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EN LA MUERTE DE DON LUIGI GUISSANI

Un cristiano, un hombre

En el silencio de la madrugada del 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, ha muerto en Milán Don Luigi Giussani, una de las personalidades más significativas de la Iglesia católica en el período que abarca desde el Concilio Vaticano II a nuestros días. La misericordia de Dios le permitió celebrar el pasado mes de Octubre los cincuenta años de una aventura que nunca proyectó, y que sin embargo alcanza ya a más de setenta países de los cinco continentes.

En el silencio de la madrugada del 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, ha muerto en Milán Don Luigi Giussani, una de las personalidades más significativas de la Iglesia católica en el período que abarca desde el Concilio Vaticano II a nuestros días. La misericordia de Dios le permitió celebrar el pasado mes de Octubre los cincuenta años de una aventura que nunca proyectó, y que sin embargo alcanza ya a más de setenta países de los cinco continentes.
Don Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación
Le gustaba recordar siempre aquel momento en que subió por primera vez la escalinata del Liceo Berchet de Milán, para encontrar a los primeros que le acompañarían en ese camino. Corría el año 1954, y en una Italia “sociológicamente católica” en la que el peso institucional de la Iglesia era todavía abrumadoramente mayoritario, Giussani descubrió el germen de la disolución en aquellos jóvenes que habían perdido las razones de la fe, y que no experimentaban ya el gusto de pertenecer al pueblo cristiano. Lejos de amurallarse o de defender los restos que todavía eran visibles, Giussani entró en el cuerpo a cuerpo con aquellos alumnos, a veces rebeldes y otras indiferentes: supo hacerles ver el cristianismo como la llama capaz de encender todas sus inquietudes y deseos. Muchos de ellos han relatado el impacto de aquel encuentro que rompió sus esquemas previos: aquel cura era capaz de discutir con el profesor de filosofía ateo, pero también amaba la música y la literatura más que ellos y les desafiaba a vivir más a fondo sus relaciones afectivas y sus preocupaciones políticas. Así es como un grupo de estudiantes empezó reunirse con él, formando el germen de lo que años después sería Comunión y Liberación.
 
Resulta significativo el relato que ha realizado el cardenal Ratzinger de su primer encuentro con una comunidad de CL: “para mí fue un descubrimiento interesante, no había oído hablar de este grupo hasta aquel momento. Veía jóvenes llenos de fervor por la fe, nada que ver con un catolicismo esclerotizado y cansado, ni tampoco con esa idea contestataria que considera todo lo que había antes del Concilio como algo totalmente superado, sino una fe fresca, profunda, abierta, y con la alegría de ser creyentes, de haberse encontrado con Jesucristo y su Iglesia. Ahí comprendí que había un nuevo inicio, una fe renovada que abría puertas al futuro”.
 
En la última entrevista que Giussani concedió al Corriere della Sera, en el pasado mes de Octubre, expuso su diagnóstico sobre la dificultad de la fe en el mundo occidental: “en estos años se ha perdido la percepción del cristianismo y de la Iglesia como una vida y así se ha perdido la posibilidad de dar respuesta a las preguntas de los jóvenes”. Es la misma situación (aunque el proceso está ahora mucho más avanzado) que él se encontró en el Berchet, y a la que respondió comunicándoles la experiencia de la fe como respuesta a sus preguntas y deseos más profundos. Es verdad que la historia de Comunión y Liberación está llena de iniciativas culturales, de obras de caridad, y de entusiasmo misionero, pero nada de eso procede de una estrategia o de un plan, sino del ardor de la razón y de la libertad que Don Giussani ha sabido comunicar a sus hijos.
 
La síntesis más hermosa de todo esto la realizó el propio Juan Pablo II al reconocer que “la fuerza del Espíritu de Cristo no deja nunca de superar, casi romper, los esquemas y las formas sedimentadas de la vida precedente, para urgir a inéditas modalidades expresivas. Esta urgencia es el signo de la intensa misión de la Iglesia, en la que el rostro de Cristo se delinea a través de los rasgos de los rostros de los hombres de todos los tiempos y lugares de la historia”. Es verdad, era a Cristo a quien reconocíamos cuando nos conmovía su sonrisa franca y su voz ya ronca, pero siempre tierna, de padre.
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