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LA IGLESIA EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

El drama de Peces Barba

El rector de la Universidad Carlos III, y Alto Comisionado para las víctimas del terrorismo, nos acaba de recordar su vieja tesis de que la Iglesia ha supuesto un freno para la modernidad en España, para el desarrollo de una convivencia civil abierta y tolerante en nuestro país. Esta vez, quizás fruto de algún oculto aguijón, Peces Barba ha dado una vuelta de tuerca diciendo que el comportamiento de la Iglesia es un drama para la historia de España, y que la jerarquía católica no acepta, en el fondo, las reglas de la democracia.

Debiera andarse con más cuidado el rector, porque hasta donde se sabe, la Iglesia ni puede ni quiere imponer a nadie su fe ni sus valores, mientras que él, como administrador público, sí tiene el mandato democrático de asegurar a todos el espacio público necesario para expresarse de acuerdo con sus creencias, justo lo que se ha negado a hacer con los católicos en el campus de la Carlos III. Y es que conviene mirarse siempre en el espejo antes de hablar. Pero el tema es más profundo.

A pesar de haber conocido de primera mano los afanes y las inquietudes de la Iglesia para afrontar el mundo moderno (no en vano perteneció a las congregaciones marianas y a las corrientes de la izquierda democristiana), Peces Barba se alistó con fervor en la nómina de los intelectuales trabucaires que tienen por norma que “a la Iglesia ni agua”. Son aquellos a los que su pasión ideológica les impide reconocer incluso lo evidente, cuando se trata del protagonismo de los católicos en la historia. Ni una palabra sobre la tarea social y educativa de las Órdenes religiosas en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, ni un reconocimiento del servicio que prestó la jerarquía católica a la reconciliación de los españoles durante la transición, ni un guiño a la gran aventura de la evangelización de América ni a la aportación de los teólogos de Salamanca al Derecho de Gentes, ni un raquítico agradecimiento a la formación de las virtudes cívicas de nuestro pueblo que han sido fruto de siglos de educación cristiana. Parece como si el odio a la propia historia tal como se ha dado le condujese a una ceguera sin remedio. En esta ocasión, ni siquiera le alcanzó la luz para reconocer que el catolicismo ha sido el principal factor de cohesión nacional de nuestra historia, y que por eso la ruptura de vínculos que propician los nacionalismos radicales viene siempre de la mano de una manifiesta hostilidad frente a la tradición cristiana.

Las fobias de Peces Barba serían poco más que una anécdota, si no fuese porque su mentalidad inspira buena parte de la política de Zapatero en esta materia. El Presidente no esconde su adhesión al mito de la Iglesia antimoderna, que se dedicaría a frenar la investigación científica e impedir la ampliación de los derechos ciudadanos. Tanto les preocupa, que Peces Barba llegó a escribir en El País que la introducción de la asignatura de Educación para la ciudadanía justificaría toda una legislatura, porque de ese modo se sustituiría de un plumazo la impregnación cristiana de la educación por una visión laicista. En el fondo, junto a los arraigados prejuicios históricos de la intelectualidad española de izquierdas, Peces Barba y Zapatero, maestro y alumno aventajado, están preocupados porque la Iglesia es de hecho el único sujeto social que conserva capacidad educativa y de movilización al margen del control estatal. Ellos querrían un espacio público “limpio como una patena”, en el que ninguna instancia social plantase cara a su proyecto de transformación cultural, pero ahí chocan con la incómoda presencia de una Iglesia que no quiere jugar a ser actor político, sino responder a su misión de alumbrar las conciencias, purificar la razón política y despertar las energías espirituales y morales del pueblo.

Cualquier sana concepción de la democracia saludaría una presencia de estas características, incluso cuando resultara incómoda para el poder legítimo, pero Zapatero y Peces Barba no lo ven así. Por eso el Jefe del Gobierno nos martillea con su admonición de que “la fe no se legisla”: bien dicho Presidente, y gracias por recordárnoslo. Pero tenga en cuenta lo que advertía hace poco Jürgen Habermas: que las reservas espirituales y morales de esta sociedad se están secando, y que el estado democrático debería cuidarlas como oro en paño. La España civil sobre la que versa el último libro de Peces Barba, no merecería tal nombre si expulsa del escenario de la historia a los católicos españoles. Pobres y mediocres como seguramente son, esa España civil los necesita, como requiere de la presencia activa de tantos otros sujetos sociales y culturales, sin que ningún rector sectario los declare en fuera de juego.

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