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REFLEXIONES

El cansancio de la Iglesia y su remedio

"El cansancio de la Iglesia existe, desde luego. La Iglesia puede cansarse incluso en zonas culturales enteras, y también caer". Son palabras duras pero verdaderas. Se las dirigió el cardenal Joseph Ratzinger a su interlocutor, Peter Seewald, durante la entrevista que después daría lugar al libro Dios y el mundo.

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Sí, ese cansancio existe y se presenta con diversas formas. Desde una campaña feminista para reclamar la paridad en la Iglesia a la demanda de un defensor del creyente. Pero también se expresa en la queja constante por la supuesta falta de rigor de los obispos a la hora de corregir desmanes doctrinales, o en el ritornello de que la Curia es un desastre. Siempre hay algún motivo a mano, ya sea izquierda o derecha.

Pero de todos los cansancios el más pernicioso es el de quienes ya no esperan de la Iglesia lo único que sólo ella puede dar. El de quienes la reducen a mero instrumento del sistema para que ofrezca un suplemento ético o una consolación espiritual. Y existe también el cansancio, más noble, de quienes sienten que han hecho todo lo posible, que han bregado toda la noche sin sacar nada... hasta que les vence el escepticismo. De estos cansancios varios no se sale con planes eficientes ni con voluntarismo. Sólo la gracia de Dios, el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, puede recuperar su organismo cansado y darle una nueva vitalidad. ¿Es esto salirse del problema? Sinceramente creo que no, es afrontarlo en toda su crudeza.

Claro que no se trata de esperar que esto suceda como quien espera a Godot sino de abrir los ojos para contemplar lo que ya sucede aquí y ahora, ya que por fortuna el Espíritu no descansa. Como bien recordaba el cardenal Ratzinger en el mencionado diálogo con Seewald, a esta Iglesia (y no a otra que podamos imaginar o proyectar) se le ha prometido "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo", lo cual no significa que a cada parcela o diócesis de la Iglesia se le haya ofrecido salvoconducto para la eternidad. La Iglesia puede caer, oscurecerse, y en algunas regiones incluso desaparecer, pero la promesa sigue siempre en pie y el Señor la cumple con su fantasía que nos descoloca y nos desborda. Por ejemplo, ¿quién podía pensar a finales del siglo XVIII que la Iglesia sería la abanderada de la libertad en el Este de Europa, o que a comienzos del XXI un Papa hablaría a los modernos como sabe hacerlo Benedicto XVI, o que una pobre monja albanesa desvelaría en la India la potencia inaudita de la caridad, como pudo hacerlo Madre Teresa?

El cansancio existe y puede tener sus justificaciones varias, pero en último término desvela un error de fondo. El de no reconocer a la Iglesia como lo que realmente es: el hogar de gracia en el que nuestra humanidad se recupera continuamente, el único ámbito vital que permite el encuentro con Cristo y su seguimiento real, más allá de nuestras proyecciones sicológicas y de nuestras pretensiones ideológicas. Los hombres de Iglesia podrán resultar más o menos simpáticos en cada momento, más o menos acertados en sus opciones históricas, pero sólo en el cuerpo concreto de la Iglesia encontramos a Cristo tal cual es, y no al fantasma que cada uno se puede, incluso involuntariamente, construir.

El gran escritor francés Georges Bernanos fue uno de los primeros, según Urs von Baltasar, en curarse de la enfermedad típica de los intelectuales católicos del XIX: la de separar la justa aspiración de una profunda renovación eclesial, de la forma concreta de la Iglesia. Desde luego Bernanos no fue complaciente con las personas y las instituciones eclesiales de su época, pero cuando tras uno de sus encontronazos épicos un amigo se apresuró a felicitarle por su desmarque de la institución, le respondió tajante: "si alguna vez me expulsaran volvería para pedir que me dejaran permanecer siquiera en un rincón, ya que fuera de la Iglesia no podría ni tan siquiera respirar". Nunca he encontrado una aproximación más bella y sagaz al misterio de la Iglesia y a lo que significa para la vida de quienes la hemos encontrado.

El cansancio sólo puede ser superado por la alegría, la alegría de ver brotar inesperadamente el fruto de la santidad de Dios en la tierra fatigada de su Iglesia. Mientras cerraba este artículo ha llegado a mis manos una historia sencilla entre miles, la de un joven sacerdote de origen inglés que trabaja en las favelas de Sao Paulo, y que para descansar de su duro trabajo dedica el verano a atender los poblados del río Arari, en la Amazonia brasileña. Algunos esperaban seis años para ver al sacerdote, que ahora llega cada año y apenas da abasto para confesar, impartir catequesis, casar parejas, bautizar niños y preparar enfermos para el paso final. Supongo que el P. Shekelton acabará cansado, pero el suyo no es el cansancio de la Iglesia del que venimos hablando. Más bien él, como tantos y tantos en los cuatro puntos cardinales, nos muestra que la Iglesia es la casa en la que vivir y morir con esperanza, rodeados de una amistad que es signo de la compañía perenne de Cristo. Y quede claro que Shekelton no es producto de una estrategia eclesial, recibió su alegría de otros testigos, y él la transmite ahora a manos llenas en una circunstancia de por sí descorazonadora. Así ha sido durante más de veinte siglos, y así será hasta que el Señor vuelva.

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