administración Jonson, no es la pretenciosa pero huera búsqueda izquierdista de justicia. Su defensa de Sadam encaja perfectamente con su defensa de Mohammed al Owhali, que voló la embajada americana de Nairobi en 1998, matando a 213 personas; o con su participación en la conferencia "Crímenes de América" celebrada en Irán en 1980; o con su trabajo para criminales de guerra nazis y Slobodan Milosevic.
 
Se ha convertido en algo habitual el que muchos izquierdistas apoyen a cualquiera que se oponga a Estados Unidos, y que adopten la agenda totalitaria (y la intolerancia totalitaria ante la disidencia, como queda de manifiesto en muchos sentidos en los medios de comunicación y los círculos académicos controlados por la izquierda) en su búsqueda de la utopía terrenal que desde hace tanto anhelan. Pero la yihad islámica no pretende establecer una sociedad equitativa y justa en la que el Estado se extinga, sino una en la que la vida es dura, los castigos son draconianos y la misericordia brilla por su ausencia; por supuesto, éste es exactamente el tipo de sociedad que construyeron Stalin y Mao y Pol Pot, para éxtasis de los izquierdistas.
 
Clark es tan ridículo como Lynne Stewart, abogada del jeque egipcio ciego Omar Abdel Rahmán, cerebro del atentado contra el World Trade Center de 1993. Condenada por pasar de matute mensajes del jeque Omar a sus discípulos, se explicó diciendo: "No creo que podamos librarbos pacíficamente del tipo de capitalismo voraz e implacable que hay en este país, que perpetúa el sexismo y el racismo".
 
Presentar al jeque Omar como defensor de la lucha contra el sexismo y el racismo está más allá del absurdo, de la misma manera en que lo estuvo el autorretrato de Stalin, en los años 30, como apreciado líder que lleva su pueblo hacia una sociedad justa. Aun así, el periodista del New York Times Walter Duranty, que desechó informaciones acerca de la hambruna ucraniana inducida por Stalin, y otros estaban demasiado contentos difundiendo el mito.
 
Sadam, desde luego, no es ningún jeque Omar. Con sus amantes, sus discos de Sinatra y su mueble bar, su profesión de fe islámica siempre fue sospechosa para el más devoto de entre sus conciudadanos, un intento de servirse del lenguaje de la yihad para encender el apoyo a su régimen tanto en los momentos difíciles como en los últimos días del mismo. No obstante, no hay duda de que es un antiamericano auténtico, y un dictador que no vaciló en desenfundar la espada contra sus enemigos.
 
Probablemente, eso fue todo lo que necesitó saber Ramsey Clark antes de coger el siguiente vuelo a Bagdad.
 
 
Robert Spencer, director de Jihad Watch, columnista de medios como Front Page Magazine o National Review y autor, entre otros libros, de The Politically Incorrect Guide to Islam (and the Crusades).
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