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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

"Stalin: El hombre que más amamos"

Los comunistas no lo fueron pese al terror y a sus gulags, sino a causa del terror y de sus gulags. En este sentido Stalin fue el arquetipo del comunista y del comunismo, porque no existe comunismo sin terror.

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Adelantándose al magno acontecimiento que constituye el 50º aniversario de la muerte de Stalin, la revista mensual francesa L’Histoire le dedica un dossier en su número de febrero. Sin aportar grandes novedades, e incluso defendiendo tesis muy poco convincentes sobre el papel “reformador” de Beria tras la muerte de Stalin, este dossier tiene cierto interés, pero nada del otro mundo. Repiten incluso la versión oficial soviética sobre la muerte de Beria: detenido en junio de 1953, procesado secretamente, hubiera sido fusilado en diciembre de ese año. Anónimamente, uno de los redactores de ese dossier se atreve a afirmar, en un recuadro, que le fusilaron porque era un “reformador demasiado audaz”.

Yo tengo otra versión, que, claro, desde el punto de vista histórico puede ponerse en tela de juicio, ya que proviene de los entonces dirigentes del PCE, en 1955, cuando yo, para mi vergüenza, me había convertido en apparatchik, o asalariado del PCE (de 1954 a 1957). Su versión es esta: tras la muerte de Stalin, temiendo que Beria se hiciera con todo el poder y les asesinara a todos, los otros miembros del Politburó, Malenkov, Bulganine, Molotov, Jruschov, etcétera, le tendieron una trampa y en una reunión en la cumbre de ese mismo Politburó, un mariscal del ejército, no recuerdo a cuál de ellos se nombró, como los militares eran los únicos a quienes se permitía llegar armados a esas reuniones, asesinó fríamente a Beria en el Kremlin, inventándose luego la historia del proceso secreto y el fusilamiento “legal”, que podía parecer menos mafioso. De todas formas, y cualquiera que sea la verdad de estas dos versiones (y hasta puede haber una tercera), dan un magnífico ejemplo de “democracia proletaria”. Además, cosa que no mencionan los redactores de este dossier, a la muerte de Stalin no le sucedió Beria, como parecen decir, sino el dúo Malenkov/Bulganine. Es cierto que Beria, al frente del KGB, tenía un poder considerable y precisamente por ello le asesinaron, para que no les asesinara a ellos Y SE HICIERA CON TODO EL PODER. Más cierto aún es que hubo que esperar a 1956, cuando Jruchov se hizo con el poder, para que existiera un “deshielo”, como se decía.

El caso de Jruschov es bastante paradójico porque si fue más blando en el interior, fue muy agresivo en el exterior: brutal intervención militar en Hungría, en 1956, crisis de los cohetes en Cuba, en 1962, etcétera. Es cierto, sin embargo, que apenas muerto el Ególatra, como le calificó Soljénitsyn, la inaudita represión totalitaria se suavizó un poquitín y, por ejemplo, se abandonó el proyecto, previsto por Stalin, de la deportación de todos los judíos rusos al Gulag, campaña de depuración que había comenzado con el tristemente célebre “complot de las blusas blancas”, o sea, de los médicos judíos que habían, así se inventó, planeado de asesinar a Stalin, pretexto elegido por Stalin y Beria (éste no hacía nada sin el visto bueno de Stalin, el cual siempre contaba con el apoyo de su criminal en jefe, Beria), para la deportación masiva de los judíos, directamente inspirada de la solución final de Hitler. Pero como la historia de la URSS no es sino la historia de sus crímenes, ese abandono de la deportación masiva no impidió que en tiempos de Brejnev se deportaran a decenas de miles de judíos únicamente por serlo. Un millón de ellos, cuando pudo, emigró a Israel donde, se dice, constituyen un baluarte de la derecha israelí. ¿Quién podrá extrañarse, teniendo en cuenta su experiencia en el país del “socialismo triunfante”?

Volviendo al dossier de L’Histoire, notemos que si Michel Wintock se divierte recordando algunos ejemplos grotescos de culto de la personalidad de Stalin, en Francia se podría ampliar ese delirio “religioso” casi al mundo entero, baste recordar lo escrito por Neruda, Aragón, Diego de Montejaque y muchísimos más. Pocos años antes, con motivo del cumpleaños (70) del “hombre que más amamos”, como se proclamó en Francia en aquella ocasión, de todos los rincones del mundo en donde había comunistas, eran bastantes, partieron trenes, aviones, camiones, barcos.., cargados de regalos “proletarios” destinados al “padrecito de todos los pueblos”, al “dios vivo”. Algo totalmente inaudito e inconcebible hoy en día. Claro, se intentó, y de manera fatalmente totalitaria, repetir lo mismo con Mao y demás dirigentes comunistas de segunda fila, como Fidel Castro, pero dicho culto jamás cobró, en todo caso fuera de las fronteras de cada país, la amplitud, la profundidad, el fanatismo propios al culto a Stalin. Un caso único en la historia. Comparándolo, por ejemplo, con el más peligroso de los fanatismos bélicos y terroristas de la actualidad, o sea el islámico, dicho fanatismo no se concentra en torno a una sola persona. Ocurrió, sí, con el ayatola de marras, el loco criminal de Jomeini, pero sólo en Irán. Hasta en los países vecinos, también musulmanes, se le observaba con recelo. Había que ser tan imbécil políticamente como Michel Foucault para escribir, entusiasmado: “¡Al fin religión y política se dan la mano para hacer juntas la revolución!” Y en cuanto al “carisma” de Ben Laden, dejémoslo en la basura, no existe.

¿Cómo explicar esa gigantesca alineación? Evidentemente, el prestigio de la URSS, la revolución bolchevique, la referencia teórica al gran Marx, la gran estafa del “paraíso terrenal” por fin realizado, gracias al comunismo, todo eso y algunas cosas más desempeñaron su papel, pero creo que desempeñó un papel aún más importante la mentalidad profundamente reaccionaria de los comunistas, que con palabras de La Boétic calificaría de “servidumbre voluntaria”, esa exigencia absoluta de creer, de adorar, de someterse, ese profundo sadomasoquismo (se sacrificaban, pero a un poder todopoderoso, que mataba), lo cual hace de los comunistas, como de los nazis, o de los islamistas, las fuerzas más reaccionarias del mundo.

Y así, lógicamente, llego a Stephane Courtois y a su artículo en ese dossier. Stephane Courtois es una persona que considero muy estimable, coordinador del Libro Negro del Comunismo (obra muy útil, pero que tiene sus fallos; de su capítulo sobre España es flojo, por ejemplo), director de la interesante revista Communisme, autor de varios libros sobre la historia del PCF y de bastantes cosas más. En este texto quiere demostrar que Stalin no fue como así le presentaron Suvarín, Trotski y otros, hasta Jruschov en su “informe secreto”, un paranoico criminal, un asesino por capricho, un analfabeto intelectual y otras lindezas, sino el hombre de estado más importante del siglo XX. Ni en este breve artículo, ni en el resto de su obra, Courtois oculta nada, al revés, denuncia los crímenes de Stalin, los millones de muertos del totalitarismo, pero niega que se tratara de “caprichos” o de paranoia, sino que procedían de una estrategia monstruosa, pero coherente y eficaz. Yo estoy de acuerdo con Courtois para considerar que Stalin no era un minusválido, que la forma con la que conquistó todo el poder y lo ejerció demuestra inteligencia, voluntad y habilidad, como un cinismo absoluto. Pero al afirmar que Stalin fue a la vez un monstruo y un gran estadista me temo que muchos se queden únicamente con “gran estadista” y que bastantes, tratándose de sus innumerables crímenes, piensen: “pues está visto que no mató lo suficiente”. Porque los comunistas no lo fueron pese al terror y a sus gulags, sino a causa del terror y de sus gulags. En este sentido Stalin fue el arquetipo del comunista y del comunismo, porque no existe comunismo sin terror. Y me temo que en este sentido Stephane Courtois, veterano antiestalinista, haya escrito un artículo que para lo que queda de comunismo en las basuras constituya una rehabilitación de Stalin, bolchevique de la primera hora, gran estadista, cuyo único fallo sería no haber matado lo suficiente. El defecto esencial de este dossier es que en ningún momento, incluso como hipótesis, se plantea que jamás ha existido “comunismo con rostro humano” o “buen comunismo” o “eurocomunismo”, EL COMUNISMO ES SIEMPRE TOTALITARIO. El comunismo es Stalin.


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