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AL MICROSCOPIO

Sumidero de dudas

Que el partido Republicano en Estados Unidos no estaba dispuesto a esforzarse mucho para cumplir los acuerdos contra el cambio climático adoptados en Kyoto por sus predecesores demócratas a modo de herencia envenenada estaba claro. Durante las largas noches de negociación a la luz de la luna japonesa, los delegados republicanos en la Convención del Clima no perdieron ocasiones para airear un informe del Departamento de Energía de EE.UU. según el cual el acuerdo internacional supondría un aumento en el precio de la electricidad en un 86 por 100 durante la siguiente década y en un 53 por 100 en el caso de las gasolinas. Las posturas anti-moratoria contaminante esgrimían ya el argumento más demoledor dentro de las fronteras estadounidenses: el bolsillo del ciudadano, el precio como elemento regulador del crecimiento económico,

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como tótem de la ilusión monetaria del contribuyente. Hasta aquí, todo legítimo.

EL OTRO ARGUMENTO

Pero Kyoto supuso también la consagración de otro argumento contra la reducción global de emisiones de Co2. En este caso, se trataba de un argumento científico que, con el paso del tiempo, se está demostrando espurio. Estados Unidos encabezó el lobby a favor de la consideración de los bosques como sumideros de carbono.

¿QUÉ ES UN SUMIDERO DE CARBONO?

La mayor parte de la materia que compone a los seres vivos es agua. Del resto, más de 95 por 100 son elementos basados en el carbono. Esto quiere decir que el carbono está presente en las actividades del mundo vivo de manera inextricable. Los animales y plantas consumimos, absorbemos, procesamos y expulsamos carbono a la atmósfera. Es decir, por el simple hecho de vivir, contaminamos. La naturaleza se las ha ingeniado para reciclar buena parte de ese carbono y mantener sus niveles atmosféricos dentro de los márgenes inocuos para el planeta. Para ello existen sumideros de carbono (principalmente los bosques y los océanos) que absorben parte de este elemento y lo fijan en forma de sedimentos o lo devuelven a la cadena trófica a través de las hojas muertas o los troncos inermes de los árboles viejos.

LOS PAÑALES DEL PLANETA

Bosques y mares se convierten así en los pañales de la Tierra, las compresas que retienen los residuos contaminantes de la dura actividad de vivir. El problema surge cuando el ser humano, con su actividad industrial, empieza a arrojar a la atmósfera mayor cantidad de carbono en forma de gases de combustibles fósiles de la que los pañales son capaces de esconder.

¿SOLUCIÓN?

Algunos científicos han propuesto que la plantación masiva de árboles especializados en el reciclado de carbono podría compensar los efectos de la contaminación energética de un país. Dicho de otro modo, tal y como le ha gustado repetir a las autoridades de Estados Unidos y Canadá, un país puede librarse de reducir sus emisiones de Co2 si, a cambio, compensa esta suciedad aumentando las extensiones forestales en su territorio o en otros.

NO ESTÁ MAL

En principio parece lógico. Los bosques y las selvas mundiales actualmente se comen el 25 por 100 de la contaminación humana. Sin la presencia de estos pulmones verdes, la salud del planeta sería mucho peor aún de lo que pronostican los más agoreros ecoalarmistas. De hecho, se cree que el 50 por 100 del peso de un árbol viejo puede ser, simplemente, carbono reciclado. Aumentar las extensiones forestales implicaría reducir aún más el impacto climatológico de la contaminación energética. El crecimiento y los precios estarían a salvo.

PERO NO ESTÁ BIEN

Sin embargo no todos los argumentos son tan favorables. Primero hay que enfrentar a la idea algo de sentido común. La reducción de la contaminación energética significa evitar que un combustible fósil sea quemado para producir gases de efecto invernadero. Es decir, se trata de una solución definitiva, el carbón o el petróleo bajo tierra no contaminan. Sin embargo, el aumento de las extensiones boscosas produce dos efectos perversos. Por un lado permite que se siga contaminando, por otro se trata de una solución al pairo del destino: ¿qué pasa si esa masa boscosa se quema por la caída de un rayo?, ¿y si la nación receptora entra en guerra y pierde parte de su patrimonio natural?, ¿quién garantiza a nuestros hijos que los gobiernos sucesivos van a seguir preocupándose de plantar árboles para limpiar la porquería que arrojaron sus abuelos?

LA ÚNICA CERTEZA ES QUE NO HAY CERTEZAS

Los estudios no dejan de ser contradictorios. Algunos modelos informáticos han planteado que, a corto plazo, el cambio climático podría tener efectos positivos sobre la vegetación del hemisferio Norte. Los bosques se beneficiarían del aumento de carbono en la atmósfera y de la moderación de los cambios de temperatura estacionales. Un clima más templado favorece el crecimiento de las masas vegetales. Sin embargo, en las zonas tropicales y subtropicales el ascenso de los termómetros tendría consecuencias devastadoras para la vegetación. Ponderando todos los datos, se observa un aumento de la capacidad de absorción de carbono durante gran parte del siglo XXI, hágase lo que se haga con las emisiones. Pero, a finales de este siglo, se producirá una considerable reducción de la biomasa si no se toman medidas de control de la contaminación.

LARGO ME LO FIÁIS

El largo plazo no está en la mente de los políticos y escasea en la de los economistas. Pero los científicos suelen proyectar sus modelos con muchas décadas de antelación. Perece evidente que la apuesta de la administración estadounidense por enrocarse en el tema de la reducción de emisiones y mostrar la muleta de los sumideros de carbono para engañar la embestida del toro ecologista no es sólo legítima sino que resulta científicamente correcta a corto plazo. Pero pensando en las generaciones futuras, carece de todo valor científico y presenta muchas dudas morales. Pero a estas alturas, ¿a quién se le ocurre pensar en las generaciones futuras, hombre?

PARA COLMO

Esta semana hemos conocido un artículo de varios investigadores de la Universidad de Duke más que preocupante. Según sus modelos a escala con minibosques a los que regaban con emisiones de carbono artificiales, la capacidad de los árboles para absorber la contaminación es mucho menor de lo que se creía. El efecto sumidero se desangra de razones científicas. Ya sólo se sostiene sobre la legitimidad de la economía de mercado. Sobre el derecho de las naciones a crecer de manera sostenida (que no sostenible) aún a cuenta de su medio ambiente. Y eso es lo que, a la postre, importa ¿o, no?
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