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CINE

N, Yo y Napoleón

Napoleón Bonaparte ha sido siempre una fuente de inspiración cinematográfica. Ha sido el protagonista de obras magnas, como el Napoleón de Abel Gance, y el proyecto frustrado de genios como Stanley Kubrick. Su personalidad está envuelta de leyendas, y sus logros y virtudes se entrelazan con sus delirios de grandeza, escritos a sangre y fuego.

Juan Orellana
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Pero tan interesantes han sido las películas históricas –y series televisivas, como Guerra y Paz– como aquellas obras que han ideado ficciones en torno a la vida del general emperador.

En los últimos años se han realizado dos películas deliciosas que han fantaseado con episodios que no ocurrieron pero que fácilmente pudieron haberlo hecho. Una británica y otra italiana. Mi Napoleón (Alan Taylor, 2001) cuenta los planes de fuga de la isla de Santa Elena, que incluyen a un doble de Bonaparte que debe quedar en la isla mientras él regresa a París. Pero la imprevista muerte del doble, enterrado con todos los honores, deja al verdadero Napoleón anónimo y abandonado en medio de Francia. Como nadie le reconoce y todos dan por oficialmente muerto al emperador, se ve obligado a reconstruir su vida como vendedor de melones.

Ahora se estrena N, Yo y Napoleón, un film italiano dirigido y escrito por Paolo Virzi, a partir de una novela de Ernesto Ferrero. Napoleón está interpretado por el más importante actor galo del siglo XXI, Daniel Auteuil; Elio Germano encarna a Martino, un antibonapartista que sueña con quitarle la vida al tirano; su novia es una baronesa que representa la actriz italiana más hermosa del momento, Monica Bellucci. El asunto es que Martino, decidido a asesinar al emperador, que está confinado en la isla de Elba en 1814, consigue entrar en palacio para trabajar como escribano de Bonaparte. Pero en la convivencia con Napoleón Martino va sorprendiendo la humanidad y la debilidad del monarca, y se disipan sus intenciones magnicidas.

La película cuenta con una producción de época muy esmerada, y quiere retratar las entretelas de un periodo y de un personaje, desde una perspectiva entre psicológica y afectiva. Y aunque no se trata de una obra maestra, lo cierto es que es muy amena y bastante interesante. Sin duda es despiadada con Napoleón, pero es muy generosa en mostrar gestos de verdadera humanidad (que ciertamente algunos pueden interpretar como hipocresía). Pero lo más sugerente del film es el proceso de Martino, que va cambiando sus opciones ideológicas en función de las experiencias que la realidad le brinda. También es inteligente la reflexión que subyace sobre el poder, y que quizá encarna especialmente el personaje de la Belucci, una mujer que supedita el amor a su fascinación por el poder.

Algo hay que decir sobre la banda sonora que, aparte de los temas de Juan Bardem y Paolo Buonvino, se levanta en gran parte sobre partituras de Beethoven, al que Bonaparte dedica algunas reflexiones. Y es que el compositor experimentó a finales del siglo XVIII una gran fascinación por Napoleón, y decidió dedicarle la tercera sinfonía. Pero cuando en 1804 el general francés se autocoronó emperador, Beethoven le dio la espalda y le tachó de ambicioso y tirano. Finalmente la famosa sinfonía fue dedicada al "recuerdo de un gran hombre", quizá referido al primer Napoleón, y cambió su nombre de Sinfonía Bonaparte, por la de Sinfonía Heróica
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