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EL RÉGIMEN COMUNISTA Y LA IGLESIA CATÓLICA

Mayo revuelto en China

Con su incisiva ironía, el cardenal de Hong Kong, Joseph Zen, se preguntaba en voz alta "qué se pensarán las autoridades que hacemos los católicos en mayo". Se refería el valeroso purpurado al estado de alarma que han mantenido las fuerzas de seguridad chinas ante las celebraciones del mes de María, que culminaron el pasado 24 de mayo con la Jornada mundial de oración por la Iglesia en China, para la cual Benedicto XVI ha redactado una plegaria a la Virgen de su puño y letra.

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Es lógico que los funcionarios chinos encargados de controlar los movimientos de las comunidades católicas no conozcan aquello de "con flores a María que Madre nuestra es". El caso es que un ejército de burócratas y policías se han encargado durante todo el mes de mayo de apretar un par de muescas el cinturón de hierro que oprime cotidianamente a los católicos chinos, para evitar cualquier manifestación pública de su consistencia y de su fidelidad al Papa.

Las tradicionales peregrinaciones al santuario nacional de Nuestra Señora de Sheshan, cerca de Shangai, han sido prohibidas a todos los fieles que no residan en esta diócesis sureña, y para ello se han establecido controles en las carreteras, se han practicado detenciones preventivas de obispos y sacerdotes, y se han desarrollado diversas razzias contra las comunidades subterráneas, con el fin de desalentar los planes de converger en Sheshan para una gran oración como respuesta a la iniciativa de Benedicto XVI.

El propio cardenal Zen, que goza de una relativa libertad en su enclave de Hong Kong, denunciaba estos días la doble cara del régimen. Gestos amables como el concierto de la Filarmónica de Pekín ofrecido al Papa y mano dura en el interior de un inmenso territorio donde incluso las noticias tienen dificultad para correr de boca en boca. Aun así la dureza del régimen con los católicos es más que descarada, obscena, especialmente en vísperas de la gran fiesta de las olimpiadas, para la que los mandarines del PCCh han asegurado, con notable cinismo, absoluta libertad religiosa.

Católicos en ChinaZen ha explicado que en el complejo ajedrez chino, mientras el vértice gubernamental busca una salida airosa que permita abrir relaciones con el Vaticano y normalizar la situación de los católicos, los cuadros intermedios de funcionarios ligados a la Asociación Patriótica maquinan continuamente para impedir una mejora de la situación que les dejaría fuera de juego. Allí donde la AP mantiene el control, la situación sigue siendo dura y puede empeorar más aún; por el contrario, donde hay una relación fluida de los líderes católicos con las autoridades regionales o locales, se consigue algún espacio de libertad. De hecho se celebran los sacramentos, se imparte la catequesis y no faltan numerosas obras de caridad. En algunas regiones abundan las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y el régimen no puede ignorarlo.

Lo cierto es que Benedicto XVI goza de información de primera mano sobre la situación, y sigue con verdadero corazón de padre las vicisitudes de esta rama heroica y al tiempo vulnerable del gran árbol de la Iglesia. Si al agradecer a la Orquesta Filarmónica de Pekín su interpretación del Réquiem de Mozart, quiso enviar un mensaje de especial cercanía a los ciudadanos chinos "que comparten la fe en Jesús y están unidos con un particular vínculo espiritual al Sucesor de Pedro", al redactar la oración para la Jornada del 24 de mayo ha invocado la protección maternal de María Auxiliadora, para los católicos que se mantienen unidos a la roca de Pedro, cimiento de la Iglesia. Es un mensaje que también deberán leer los dirigentes chinos: Roma ha propuesto caminos de solución para los aspectos que preocupan al régimen (relaciones con Taiwán, nombramiento de obispos, clara diferenciación de las esferas política y religiosa), pero jamás cederá en lo tocante a la naturaleza de la Iglesia, y jamás abandonará a los católicos que han mantenido su fidelidad al Papa aun a riesgo de perder la libertad y la vida.

En la celebración del Corpus, que ha venido a coincidir con este final de mayo revuelto en China, Benedicto XVI ha recordado que "los cristianos sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento" pero jamás nos postraremos "ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea". No hay en esta afirmación tan clásica en la tradición de la Iglesia asomo alguno de arrogancia, ánimo pendenciero o gusto por la dialéctica. Por el contrario, desde la humildad inerme de quien reconoce la necesidad de la autoridad mundana, aunque sea tantas veces injusta, los católicos han afirmado siempre que ese poder tiene un límite, y que no puede pretender usurpar el señorío único de Dios.

En su comentario a los recientes sucesos en torno a Sheshan, el cardenal Zen no se dejaba llevar por la desesperanza, y pedía al régimen que abandonara sus miedos: "la nuestra es una revolución espiritual, que no hace mal a nadie sino que hace bien a todos". Y a quienes se deleitan ya con un inminente cambio de rumbo de Pekín hacia la Iglesia les recomienda la inveterada virtud china de la paciencia. Aún hace falta tiempo, pero al final, "el Señor y la Virgen vencerán". ¿Cómo no creerle?

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