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CRUZ

Una muerte que nos da la vida

José Francisco Serrano Oceja

Como Charles-Quint nos hemos metido en el ataúd de la historia, y no precisamente para estar más cerca de esa compañera de la existencia humana que es la muerte. Todo el esfuerzo del hombre de hoy por la vida digna se ha alejado a pasos agigantados de la vida lograda de los filósofos clásicos y de la vida perdurable, eterna, de la propuesta cristiana.

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El carpe diem de Horacio, apurar el hoy sin pensar en el mañana, no es más que la expresión de la inconsciencia en la que estamos sumergidos y del adormecimiento con que la vida cómoda nos mece. "La muerte no es nada para nosotros", decían los epicúreos; no tiene ninguna relación con nosotros, afirman los artífices de esa arquitectura de los tanatorios, completa de lujo, en donde lo último que uno se encuentra es al muerto. La muerte no es un acontecimiento de la vida, dirá Wittgenstein; la muerte no forma parte de la existencia, es un apéndice que alguien ha añadido, del que tenemos que desprendernos. Las ideologías, cuando han mostrado su auténtico rostro, han desvelado la muerte que entrañan. La muerte ya no es temblor ante la existencia, ni límite de la libertad. Spinoza se equivocó. El hombre libre piensa en la muerte y su sabiduría no sólo es sabiduría de vida, también lo es de la muerte. Porque el hombre libre sabe que la muerte no es el final del camino; la meta es la vida. Necesitamos la vida más allá de la muerte, o la muerte que nos dé vida. ¿Dónde la encontraremos?

Por la calles y plazas de España, durante estos días llamados santos, saldrá en procesión la más bella expresión de la muerte que da vida. Los días santos que vivimos son elocuencia del realismo de lo humano, del realismo cristiano en la historia. Realismo sobre la vida y realismo sobre la muerte. El cambio de sentido en la historia se produce cuando el símbolo de la muerte ignominiosa, de la condena de los hombres, de la sentencia implacable de la justicia humana, la cruz, se convierte en el faro de la vida, en la luz de la esperanza. El cristianismo no es una idea, ni una institución, ni una forma más o menos viable de pasar por el soslayo por la vida. El cristianismo es una persona, Cristo, que muere clavado en una cruz, que no es discurso cerrado ni tiempo definitivo. La originalidad de la cruz y del cristianismo no consiste en una idea, en una noción abstracta, en una actuación imprevisible: radica en la persona de quien es camino, verdad y vida, realismo inaudito. El realismo cristiano de la cruz es el amor sin medidas. Una cruz que acompaña al hombre para indicarle el camino de la vida. Como les ha recordado estos días Benedicto XVI a los jóvenes de España:

La vida es un camino, ciertamente. Pero no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo, meta de la vida humana y de la historia. Por este camino llegaréis a encontraros con Aquel que, entregando su vida por amor, os abre las puertas de la vida eterna. Os invito, pues, a formaros en la fe que da sentido a vuestra vida y a fortalecer vuestras convicciones, para poder así permanecer firmes en las dificultades de cada día.

Muerte, camino, dolor, sufrimiento, son, para muchas personas, sinónimos de la existencia. Amor, fe, esperanza, son raíces de la existencia. La fe no es una teoría que se puede seguir o que se pueda abandonar. Si la fe es verdadera, como el amor, como la esperanza, es algo muy concreto; es el criterio que decide nuestro estilo de vida. Mientras las imágenes de Cristo ocupen los espacios públicos, las calles y plazas de España, la expresión del sentido de la muerte que da vida, de la vida de Cristo que rompió con los lazos de la muerte, será una invitación a apostar a fondo por la realidad, el único método que no nos engaña. La cruz se ha convertido en el signo mismo de la vida; en ella Cristo vence el pecado y la muerte mediante la total entrega de sí mismo. Abracemos la cruz, como abrazamos la vida, como abrazamos la muerte; hagámosla nuestra y aceptemos su peso en la historia.