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Columna publicada el 08-07-2006
La familia sigue siendo la gran esperanza para una cada vez más necesaria regeneración moral de nuestra sociedad. Frente al materialismo imperante, frente al relativismo moral que nos invade, frente al descrédito de otras instituciones sociales, la familia se alza como un pilar inexpugnable en el que los españoles, muy especialmente los jóvenes, mantienen su confianza y sus esperanzas pese a todos los vientos en contra.
La visita del Papa a Valencia va mostrar la cara de la sociedad española que muchas veces permanece más silenciosa, pero que constituye sin duda su gran mayoría. Los españoles que acompañarán hoy a Benedicto XXVI por las calles de la ciudad del Turia no son de los que se echan a la calle con cualquier excusa. Tampoco suelen ser noticia en los medios de comunicación. Son la gente normal, buena gente, que escribe cada día con tinta indeleble una línea de nuestra historia común y que hace de su familia un reducto y una escuela para el amor y para el bien.
Gente que por lo general no quiere problemas, porque bastante tienen ya con los propios. Gente que conforma una sociedad a veces excesivamente pasiva, que mantiene una sana desconfianza hacia el poder, pero que difícilmente se moviliza si no le tocan en sus intereses más cercanos. Personas que se mantienen fieles a unas creencias y a unos principios, pero que cada vez se ven más confrontados a un estilo de vida y a un modelo social que les empuja ha mantener cierta incongruencia con esos valores personales.
Pero más allá de la movilización social que se vive estos días en Valencia, la visita del Papa tendrá también un importante impacto político. Es una evidencia que el Gobierno Zapatero ha hecho del laicismo obligatorio una de sus señas de identidad. Un laicismo que se vuelve intolerante y que cae fácilmente en un anticlericalismo del que tan nefastas experiencias hemos tenido en ese tramo de la historia de España que el presidente del Gobierno ha adoptado como referente para su acción política.
Así, Rodriguez Zapatero ha equiparado el matrimonio homosexual al resto de las familias, algo que atenta no solo contra la creencia religiosa de la gran mayoría de nuestra sociedad, sino que resulta contradictorio con el propio derecho natural. El actual Gobierno de España ha convertido además el matrimonio en el contrato más débil y más fácilmente destruible de cuantos uno pueda contraer en este país. Por otro lado, el Gobierno tampoco ceja en su empeño por marginar la enseñanza de la religión en las escuelas, arrinconándola como una asignatura no sólo optativa sino absolutamente irrelevante.
Es más, en su intento por debilitar a la Iglesia católica, una de las pocas instituciones que puede moderar el ímpetu destructivo que ha mostrado Zapatero respecto a los valores morales más fundamentales, como la religión, la familia o la nación, el presidente del Gobierno parece incluso decidido a privilegiar económica y políticamente otras religiones, absolutamente respetables pero ciertamente minoritarias en nuestro país, en detrimento de aquella en la que se confiesan la mayoría de los españoles.
Consciente de la fuerza movilizadora que arrastra el Papa, Zapatero no ha querido quedar completamente al margen de este acontecimiento y acudirá a una recepción con el cabeza de la Iglesia Católica. Es muy posible que el presidente deba escuchar palabras duras del Papa por algunas de las reformas sociales emprendidas por su Gobierno, reformas que dañan profundamente los valores esenciales sobre los que se asienta nuestra sociedad. Pero es muy probable que esas palabras caigan en saco roto. A Rodríguez Zapatero lo único que le interesa de la audiencia con el Papa, como suele ser habitual en él, es la foto.
El Papa ha venido a dar fuerza moral a la sociedad española en un momento en que parece especialmente necesario para esa gran mayoría de católicos que viven en nuestro país. Será necesaria mucha fuerza no sólo para mantener la fortaleza de la familia como la institución básica de nuestra sociedad, sino aún más para oponerse a la cruzada laica emprendida por Zapatero para eliminar toda raíz cristiana de nuestra historia, para subvertir los valores morales que han dado forma a nuestra Nación durante siglos de existencia y para debilitar a la Iglesia Católica como una de las pocas instituciones sociales que no puede ser manipulada al servicio de su proyecto de poder.
Ignacio Cosidó es diputado del Partido Popular por Palencia.

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