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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Tuvo Jesús hermanos?

El reciente descubrimiento de un osario en Jerusalén con la inscripción "Jacob, hijo de José y hermano de Jesús" ha causado un notable revuelo, al interpretarse como una prueba de que Jesús de Nazaret habría tenido hermanos lo que, supuestamente, haría tambalearse las bases del cristianismo. Pero, ¿tuvo Jesús hermanos? Y, en caso afirmativo, ¿qué trascendencia tendría para la fe cristiana?

La referencia a los hermanos de Jesús sólo puede causar sorpresa en aquellos que no han leído nunca el texto completo de los Evangelios. En estos textos abundan las referencias a los hermanos de Jesús, e incluso llega a darse el nombre de los mismos. Como señala el Evangelio de Marcos (6, 3 ss) y el de Mateo (13, 54-55), los hermanos se llamaban Santiago, José, Simón y Judas y habría al menos dos hermanas de las que no se dan los nombres. Sabemos también por el Nuevo Testamento que esos hermanos no creían en Jesús inicialmente (Juan 7, 5) y que incluso en un primer momento, en compañía de María, intentaron disuadirle de su ministerio (Mateo 12, 46 ss). Esa incredulidad de los hermanos de Jesús seguramente explica que en la cruz encomendara el cuidado de su madre al discípulo amado. Sin embargo, también consta que se produjo un cambio al poco de la muerte, ya que en Pentecostés tanto María como los hermanos de Jesús ya formaban parte de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén (Hechos 1, 14). No sabemos con total certeza a qué obedeció la transformación, pero todo parece señalar que pudo deberse a la convicción de que Jesús había resucitado. De hecho, Pablo, escribiendo un par de décadas después, señalaba que entre las personas que vieron a Jesús resucitado se encontraba Santiago (I Corintios 15, 7). Cabe pues pensar que esa circunstancia provocó un cambio radical en él y, muy posiblemente, también en los otros hermanos.

El papel que tendrían en los años siguientes en el seno de la comunidad cristiana varió, pero no cabe duda de que Santiago fue el más importante. En torno a década y media después de la crucifixión, Santiago era con Pedro y Juan una de las "columnas" de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén según informa el propio Pablo escribiendo a los gálatas (Gálatas 2, 9). La marcha a actividades misioneras de Pedro y Juan dejó a Santiago como dirigente indiscutible de la comunidad jerosilimitana, de tal manera que en torno al año 49 se celebró bajo su presidencia un concilio que abrió definitivamente las puertas de la nueva fe a los no-judíos. El acontecimiento, narrado en el capítulo 15 del libro de los Hechos de los apóstoles, tiene una enorme relevancia, ya que muestra cómo, a diferencia de lo que se afirma tantas veces, la conversión del cristianismo en una religión universal no derivó de Pablo sino de los dirigentes judeo-cristianos, muy especialmente Santiago y también Pedro. Sólo con el paso del tiempo, Pablo se convertiría en el principal defensor de esa tesis y, sobre todo, en su transmisor en Europa.

Algunos años después de esas fechas, debió escribir Santiago la epístola que lleva su nombre y que figura en el Nuevo Testamento. En ella se refleja con claridad la dificultad que pasaba la comunidad de Jerusalén durante la década de los cincuenta y la preocupación de Santiago por el hecho de que la doctrina de la justificación por la fe enseñada por Pablo en algunos de sus grandes escritos, como las epístolas a los Gálatas (1, 15-21; etc) o a los Romanos (3, 21-30; 4, 1-6; 5, 1, etc), no derivara en un antinomianismo. Santiago sostenía –como Pedro lo había hecho en el concilio de Jerusalén (Hechos 15, 8-12)– que la justificación no podía venir por las obras, sino por la fe en Jesús, pero insistía en que semejante justificación debía quedar de manifiesto en obras tangibles. En otras palabras, desarrollaba el mismo argumento que algún tiempo después Pablo señalaría en su epístola a los Efesios (2, 8-10): la salvación era por la fe, pero de ello debía desprenderse con posterioridad una vida de obedeciencia no para obtener la salvación, sino porque ya se tenía la salvación.

Esta identidad de visión explica que las relaciones con Pablo no quedaran nubladas por este escrito –algo que hubiera sucedido, sin duda, si Santiago hubiera negado la tesis de la justificación por la fe– como también se desprende del encuentro que ambos tuvieron en Jerusalén poco antes de la detención del apóstol de los gentiles (Hechos 21). Santiago continuaba siendo un fiel seguidor de la Torah mosaica a la vez que un conocido cristiano y la unión de ambas circunstancias le había permitido ganar para la fe de su hermano a millares de judíos. Los testimonios neotestamentarios sobre Santiago concluyen en ese punto –un argumento muy poderoso a la hora de datar la redacción de los Hechos de los apóstoles antes del 62 d. de C.– pero no los extra-bíblicos. Por el historiador judío Flavio Josefo sabemos, por ejemplo, que fue linchado en el 62 d. de C. por una turba de integristas judíos y curiosamente este historiador lo menciona como "Santiago, el hermano de Jesús, el llamado mesías".

Del resto de hermanos de Jesús poco sabemos. Hegesipo transmite la noticia de que las hermanas se llamaban Salomé y Susana, y el Nuevo Testamento contiene una epístola de Judas que, posiblemente, se deba al hermano de Jesús del mismo nombre, ya que en ella se presenta como "hermano de Santiago". Tal y como informa Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica, en la época de Domiciano se procedió a la detención de otro de los hermanos de Jesús por temor a que, siendo de ascendencia davídica, pudiera sublevarse contra Roma. Tras interrogarlo, las autoridades romanas llegaron a la conclusión de que era inofensivo y lo pusieron en libertad. Finalmente, ha de señalarse que el último familiar de Jesús que conocemos, un tal Conón, hijo de un hermano, fue martirizado a inicios del siglo II y su tumba se encuentra en Nazaret dentro del recinto de la basílica de la Anunciación y bajo los cuidados actuales de la Custodia de Tierra Santa encomendada desde hace siglos a los franciscanos. Por lo tanto, de todo lo anterior se desprende que cualquiera que conozca el Nuevo Testamento –no digamos ya si además ha leido a Josefo o a Eusebio de Cesarea– la mención de los hermanos de Jesús no reviste ninguna novedad.

¿Qué cabe decir sobre la supuesta repercusión del hallazgo sobre las distintas confesiones cristianas? Para las iglesias protestantes, que siempre han interpretado el término "hermano" como hermano siguiendo la interpretación judía, no existe la menor incidencia negativa del supuesto hallazgo de Santiago. El mismo sólo vendría a confirmar, de asegurarse su autenticidad, lo ya sabido por la Biblia. Sabido es que la iglesia católica y las iglesias ortodoxas sostienen, por el contrario, el dogma de la virginidad perpetua de María que, obviamente, colisiona con esa interpretación. Sin embargo, con toda seguridad, el descubrimiento no va a alterar su dogmática más de lo que lo hayan podido hacer los datos consignados en las Escrituras. Históricamente, la Patrística –salvo algunos autores muy antiguos que aceptarían la interpretación judeo-protestante– ha interpretado el término "hermano" como "hermanastro" –lo que convertiría a Santiago, José, Simón y Judas en fruto de un matrimonio anterior de José– o, más comúnmente, como parientes o primos. Ciertamente, tal interpretación es imposible sobre el griego del Nuevo Testamento, donde existen términos específicos para primo (anépsios en Colosenses 4, 10) y para pariente (singuenis en Lucas 14, 12). No obstante, puede ser posible en hebreo o arameo, donde el término "ah" (hermano) tiene un campo semántico más amplio que puede incluir otras relaciones de parentesco.

Es verdad, como decía Paul Bonnard, que de no mediar el dogma de la virginidad perpetua de María seguramente no se habrían dado tantas vueltas para llegar a esa conclusión, pero no es menos verdad que semejante conclusión no es descabellada. Por lo tanto –y debería ser una lección que aprendieran algunos periodistas– ni el dato es nuevo y sensacional ni va a alterar en absoluto el dogma de ninguna de las confesiones cristianas más de lo que hayan podido hacerlo los casi veinte siglos de existencia del Nuevo Testamento.

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