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LIBERTAD Y FE

La gran aliada

La verdad no le teme a la libertad y ésta busca a aquélla. El que está inseguro de su mundo de creencias y valores suele recurrir al proteccionismo y éste, muchas veces, hace uso de la violencia explícita.

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Todos los hombres, en lo más profundo de ellos mismos, están deseosos de vivir en la verdad, porque solamente lo real nos sostiene, la apariencia nos ilusiona momentáneamente, pero lejos de sostenernos a nosotros, somos nosotros los que la tenemos que sustentar a ella. Por desgracia, los hombres frecuentemente nos conformamos con los sucedáneos de verdad. La destrucción de lo aparente nos da miedo, pues hemos identificado tanto nuestra interpretación de la realidad con ésta que sentimos que pareja a la destrucción de esa interpretación se acabará también la realidad misma. Es más, sentimos el vértigo de nuestra propia desaparición y del sin sentido absoluto de la existencia, pues, al formar nosotros también parte de la realidad, no es que identifiquemos solamente a ésta con nuestra interpretación de la misma, es que somos nosotros también los que nos identificamos con ella.

Por ello, los hombres gastamos mucha energía en proteger nuestra visión de las cosas, la protegemos con uñas y dientes. Para ello, procuramos evitar la confrontación con otras cosmovisiones, no vaya a ser que éstas hagan tambalear nuestros postulados; la libertad se convierte, por tanto, en un peligro. Los fanatismos suelen ser el síntoma extremo de esta patología y señal de la desmedida debilidad de la posición adoptada que es incapaz de sostenerse por si misma y necesita de nuestra defensa. Los amantes de la verdad, por el contrario, no temen la libertad, sino que saben que ésta es siempre una gran aliada, saben que la confrontación con otras mentalidades depura nuestras ideas, es crisol donde se va separando la ganga del metal autentico. Pero es que además, la libertad donde se da es en la verdad, porque ésta nos posibilita, mientras que el engaño nos cierra las puertas de la realidad.

Uno de los fenómenos más interesante de estos últimos años es el de la apostasía, no en cuanto tal, pues ésta siempre se ha dado. Lo llamativo es el número y el hecho de que vaya acompañada de campañas a favor de la misma, dando la impresión, a mi por lo menos, de que no fuera suficiente el dejar una determinada confesión religiosa, concretamente la católica, sino que se necesitara estar refrendado por la decisión de otros muchos e incluso como si no fuera suficiente dejar de ser católico, sino que también se necesitara socabar el catolicismo e incluso que dejara de haberlo. Pero fenómenos como la apostasía no son ciertamente un peligro, por el contrario, se convierten en grandes aliados, pues la libertad lo es, y estoy convencido de que si la Iglesia Católica en España sabe situarse ante esto saldrá sin duda purificada y con mayor vigor, lo cual no quiere decir con más número. Como mínimo es un factor para hacer de la fe algo menos socialmente inercial y algo más electivo, vital y personal.

Como consecuencia de una reciente solicitud de apostasía, al parecer en carta firmada por el secretario de la Vicaría General de la Archidiócesis de Madrid, en respuesta a la demanda, se decía: "los asientos o partidas de bautismo responden al hecho de la administración del bautismo, hecho histórico, pero que, en absoluto, significa, ni es prueba, ni prejuzga las creencias posteriores de las personas bautizadas". Esta afirmación llevada a sus últimas consecuencias podría tener, a mi parecer, una trascendencia sumamente importante en la pastoral de la Iglesia. Me explico. O bien puede continuar gran parte de ésta, principalmente la administración de los sacramentos, sobre casi únicamente la presunción jurídica de la fe basada en el hecho histórico del bautismo; o bien dar paso a una acción evangélica sustentada no en una presunción jurídica, sino en la actualidad de la conversión y de la fe. La creencia en la libertad religiosa supone el respeto al derecho de abandonar una determinada confesión religiosa, pero la misma libertad religiosa supone también el respeto a quien quiera formar parte de una confesión y a quien forme ya parte de ésta. Por ello, sin frivolizar el hecho de la apostasía, hay que facilitarla siempre al que la quiera, pero, al mismo tiempo, el entrar en la Iglesia debe tener una hondura que no se satisfaga sólo con las formalidades jurídicas.
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