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Columna publicada el 18-11-2003
Los resultados que nos han dejado las elecciones en Cataluña presentan, con el paso de las horas, nuevas aristas y matices que, sin duda, en los próximos días se irán clarificando. La política catalana, que ha estado anclada durante décadas en un extraño "fair play", más cerca del conchabeo que de otra cosa, puede entrar en una dinámica peligrosa y turbulenta, fruto exclusivamente de los errores y trampas que socialistas y convergentes se han ido colocando en sus respectivos caminos políticos. Lo cierto es que estos comicios en Cataluña dejan muchos e importantes efectos para la política nacional, especialmente para las próximas elecciones de marzo.
En concreto, y siempre pensando en marzo, hay que reseñar que el Partido Popular se encuentra en una situación agridulce. Una situación que ahora mismo es de satisfacción, pero que más allá de las elecciones generales, con la radicalización del nacionalismo catalán, se puede convertir en un serio peligro. Ciertamente, la segunda derrota electoral en menos de un mes para Rodríguez Zapatero es un duro revés para la líder socialista. Un revés que puede tener efectos demoledores. La situación interna y externa del secretario general del PSOE coloca a Mariano Rajoy en una posición difícilmente mejorable pensando en la campaña electoral. Un Partido Socialista desarbolado y sin dirección es el escenario ideal para el Partido Popular en las elecciones de marzo de 2004. Y esa situación es una realidad después del nuevo varapalo que los socialistas se llevan de Cataluña, y que especialmente se lleva Zapatero con una apuesta pública, personal y total por Pascual Maragall.
Estas buenas expectativas para el Partido Popular tienen también su lado negativo. Situando al PP en el nuevo Gobierno que salga de las elecciones de marzo, los resultados de Cataluña empañan la posible victoria del PP. Esa situación peligrosa surge por la subida llamativa e importante de ERC. Los buenos resultados del nacionalismo radical catalán condicionan muchas cuestiones de futuro. La primera de ellas es que el nuevo Ejecutivo que salga de las generales se va a encontrar un nuevo y serio problema: la radicalización de la política catalana, que estará determinada por la reforma del Estatuto, cuando no por peticiones de autodeterminación. Si ERC entra en el Gobierno catalán, al Gobierno central se le abre un nuevo y complicado frente político que Rajoy deberá afrontar. Es quizá por ello que el secretario general del PP, en la valoración política que ha realizado este lunes, pedía al PSC y a CiU que desde la responsabilidad de gobierno dejen de lado a ERC en el Ejecutivo catalán.
En todo caso, pase lo que pase, la Convergencia de Artur Mas no parece que vaya a ser la de Jordi Pujol. Y, por lo tanto, el Partido Popular podría perder el "socio catalán" tan necesario para los populares en caso de que no alcancen mayoría absoluta en marzo de 2004. Si finalmente Convergencia gobierna con ERC, el PP deberá olvidarse de cualquier apoyo convergente en el Congreso; si esa alianza no se ejecuta, las "ayudas catalanas" en el Congreso se podrían recibir, pero con toda seguridad –visto lo visto– a cambio de un alto precio político. En fin, las elecciones catalanas han dejado un buen sabor en el cuartel general del PP, pero ¡cuidado!, que es una alegría con reparos. Habrá que esperar a marzo.

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