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EXPOSICIONES

Un siglo en La Mancha

El centro Conde Duque acaba de inaugurar con el título de “Memoria y modernidad. Arte y artistas del siglo XX en Castilla La Mancha” una exposición, que ya se pudo ver en Toledo y que pretende estudiar el papel que desempeña el territorio manchego, su imagen y su pasado en una determinada incorporación del arte español a la modernidad. Para ello se han reunido cerca de 150 obras entre pinturas, esculturas, fotografías, diseños de decorados y propuestas conceptuales.

Pablo Jimenez
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La vista del conjunto propone una colección tan variada y rica que resulta difícil sintetizar un planteamiento de conjunto. Sin embargo sí es sorprendente cómo uno de los territorios en principio más olvidados de nuestra geografía en cuanto a manifestaciones artísticas y culturales se refiere ha desempeñado, realmente, y un papel de cierta importancia en el arte de este siglo que acaba de terminar.

Uno de los pintores que mantienen una presencia más abrumadora en la pintura del cambio de siglo y no sólo en España es El Greco. Por mucho que su redescubrimiento se realizara antes en Europa que en nuestro país y que cuando llega a España lo hace de mano, fundamentalmente, de Rusiñol y del Modernisme catalán, no lo es menos que un artista más vinculado a Castilla, como es Zuloaga, también desempeñó un papel de cierta importancia en ese capítulo.

Castilla, fue una imagen recuperada por el 98 para presentar una España desértica y depauperada. Una España vencida y sin más esperanza que la autorreflexión y la ascesis intelectual y artística.

Pero para la generación siguiente, para los pensadores y artistas de lo que podemos llamar generación del 14, Castilla fue, fundamentalmente, la ciudad de Toledo como símbolo de la posibilidad de una modernización desde la historia y el casticismo.

Y esa extraña simbiosis entre la voluntad de internacionalización y la necesidad de un casticismo es lo que dará una personalidad muy especial a la vanguardia que surge en nuestro país precisamente en los años 20 y 30 y que bien podemos englobar como próxima a esa generación del 14 que tuvo como grandes agitadores y pensadores a Ramón Gómez de la Serna, Ortega y Gasset y Eugenio D’Ors.

Así, las fiestas populares, pero también las características de un paisaje especialmente árido y de fuerte personalidad marcan de manera clara a muchos de esos artistas que, al mismo tiempo, se interesaban por el realismo mágico o planteamientos pseudo surrealistas.

La primera escuela de Vallecas con Palencia, Alberto y Maruja Mallo, marca un capítulo importante en esta apropiación de un determinado paisaje para subrayar el símbolo de una determinada manera de ver y de entender el mundo.

Tras la guerra civil, este paisaje castellano, (que también había sido el lugar de encuentro de Beruete y Sorolla, en una aventura compartida de la que los dos salieron beneficiados) se convirtió rápidamente en el símbolo de una España depauperada y atrasada, en un nuevo desierto que atravesar y en el páramo espiritual de una situación realmente asfixiante desde todo punto de vista.

Curiosamente, tal vez por lo desesperado de la situación, a partir de la guerra civil, Castilla y Madrid, casi como si fuera una capital manchega más que la del Estado, adquieren una gran importancia en los movimientos de modernización del arte y la cultura españolas, e incluso en lo que se refiere a los movimientos de vanguardia. Papel tradicionalmente reservado a los centros artísticos de la periferia que terminarán el siglo con planteamientos localistas y cada vez menos internacionales.

Hay distintas Escuelas de Madrid. Tal vez la que mejor se asocia al nombre es la de los hiperrealistas próximos a Antonio López. Pero también la de los Redondela, Guijarro, Úbeda, etc, que desempeñó un papel lo suficientemente importante como para dejarnos una estética reconocible. La de los años 70 de los Pérez Villalta, Alcolea y demás, pero también la de movimientos de vanguardia no por su pintoresquismo menos interesantes, como el “postismo” de Gregorio Prieto y Carlos Edmundo de Ory.

Castilla, lo castellano y Madrid, adquieren una gran importancia en esta segunda mitad de siglo hasta prácticamente los años 80 en los que se reivindica más un carácter claramente más cosmopolita e interregional frente a los procesos de inventario local que emprenden, con la democracia las distintas autonomías del Estado.

La exposición sirve para reflexionar sobre todo ello, pero, sobre todo, para contemplar desde una óptica infrecuente y llena de sorpresas el desigual devenir, en cuanto a calidad, de la historia del arte en nuestro país.
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