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ELECCIONES VISTAS DESDE EL MUNDO CATÓLICO

Ahora es bello comenzar de nuevo

Corriere della Sera del 11 de marzo. El periodista Aldo Cazzullo dispara a bocajarro: "Cardenal, ¿han perdido ustedes las elecciones? ¿La victoria de Zapatero es la derrota de los obispos?". La respuesta del cardenal Cañizares es contundente: "No, me congratulo con Zapatero, deseamos colaborar con él para que se mueva en el surco de la Constitución y persiga, como hace la Iglesia, el bien común."

En otro momento, el periodista le interroga sobre el futuro: "El futuro de nuestra sociedad se juega en una gran batalla cultural, de la que ningún católico puede desertar... la Iglesia debe evangelizar España".

¿Para qué negarlo? Zapatero ha salido reforzado después de una legislatura de profunda ruptura de los consensos básicos de la sociedad española, la más convulsa de la democracia, la que ha visto mayor resistencia cívica en las calles frente a un proyecto ideológico que ha pretendido cambiar el tejido ético-cultural que sostiene nuestra convivencia civil. La distorsión de la familia, las quimeras biomédicas, el escarnio cultural de la tradición cristiana y la imposición de una moral de Estado a través de la escuela no han sido anécdotas de la pasada legislatura, sino un eje fundamental de la política de Zapatero. El mundo católico lo ha visto así en sus diversas articulaciones, y ha plantado cara con mayor o menor fortuna. Se ha demostrado que había un pueblo dispuesto a defender su identidad y capaz de recordar al conjunto de la sociedad algunos elementos esenciales del bien común en riesgo de perderse.

Pero ahora las urnas han hablado y su diagnóstico no puede dejarnos indiferentes. Hay una mayoría social para la que la deriva radical de Zapatero no ha sido un inconveniente, más aún, ha resultado atractiva. Las grandes manifestaciones a favor de la familia y la libertad de educación y contra la inmoralidad del diálogo político con los terroristas no pueden encubrir la realidad de una sociedad que ha soltado amarras de su antigua tradición cristiana. Para el mundo católico español esta cura de realismo no debería llevar a la frustración, pero sí a corregir el rumbo. No se trata de abandonar el ágora para refugiarse en los cuarteles de invierno, sino de aprender un nuevo modo de hacerse presente.

Antonio CañizaresA este respecto, recuerdo el comentario de don Luigi Giussani a los suyos tras la pavorosa derrota del mundo católico italiano en el referéndum del 82 para revocar la ley del aborto: "Este es un momento en que sería hermoso ser doce en el mundo, es decir, es un momento en que se vuelve al principio, porque está demostrado que la mentalidad ya no es cristiana, el cristianismo como presencia estable, consistente y por ello capaz de tradere –tradición, comunicación– ya no existe." Efectivamente, es un momento para afrontar de verdad y sin medias tintas, que nos espera una época de siembra paciente, de construir ladrillo a ladrillo, de abrir un diálogo arduo y fatigoso con amplísimas franjas sociales, que ni siquiera implícitamente se reconocen ya en lo que de un modo un tanto ambiguo llamamos con frecuencia "valores cristianos".

En realidad es una vana ilusión pretender obtener ciertas victorias en el ámbito de la política, cuando previamente se experimenta una derrota cotidiana en el de la cultura y la mentalidad social. Tiene razón el cardenal Cañizares cuando dice que el futuro se juega en una gran batalla cultural, y cuando señala a continuación que la tarea principal de la Iglesia, aquí y ahora, consiste en la evangelización de nuestra sociedad. Es preciso que esta conciencia arraigue en todos los rincones del cuerpo eclesial, y que todos saquemos las consecuencias, porque evangelizar no consiste sólo en decir más alto y más fuerte la verdad, sino en lograr que esta verdad sea reconocida y amada por quienes hoy se encuentran a una distancia sideral.

Mientras tanto, en el campo estricto de la política habrá que hacer lo que se pueda, siempre mirando a la defensa de los elementos fundamentales del bien común, buscando alianzas inteligentes con grupos y personalidades del mundo laico (de izquierda y derecha) con las que sea posible compartir algunos valores esenciales, como la libertad, la subsidiariedad y la defensa de la vida. Y habrá que favorecer aquellos partidos que ofrezcan mayor espacio de libertad y un dique más sólido a la destrucción de esos valores. Este es un campo en el que hacen falta aproximaciones y soluciones imperfectas, pactos coyunturales como los ha buscado siempre la Iglesia en situaciones mucho más difíciles que las actuales.

Tras el 9-M vuelve a mi cabeza la intuición del filósofo McIntyre: no estamos esperando a Godot, sino a un moderno san Benito. La respuesta no es la agitación permanente, ni la dialéctica acerada, ni el derrotismo que culpabiliza a todo el mundo de las miserias de esta época. Como hizo Benito con sus monjes, es preciso construir comunidades en las que sea posible encontrar hoy el cristianismo como realidad presente, histórica, que hace cuentas con todos los aspectos de la realidad. Lugares capaces de generar cultura, de cuidar y acoger la vida con todos sus dolores, lugares que no estén amurallados sino que irradien el potente atractivo de la vida cristiana a través del testimonio de sus gentes, en un diálogo a campo abierto que no puede dar nada por supuesto.

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