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POLÉMICA SOBRE EL PAPA

Pedro en la tempestad

Jose Luis Restán

Cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieres. Palabras dirigidas por Jesús a Pedro junto al lago, después de inquirirle tres veces sobre su amor. Palabras que a lo largo de los siglos han podido aplicar, de una u otra forma, cada uno de sus sucesores. Y Joseph Ratzinger debió pensarlo en la vigilia de su elección, cuando casi lívido (lo ha relatado su amigo, el cardenal de Colonia Joachim Meissner) les rogó a los cardenales: "No me hagáis esto"

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Bien dice H. U. von Balthasar, en su monumental obra El complejo antirromano (un libro para repasar estos días) que el ministerio petrino tiene inevitablemente la forma de la cruz, que está expuesto a la irrisión del mundo, a la burla de los poderosos y los sabios, e incluso al maltrato y la humillación por parte de quienes son sus hijos. Todo esto hemos podido verlo concentrado en los últimos días: desde las invectivas de los teólogos progresistas que auguran un desastre apocalíptico para la Iglesia dirigida por Benedicto XVI hasta el sarcasmo cínico de los periódicos; desde la estupidez de aquellos que han gozado de la misericordia de Pedro a los rumores sordos que recorren incluso los palacios apostólicos; desde la ignorancia de buena parte del pueblo alimentado sólo por groserías televisivas a las amenazas de los rabinos contra el Papa que más cerca ha estado del corazón del Judaísmo.

"No me hagáis esto". Y se lo hicieron, le cargaron la espalda con este fardo imposible (la idea, de nuevo, es del maestro von Balthasar) y lo entregaron al rumor incesante, a la crítica y al vilipendio: demasiado refinado en sus elaboraciones teológicas, aislado del mundo, nostálgico de la cristiandad preconciliar... y cosas peores. Pero él, lejos de enrocarse, sigue con ese rostro de niño (es plenamente católico y se siente satisfecho de serlo, ha dicho el Frankfurter Allgemeine Zeitung) y se dirige a su pueblo y al mundo sin malas palabras, sin amargura, para explicar que es tarea explícita del pastor la llamada a la unidad y que ante los jirones del Cuerpo de Cristo, siente la necesidad de decir: "Ay de mí, Señor amado, ahora la red se ha roto... no permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad". Y después, pacientemente, ha hecho saber que "estos prelados me han manifestado su vivo sufrimiento por la situación en la que se encontraban" y por eso ha decidido realizar un "acto de misericordia paterna", levantando la excomunión que pesaba sobre ellos, a la espera de que a este gesto le siga el solícito empeño de dar los pasos necesarios para llegar a la plena comunión, testimoniando un "verdadero reconocimiento del magisterio y de la autoridad del Papa y del concilio Vaticano II". Es imposible una transparencia y una sencillez mayor, no hay lugar para la ambigüedad o la mala interpretación, pero por este gesto ligado a su ministerio el Papa Benedicto ha sido apaleado por unos y otros en la plaza pública.

Hace apenas un mes explicaba, recordando las bellas jornadas de Sydney, que el Papa no es el centro de la fiesta ni un superstar, es sólo y totalmente vicario, indica a Otro que está en medio de nosotros. La verdad es que resulta grotesco escuchar al sabelotodo de Küng que el Papa olvida a mil millones de católicos para entregarse en brazos de una minoría ultramontana, o leer que el mismo Boff –que ha jugado a romper la unidad de la Iglesia con el pretexto de servir a los pobres– anuncia que Benedicto XVI provocará un cisma con su escorarse a la derecha, que en realidad ha sido salir a campo abierto a buscar a la oveja perdida. Pero peor aún son los discursos con apariencia de moderación, los que menean la cabeza con aire de suficiencia frente al nuevo pescador que según ellos siempre se equivoca al lanzar la red, los que ahora evocan a un Juan Pablo II al que machacaron durante años sin piedad y repiten que esta Iglesia no tiene remedio, a no ser que asuma sus amarteladas fórmulas.

Podríamos entretenernos en contestar uno por uno estos discursos, como podríamos insistir en los fallos de comunicación o en las debilidades del equipo que rodea al Papa, que siempre los ha habido y siempre los habrá. Pero nada de eso puede suprimir el hecho de que el sufrimiento y la humillación de estos días sirven también para indicar cuál es el modo de gobernar y de vencer que usa Cristo, tan incomprensible y escandaloso para todos, empezando por los propios católicos. En Benedicto XVI, la misericordia y la defensa de la verdad caminan indisolublemente unidas pero no se confunden la grandeza de alma con la ingenuidad, ni la tensión hacia a la unidad con la cesión en lo esencial de la fe. El discurrir de los días nos dejará verlo en toda su amplitud, incluso a quienes ahora sospechan. En todo caso al timonel de la barca no se le han asegurado días de calma chicha, sino una sucesión de tempestades y bonanzas que sólo el designio de Dios conoce. Por eso conviene recordar ahora una de sus primeras peticiones al buen pueblo sencillo: "rezad por mí, para que no huya, por miedo, delante de los lobos". Recemos, sí, para que no se arredre, ni se canse del oficio recibido, el de ser siervo de los siervos de Dios.

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