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El caso Bella

Juan Orellana

Hace pocas semanas comentábamos en esta sección la conversión al catolicismo de Eduardo Verástegui, un latin lover de la televisión y el espectáculo mexicanos, que tras una vida frívola y disipada había decidido dedicar sus talentos a difundir el Reino de Dios.

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Para ello fundó una productora, Metanoia Films, y abordó su primer proyecto, Bella, dirigido por Alejandro Monteverde. Y ahora esa película llama a las puertas del público español, un público que probablemente ya no es como imaginan nuestros hermanos hispanoamericanos, que siguen pensando la gran "España católica".

En Estados Unidos se entrenó en octubre de 2007, con bastante éxito: la película costó unos tres millones de dólares, y el 18 de mayo llevaba recaudados más de ocho millones. Allí se acogió como una película independiente, que llevaba bajo el brazo el premio del público del prestigioso Festival de Toronto de 2006.

Después llegó México. En realidad, la película ya se había proyectado en la patria de Verástegui en octubre de 2006, como cinta de clausura del Festival de Morelia (Michoacán), donde fue muy bien recibida. Pero el estreno comercial ha sido a comienzos de este mes de mayo y recibió un gran apoyo público de la jerarquía católica, algo que no había sucedido en el estreno norteamericano. La razón fue que se reconoce en el film una apuesta contracorriente a favor de la vida y del valor social de la familia.

En España se están dando los primeros pasos: se busca una distribuidora –no debería ser difícil encontrarla, ya que es clara la rentabilidad del film– para fijarle una fecha de estreno y comenzar su campaña de promoción. Es importante que nadie haga bandera de esta película de forma que ante la opinión pública se identifique restrictivamente con una "batalla conservadora", y se deje de ir a verla por una supuesta "militancia". Que el film proponga unos valores humanos coincidentes con una antropología cristiana, significa precisamente que es una película universal, una propuesta abierta, y no un "arma arrojadiza" contra nadie.

Tammy Blanchard en BellaLa película, protagonizada por Verástegui y Tammy Blanchard, es bien sencilla: un famoso futbolista adquiere una sensibilidad especial hacia el valor de la vida tras un desgraciado suceso. Esa "sensibilidad" tendrá que ponerse en juego cuando despidan a una compañera de trabajo embarazada. El film opta radicalmente por una ausencia de discurso a favor de la sugerencia silenciosa y elíptica. En ella no se discute sobre Dios, el aborto o las decisiones morales: todo se plantea en clave de miradas silentes y hechos nada solemnes. Esta opción es un gran acierto, ya que nadie es juzgado en el film y se ahuyentan los adoctrinamientos moralistas; pero también se corre el riesgo de dejar algo imprecisos o desdibujados algunos desarrollos dramáticos del que el espectador quiere saber más.

Si el film es un indudable canto a la vida –en la línea de Juno, Vete y vive, Las llaves de casa o La escafandra y la mariposa, por ejemplo–, lo es incluso más a la familia, entendida como factor de estabilidad social y personal insustituible. La familia como lugar de acogida y perdón, espacio donde la diferencia es abrazada y celebrada. En este aspecto la película es tremendamente latina, evocando cintas como Cosas que olvidé recordar, de Enrique Oliver, por su reivindicación de una forma de vivir hispana en medio de la sociedad neoyorquina. Una forma de vivir en la que la familia y la religiosidad cristiana forman una amalgama en la que es posible preservar una identidad a contracorriente de los contravalores en boga.

En fin, Bella es una película refrescante, mínima de anécdota argumental, pero desbordante de matices vitales; divertida –con un humor que recuerda Mi gran boda griega o Bodas y prejuicios, dos filmes sobre la familia–, y contenida en su vertiente dramática que le impide desbordarse a lo latino en el melodrama. Verástegui hace una interpretación demasiado pasiva, en contraste con una excelente Tammy Blanchard. Una película para tener en cuenta.

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