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CRÍTICAS AL PAPA

El corazón arañado del Papa

José Francisco Serrano Oceja

Ésta es vuestra hora y la de la potestad de las tinieblas. Jesús, en el huerto de los Olivos, sudó sangre por la hora de la historia, por la hora del mal y por la hora de la infidelidad de los suyos, por la hora de la Iglesia. Siempre es la hora de la Iglesia. El corazón del Papa, que es arteria del corazón de la Iglesia, late al ritmo de la vida de los creyentes, entre las alegrías y las esperanzas, entre los dolores y las infidelidades.

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En los últimos días se han repetido varias intervenciones de Benedicto XVI en las que, pese a su habitual austeridad en la expresión de sus sentimientos, solicitaba de los cristianos una oración, el afecto y el cariño de la plegaria en esta difícil hora de la Iglesia. Hombre recio de fino pensamiento y de pluma grácil, el Papa dejaba entrever que sentía la necesidad, con especial estima, del calor del amor de quienes son sus hijos. Ante la soledad de la incomprensión de no pocos, del conceptualismo vano y de la arrogancia de algunos, el Papa solicita, con la humildad de quien es mendigo de la verdad, el afecto de los hombres del camino. En la Fiesta de la Cátedra de san Pedro pedía que "me acompañéis con vuestras oraciones de manera que pueda cumplir fielmente con la elevada tarea que la Providencia divina me ha encomendado como sucesor de Pedro". Una tarea de defensa de las legítimas variedades, al mismo tiempo que "procura que estas particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino que incluso cooperen en ella". Días antes había rogado al Señor para que "las confusiones y las tempestades no sacudan a la Iglesia, que permanezcamos fieles a la fe genuina". Y, en otro texto, éste con los seminaristas de Roma, recordaba lo que le pasó a la Comunidad de los Gálatas, en la que "las polémicas nacen donde la fe degenera en intelectualismo y la humildad es sustituida por la arrogancia de ser mejor que el otro".

El caso del obispo Williamson, y de sus despreciables declaraciones negacionistas del Holocauso, no ha hecho más que empañar uno de los gestos más heroicos de este Papa: la expresión del amor misericordioso, del amor de padre, hacia los miembros de la Fraternidad de san Pío X, seguidores de Lefebvre. Hay quienes dentro de la Iglesia se han lanzado a confundir, y han querido hacernos ver que lo que Benedicto XVI ha supuestamente rehabilitado es todo lo que acompañan esas infames declaraciones. Han aprovechado esta oportunidad para rasgar el corazón del Papa. Hay quienes han pretendido dañar la unidad de la Iglesia en pos de la confirmación satisfactoria de su ideología y de su humanismo horizontal, teñido de un supuesto e intrascendente Reino de Dios, justicia en la Historia. Hay quienes se han apresurado a profetizar, artífices de mal agüero, el fin del Concilio Vaticano II y la pérdida del pulso y de la tensión cristiana en la historia. Hay quienes, en suma, han tributado culto a la infidelidad, con el escándalo farisaico de propalar los pecados de pensamiento del obispo lefevbriano y apuntando al Papa y a la Iglesia. La Iglesia, sometida a una de las más agudas autocríticas, o mejor dicho autodemoliciones, de los últimos años, está golpeándose a sí misma, se ha entregado a la incertidumbre, que reina por doquier. Cuando Benedicto XVI se asomó a la logia de san Pedro y proclamó a los cuatro vientos, que la Iglesia siempre es joven y está viva, pensaba en los muchos frutos del Espíritu Santo y anunciaba el final de una historia de nubes, tempestad y oscuridad. Porque lo bueno de quien cree y vive la Iglesia es que sabe cuál es el final de la película.

Volvamos la vista atrás. Por qué no recordar aquellos días en los que Pablo VI, allá por el mes de junio de 1972, decía aquello de que "quizá el Señor me ha llamado a este servicio no porque yo tenga aptitudes, o para que gobierne y salve la Iglesia en las presentes dificultades, sino para que yo sufra algo por la Iglesia y aparezca claro que es Él, y no otros, quien la guía y la salva". Benedicto XVI, que estos días está recostado en el corazón de Cristo, como el discípulo amado, es capaz de oír el latido de la oración de los cristianos para que el Señor nos conserve a su hijo fiel, el dulce Cristo en la tierra... nuestro padre.