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DEUS CARITAS EST

Caridad frente a justicia social

La justicia y el amor se enlazan a través de la libertad. Todo derecho que atente contra la libertad individual, simplemente es un instrumento de dominación; todo amor que no proceda de la voluntad humana sólo constituye una caricatura de la unidad entre Dios y el hombre. Como ya he explicado en otra parte, la primera Encíclica de Benedicto XVI, Deus Caritas Est, supone un revulsivo para la necesaria separación entre justicia y caridad; y en tanto no pretende mezclarlas mediante la fuerza, potencia la libertad.

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Los Estados, a lo largo de toda su historia, han ido avanzando en un proceso de socialización de las relaciones humanas. En su pretensión herética por matar a Dios y colocarse en su lugar, los gobiernos han pretendido eliminar el componente caritativo del individuo. El amor, dice la izquierda, no puede ser la causa de la ayuda al prójimo; el desfavorecido tiene derecho a coaccionar al resto de la sociedad para mejorar su posición. La solidaridad deja de ser asunto de la caridad y se convierte en monopolio de la “justicia social”.

De hecho, el monstruoso aparato redistributivo del “Estado de Bienestar” procede de una ideología tiránica que invalida de facto la caridad como herramienta de ayuda y colaboración humana. El ser humano no necesita de amor, sin del pan que el Estado ha expoliado al resto de los individuos.

La auténtica caridad

Benedicto XVI, como no podía ser de otro modo, ha denunciado que esta concepción materialista “humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano”. El amor implica compasión hacia el prójimo, esto es, padecer conjuntamente; cargar de manera voluntaria con la pesada cruz de quienes sufren.

“El programa del cristiano –el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús– es un ‘corazón que ve’.” El Estado de Bienestar difumina la visión humana; la ayuda al prójimo se convierte en parte de un programa político, de un trámite administrativo: “El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano– necesita: una entrañable atención personal”.

La idea de prójimo desaparece en el abstracto; el individuo necesitado se despersonifica en los papeleos funcionariales. La represión necesaria para financiar los ingentes e ineficientes gastos del Leviatán queda convalidada por un amañado utilitarismo ético que no atiende a la justicia por la bondad intrínseca de la acción, sino por la conveniencia de los poderosos.

Antonio Carrillo: EL ABRAZO (detalle).Hay que recuperar la idea de prójimo, no como la innacesible colectivización de la necesidad, sino como la universalización de lo concreto, del amor potencial a cada ser humano en particular: “El amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora”. El prójimo requiere de la cercanía humana, no de las frías e indiferentes paredes de la Administración sufragadas por el sudor de la frente ajena.

Y es que cuando no amamos por “compasión”, sino por obligación, por rutina o por costumbre, puede que seamos piadosos y sumisos, pero no caritativos. “Si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo ‘piadoso’ y cumplir con mis ‘deberes religiosos’, se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación ‘correcta’, pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios”. ¿Qué valor tiene la indiferente aceptación del robo fiscal cuyo objeto es malgastar el botín en cualesquier programa público desligado de nuestra efectiva acción caritativa? La caridad se realiza día a día, con nuestra propiedad y de acuerdo con nuestra voluntad. Una caridad vaciada de libertad es una caridad que no cumple su objetivo de amar al prójimo y, a través del prójimo, a Dios.

Los ajusticiamientos revolucionarios que propugna el marxismo a través de la planificación de las relaciones sociales no tienen nada que ver con el amor. Son, como el propio Ratzinger deja claro en “Fe, verdad y tolerancia”, una crueldad evidenciada cuyo progreso social necesita de víctimas y sacrificios. El mundo no se mejora con la violencia que instrumentaliza el Estado, sino “haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible”.

De hecho, imponer el sufrimiento ajeno aun cuando no estemos dispuestos o capacitados para aceptarlo, no sólo es una afrenta antiliberal, sino también anticristiana: “Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este ‘antes’ de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta”. El Estado pretende que soportemos cargas distintas a las que cada uno habría aceptado; desecha el amor como causa de unión entre los hombres, e instituye la reglamentación y el control político.

Por ello, “quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia”. La fe “creída y vivida” es una experiencia en el amor de y hacia Dios que nada tiene que ver con las cadenas positivistas y de adhesión inquebrantable que requiere el Estado.

La universalización de la justicia social, de la igualdad en los resultados, por consiguiente, significa la negación del amor y, además, de la auténtica justicia. Niega el amor porque, como hemos visto, pretende sustituirlo y expulsarlo del ámbito que realmente le corresponde; “el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa”. Niega la auténtica justicia porque no “se da a cada uno lo que le corresponde”.

Leonardo da Vinci: EL HOMBRE DE VITRUVIO.Autonomía y responsabilidad en la comunidad

La libertad y la propiedad privada –la justicia– son socavadas por un Estado omnipotente que convierte a los individuos en esclavos de una maquinaria redistributiva que sustituye a los lazos familiares, comunitarios y religiosos. Y en su negación de la justicia que le antecede, el Estado, siguiendo a San Agustín, se reduce “a una gran banda de ladrones”.

Frente a los esquemas coactivos que favorecen los socialistas, se hace necesario reivindicar el papel del individuo incardinado en su comunidad: “La misión de los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según sus respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad”.

La autonomía y la responsabilidad son los dos soportes sobre los que descansa la libertad individual, precisamente los mismos soportes sobre los que debe descansar la caridad para que tenga un auténtico componente moral que no diluya a la Iglesia “en una organización asistencial genérica”. Si el Estado de Bienestar nos conduce hacia la heteronomía del poder político y hacia la irresponsabilidad por los necesitados, la libertad posibilita el ejercicio de la caridad a través de los nexos de cooperación humanos.

Así, el capitalismo refuerza al mismo tiempo la autonomía individual y la sociedad fruto de los lazos voluntaria y caritativamente asumidos. Los acuerdos entre las personas benefician a ambas partes; el intercambio trasciende la materialidad y se convierte en un modo de satisfacer al prójimo sin caer en la absoluta liberalidad. “El hombre [no] puede vivir exclusivamente del amor oblativo descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir”.

El liberalismo –no como laicismo antieclesiástico fruto de la Revolución Francesa, sino como conjunto de valores que reconocen la dignidad natural del individuo cuya marca distintiva es la libertad– es el marco en el que la caridad puede realmente ejercitarse sin cortapisas ni injerencias políticas. La Iglesia, de hecho, es un paradigma de sociedad de individuos libres que aúnan sus voluntades en el ejercicio de la Fe y el amor comunitario.

Frente a la nacionalización del amor impulsada por los ideólogos de la justicia social y del Estado de Bienestar, Benedicto XVI ha reivindicado la necesaria separación entre amor y justicia. Ni la justicia es el modo de practicar el amor, ni el amor tiene que confundirse con la obligación coactiva.

Ahora bien, la fe y la política, el amor y la justicia, a pesar de estar separados, se concilian a través de la libertad humana. El amor debe ser libremente entregado y recibido y la justicia debe tomar como punto de partida la irreductible libertad individual que brota de la naturaleza “amada” del ser humano.

La omnipotencia y absolutización del Estado deben retroceder en favor de la caridad comunitaria.
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