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2. ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Son los cordobeses y sevillanos descendientes de los árabes?

El siguiente objetivo de Fernando III tras la Reconquista de Córdoba era Sevilla. Sin duda, se trataba a la sazón de la ciudad más importante de Al-Andalus –el crecimiento de Granada estaba aún situado en el futuro– y había sido por añadidura capital de los almorávides. Como en el caso de Córdoba, el asalto sobre la capital vino precedido por una serie de operaciones preliminares en el curso de las cuales los leoneses, con el apoyo de las órdenes militares, tomaron Santaella, Hornachuelos, Mirabel y Zafra mientras que los castellanos se apoderaban de Aguilar, Cabra, Osuna, Cazalla y Morón.

Así estaban las cosas cuando Murcia, a pesar de ser una ciudad musulmana, solicitó ser anexionada por Castilla para verse libre de los ataques de que era objeto por parte de Granada. El episodio tiene una considerable importancia y pone de manifiesto una realidad innegable, la de que determinadas entidades políticas cuya vida independiente resultaba inviable ante las agresiones de un poderoso vecino preferían ser anexionadas por Castilla sabedoras de que respetaría sus fueros. Tal fue el caso, aunque no podemos detenernos ahora en el tema de las provincias vascongadas amenazadas por Navarra.
 
Fernando III estaba dispuesto a acceder a la petición de Murcia que, por añadidura, era ya un protectorado castellano. Entonces, en 1242, se produjo la sublevación de Diego López de Haro y el propio monarca cayó enfermo debiendo permanecer en Burgos. Recayó entonces la responsabilidad de dirigir la empresa en el infante Alfonso. Como era de esperar, no se produjo lucha alguna salvo en Lorca, Cartagena y Murcia donde se ofreció alguna resistencia.
 
Tras anexionarse Murcia, los castellanos entraron en Moguente y Euquera. Estaban a punto de dirigirse a Játiva cuando el rey de Aragón se adentró en las tierras reservadas a Castilla y ocupó algunas plazas como Villena y Sax. La acción constituía una verdadera agresión y hubiera podido derivar en una guerra entre ambos monarcas. Si no fue así se debió a la mediación de Diego López de Haro y de Violante de Aragón. Se firmó el 25 de mayo de 1244 el tratado de Almizra en el que se fijaban los límites futuros de la Reconquista. La frontera se estableció en una línea que discurría entre Altea y Villajoyosa. Aunque el acuerdo dejaba a Castilla encomendada la tarea de la futura Reconquista, no puede decirse que perjudicara a la corona de Aragón ya que la liberaba del enfrentamiento con el islam para permitirla lanzarse en mayor medida aún a la proyección mediterránea que había adoptado desde hacia tiempo.
 
Con Murcia en manos de Castilla y los portugueses en Ayamonte (1238), sólo quedaba para concluir la Reconquista la toma de los reinos de Granada y Sevilla. El propósito de Fernando III era continuar en dirección a Granada y, efectivamente, tras tomar Arjona, Caztalla, Begijar y Carchena, inició el asedio de Jaén en 1246. Pero se produjo entonces un acontecimiento de enorme trascendencia que, con seguridad, implicó el retraso de la Reconquista.  Viendo que el final de su reino se cernía sobre el horizonte, Abu Abd Allah Muhammad ben Nasr al-Ahmar, antiguo señor de Arjona y a la sazón  rey de Granada, se presentó en el campamento castellano y comunicó su voluntad de someterse como vasallo a Fernando III. El rey cristiano aceptó el ofrecimiento que vino acompañado de la entrega de Jaén, del compromiso de pagar un tributo y de la obligación de asistir a las cortes castellanas cuando las hubiera y de prestar ayuda militar. De esta manera, gracias a la generosidad castellana, se consagró la existencia de un estado musulmán que iba de Tarifa a las cercanías de Almería y desde la proximidad de Jaén a las costas del Mediterráneo.
 
Dado que en 1264, el rey moro de Murcia dejó de ser vasallo de Castilla y su territorio fue anexionado habría que preguntarse por qué no sucedió lo mismo con Granada. Las razones son, ciertamente, diversas. Por un lado, estuvo el comportamiento, ciertamente de buen vasallo, que demostraría en los años siguientes Muhammad y, por otro, posiblemente, el deseo de que siguiera existiendo un núcleo islámico al que pudieran marcharse los musulmanes, si así lo deseaban, de los reinos que iban siendo reconquistados por Castilla.
 
Menos habilidad desde luego que el régulo granadino tuvo su homólogo sevillano. Convencido, como buena parte de sus antecesores islámicos, de la necesidad de estrechar lazos con sus correligionarios del norte de África frente al empuje cristiano, el rey de Sevilla se reconoció vasallo de Túnez. Se dibujaba así la posibilidad de una nueva invasión norteafricana que, como todas las anteriores desde el s. VIII, sembrara sangre y fuego sobre la Península. La respuesta de Fernando III ante esta amenaza fue terminante. En 1246, sus fuerzas operaban en el Aljarafe sevillano, haciéndose con el control de Alcalá de Guadaira, Lora y Alcalá del Río. Al mismo tiempo, una flota castellana a las órdenes de Ramón Bonifaz atacaba y destruía las naves islámicas que acudían en socorro de la ciudad del Guadalquivir y, acto seguido, remontó el río en dirección a la capital.
 
En 1247, Fernando III se hallaba en Tablada mientras el maestre de Santiago cortaba el camino de Niebla que, a la sazón, era el único por el que podía recibir refuerzos Sevilla. El 2 de mayo, Ramón Bonifaz aniquilaba en un combate épico el puente de barcos que unía la capital con Triana y los sitiados se vieron obligados a entablar negociaciones para la capitulación. Fernando III estaba dispuesto a respetar sus vidas y haciendas pero exigía a cambio que no se llevaran a cabo destrucciones en la ciudad. El 23 de noviembre, finalmente, la ciudad capitulaba y el 22 de diciembre, Fernando III entraba en Sevilla. Tres años después, con el control de las dos orillas del Guadalquivir hasta su desembocadura, Castilla podía dar por concluido este capítulo de la Reconquista.

Durante las décadas siguientes, Castilla procedió a la repoblación de las tierras reconquistadas. Reviste este capítulo especial importancia por las repercusiones políticas que llegan hasta el momento actual. Sabida es la insistencia de algunos políticos andaluces por hacer remontar sus antepasados hasta alguna familia musulmana. Semejante eventualidad es más que altamente improbable, prácticamente imposible. Al igual que Córdoba, Sevilla se vio vaciada de sus habitantes musulmanes que prefirieron optar por no vivir bajo el gobierno de un rey cristiano y fueron repobladas por gentes venidas del norte. Ciertamente, si alguien pudiera trazar con seguridad su genealogía hasta algún antepasado cordobés o sevillano de la segunda mitad del siglo XIII se encontraría con seguridad con un castellano, un leonés o incluso un vizcaíno pero no con un andalusí. Afirmar otra cosa sólo puede nacer de una deplorable incultura histórica, de un lamentable papanatismo político o de la suma de ambas.

Lea la primera parte de los Enigmas de la Historia: ¿Son los cordobeses y sevillanos descendientes de los árabes?

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