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EL LIBRO DE LA SEMANA

Un etarra frustrado llamado Arzalluz

Buena parte de las biografías publicadas en las últimas décadas se han dividido en dos grandes grupos. En primer lugar, se hallan aquellas que cuentan con la ayuda de los familiares y partidarios del biografiado, que precisamente por esa circunstancia permiten la reproducción de documentos no escasamente valiosos y que, no obstante, dado el carácter interesadamente favorable del personaje en cuestión acaban convirtiéndose en textos que se ha dado en llamar oficiales o autorizadas. Frente a éstas se agrupa otro conjunto que pretende descubrir la realidad oculta del personaje y que, por ello precisamente, desmitifica y debela el icono transmitido en ocasiones durante siglos. Se denomina a este enfoque “biografía no autorizada”. En sí, la pertenencia a uno u otro grupo no prefigura la calidad de la obra.

Existen biografías oficiales que se convierten en textos de lectura obligada por su riqueza de datos mientras que otras no autorizadas no pasan de ser libelos injuriosos o panfletos intolerables. La biografía de Javier Arzalluz, el actual presidente de la Asamblea nacional del PNV, debida a los periodistas de investigación José Díaz Herrera e Isabel Durán pertenece al grupo de las no autorizadas pero, a la vez, resulta un intento biográfico de notable calidad y contenido no por explosivo menos difícil de refutar.

De creer los textos nacionalistas oficiales, Javier Arzalluz siempre habría sido un personaje de trayectoria brillante intelectualmente, intachable moralmente e impoluta democráticamente. La realidad, a juzgar por la documentación aportada en este libro, resulta radicalmente distinta. Arzalluz desde luego nunca fue una lumbrera intelectual. En realidad, la Compañía de Jesús a la que perteneció se planteó que no debía dedicarse a los estudios superiores aquel muchacho que mataba el tiempo interpretando el himno nacional. Dios y ayuda le costó, por lo tanto, a aquel hijo de un carlista vasco, llamado Felipe Higinio Arzalluz Eizmendi, que se sumó al alzamiento de julio de 1936 y fue miembro de la guardia de honor de Franco, convencer a sus superiores para que le autorizaran a cursar derecho en la universidad de Zaragoza. Arzalluz, que seguía sin ser un águila en términos intelectuales, necesitó ocho años para terminar la carrera, plazo muy dilatado que en los textos oficiales ha quedado reducido a tan sólo tres.

Durante esa época (1961-1965) Arzalluz entró en contacto por primera vez con algunos dirigentes terroristas de ETA que se habían entrenado militarmente en Argel. Estos contactos no se vieron interrumpidos por el hecho de que Arzalluz fuera enviado al seminario de Santk Georgen en Frankfurt donde fue ordenado sacerdote. Por esa época comenzó a conocérsele en el seno de la emigración española en Alemania con el mote de “El nazi” nacido de su intransigencia en la exposición de sus opiniones políticas.

Finalmente, los últimos votos de la Compañía los pronunció Arzalluz el 2 de febrero de 1967. Sin embargo, el 7 de diciembre de 1970 fue expulsado de la misma por su quebrantamiento reiterado del voto de castidad. Este cambio forzoso de estado fue paralelo a su paso a la política —y no viceversa como se ha pretendido oficialmente— con una orientación inicial por la socialdemocracia. En esa época se le admitió en calidad de profesor en prácticas en la cátedra de Teoría del Estado de Madrid que regentaba Carlos Ollero. Sin embargo, al parecer, Arzalluz no había dejado de tener un cerebro romo. Así, como docente, no pasó de cuidar en los exámenes y no se le permitió impartir clase. Tampoco fue capaz de concluir su tesis doctoral y cuando se trasladó a dar Derecho político en la universidad de Deusto tuvo una mala acogida por parte de los alumnos a pesar de darles aprobado general.

En cualquier caso, todos estos aspectos palidecen cuando se examina la verdad de sus relaciones con ETA. Tras ser rechazado por los socialdemócratas de Madrid, Arzalluz realizó acercamientos a ETA e incluso mantuvo conversaciones con José Luis Álvarez Emparanza, Txillardegui, para crear un frente nacionalista que lograra la independencia de las Vascongadas. En diciembre de 1970, solicitó incluso formalmente el ingreso en la banda terrorista que le fue denegado por haberse manifestado en contra de la invasión soviética de Checoslovaquia. Finalmente, Arzalluz optó por integrarse en el PNV aunque nunca abandonó su política de contactos con ETA. A la sangrienta organización acudió durante la redacción de la Constitución, la negociación del Estatuto de Guernica o la aprobación de la LOAPA.

La estrategia siempre era la misma. En todas las ocasiones, las acciones de Arzalluz estuvieron encaminadas no a lograr el final de la violencia sino a conseguir que ETA ayudara al PNV en sus objetivos. De hecho, en 1992 cuando la banda terrorista se encontraba a punto de capitular, Arzalluz se entrevistó con dirigentes de HB y autorizó el cambio de trazado de la autopista de Leizarán pactado entre todas las instituciones y fuerzas políticas del país para proporcionar un balón de oxígeno a los terroristas. Visto desde esta perspectiva, el Pacto de Estella no fue un cambio cualitativo sino la continuación de una estrategia ya abrazada —y nunca abandonada— en la década de los setenta. El análisis final no puede ser más elocuente.

Arzalluz no es un intelectual pero sí un independentista que nunca ha sido leal al orden constitucional y que sabe que necesita indispensablemente la sangre derramada por ETA para obtener su objetivo de una nación vasca caracterizada por el gobierno del nacionalismo y la limpieza étnica.

José Diaz Herrera e Isabel Durán, Arzalluz. La dictadura del miedo, Madrid, Planeta, 2001. 616 páginas.


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