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EL LIBRO DE LA SEMANA

Segundas partes que son buenas

La lectura del primer volumen de memorias de Mario Muchnik —Lo peor no son los autores— dejó a no pocos con una sensación de dulce insatisfacción. Por un lado, todo lo relatado en aquella obra era sustancioso y digno de ser paladeado una y otra vez; por otro, las preguntas y las cuestiones referentes a la experiencia de Muchnik como editor se multiplicaban sin hallar respuesta. En buena medida, ese ansia encuentra tranquilo y agradable sosiego en estas páginas.

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Comenzando con lo que parecería una novela de emigrantes judíos en Argentina —lo que, a fin de cuentas, fueron los Muchnik— nos adentramos en la existencia de un muchacho que quiso ser científico, al que la dictadura peronista liquidó las posibilidades de progreso personal y que terminó dedicándose, primero, a la fotografía artística para convertirse finalmente en el último gran editor europeo del siglo XX. Relatadas con amenidad e interés aparecen las historias de aquel Jacobo Muchnik que iba al cine con el dinero de sus hermanos y luego les contaba las películas de Douglas Fairbanks, del Mario que quiso alistarse en el ejército israelí al estallar la guerra de los seis días o del editor de calidad que tuvo que luchar en los procelosos mares del mundo del libro para sobrevivir.

Quizá algunos consideren precisamente que los datos relativos a Seix-Barral, a Planeta o a Anaya son lo mejor del libro. Sin duda, son excelentes y no tienen desperdicio pero no cabe engañarse, lo mejor es el relato referido a ese grande e incomparable editor que aún está en ejercicio y se llama Mario Muchnik.


M. Muchnik, Banco de pruebas, Madrid, Del taller de Mario Muchnik, 294 páginas.
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