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DEUS CARITAS EST

Los comulgantes de Ratzinger

Aunque no es Dreyer, los problemas religiosos están muy presentes en la filmografía de Ingmar Bergman. En su película Los comulgantes (1963), un pastor protestante vive sumido en una pérdida de fe que lo paraliza y le impide dar una palabra de esperanza a quien la necesita.

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En toda la cinta, reina un clima de incomunicación entre las personas y también de desamor. Los templos de los dos pueblos están prácticamente vacíos; en el segundo solamente asisten al servicio el pastor, el sacristán, el organista y la amante del pastor. Cínicamente el músico, que es un funcionario que lo mismo toca en una iglesia que en una tenida masónica, le recuerda a ésta la época en que el pastor estaba absorbido por el amor a su esposa ya fallecida y cómo, en las homilías, el clérigo proyectaba su eros en Dios, desapareciendo del horizonte el agapé divino: “Dios es amor y el amor es dios”. El problema no está en el eros, sino en que éste quede escindido del agapé y además en que el eros divino no es lo mismo que el humano. La película es sumamente ilustrativa de muchas cosas ocurridas, no sólo en el norte protestante, sino también en el mundo católico. Sin fe, las formas externas pueden persistir, pero el significante, vaciado de su originario significado y sustituido por otro, es como un animal disecado, su apariencia se mantiene, pero su relleno de paja no le puede comunicar vida, pues a pesar de todo está muerto.

La novedad del cristianismo, como ha recordado Benedicto XVI en su reciente Encíclica, está en el agapé divino que no anula el eros: “El Dios único en el que cree Israel […] ama, y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también agapé”. En lo humano, nuestro eros tampoco puede estar al margen del agapé. Con el solo eros, éste queda fácilmente reducido a sexualidad, incluso a mera genitalidad dominada por el instinto. “El eros ebrio e indisciplinado no es elevación, éxtasis hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre –señala el Papa–. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser”.

Pero esa purificación no es fruto del esfuerzo humano simplemente, sino que es obra del amor divino. El acceso al mismo, que es la salvación, lo da la fe: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida –dice la Encíclica–. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Tal vez esto haya sido lo decisivo de Occidente, haber creído que ese amor divino es lo que salva a la vida de la muerte, lo que plenifica lo humano, lo que le hace ser hombre de verdad. Y es precisamente la pérdida de la fe en Dios, que es amor, lo que, dejado el eros humano abandonado a su suerte, parece situarnos ante la disyuntiva de dejarnos llevar por ese eros o bien, ante la imposibilidad de dominarlo, velar a nuestras mujeres.

“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4,16). Si en Occidente se va cayendo a ritmo creciente en el desamor, en buena medida es por la pérdida de la fe. El fortalecimiento de la vida de la Iglesia pasa precisamente por aquí, no por la acumulación de números, sino por la autentificación de los procesos de iniciación cristiana y los sacramentos. Mientras que siga pesando en exceso la inercia social y lo realmente decisivo no sea la conversión por el encuentro personal con Cristo, no debería de extrañar ver a muchas parroquias vaciarse y llenarse de tristeza. Seguramente hoy uno de los grandes retos de la Iglesia sea ser sacramento del Amor, haciéndolo visible en la real y no nominal vida comunitaria de los creyentes, que, por otra parte, debería ser lo posible, no un sueño hermoso, para los creyente y la meta de todo el que lo quiera ser. En eso, dijo Jesucristo, es en lo que se conocería a sus discípulos, si no el amor a los no creyentes se entenderá como filantropía.
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